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Alejandro P. Drallny

Reversionando "Drácula"

Toda historia es historia contemporánea.

Eso fue lo primero que nos enseñó el profesor Cayo García, apenas ingresados a la Universidad Nacional de Córdoba. Independientemente de que asunto se relatara, siempre la mirada del relator iba a estar presente en la selección y la organización de los hechos. No importa cuanto se documentara el investigador o cuan exigente fuera en el intento de ser objetivo: siempre se hablaba desde un tiempo y lugar determinado. Hic et nunc. Lo mismo valía para los relatos históricos o la ficción. Los textos hablan del entorno del relator. En la misma época, otro profesor, Arturo García Astrada, repetía incesantemente aquello de que "todo texto sin contexto es un pretexto"
Así es que, cada vez que un autor revisa o adapta algún texto anterior, no debemos esperar otra cosa que el intento de echar luz sobre nuestro presente. Corneille usa al Cid Campeador para hablar de su realidad, no de la reconquista española. Brecht satiriza la República de Weimar a pesar de que Mack y Jenny paseen por Inglaterra, Antígona reclama la necesidad de reconocer una ética por encima de la del estado, pero en la versión de Gambaro habla de los crímenes de la dictadura argentina, y asi... 
Aclarado esto vamos al relato que nos ocupa. El mito del vampiro nos acompaña desde el antiguo Egipto, con algunas características constantes (su posición entre lo vivo y lo muerto, la sed de sangre) y otras en constante mutación. El vampiro occidental encuentra en la novela Drácula de Bram Stoker su cristalización contemporánea, y el cine ayuda a modelarla y difundirla. Los siglos veinte y veintiuno nos han prodigado numerosas encarnaciones. No hemos hecho más que darle sangre nueva al viejo mito.

Un Drácula para cada generación

Parece ser que el primer Drácula cinematográfico fue hungaro, y un año anterior a la versión de Murnau, pero es justo este (realizado a las patadas y sin pagar los derechos de autor) el que quedó en la memoria colectiva como el que marcó el inicio. La versión del vampiro que nos entrega Max Schreck es la de un monstruo total y sin matices. Es solamente maldad. No podría salir nada diferente del periodo de entreguerras. Su marca (la marca del vampiro, justamente) se extiende hasta Tim Burton (el personaje de Christopher Walken en Batman Returns se llama como el actor Max Schreck) pasando por la versión de Klaus Kinski / Werner Herzog y la increíble interpretación de Willem Dafoe en La sombra del vampiro.
Universal Studios nos trajo dos por el precio de uno: el de Tod Browning, en inglés,  con Bela Lugosi, nos enseñó a desconfiar de los europeos orientales (práctica que en el hemisferio norte no se ha abandonado), y el de Melford con Carlos Villarías. Esta versión en español, según algunos críticos superior a la de habla inglesa, pero no deja de caer en el tópico de que todo es más sexi entre los latinos. Universal también produjo La hija de Drácula, que es señalada como una de las películas pioneras en la representación LGBTQI+. Si es así, el día de la marcha del orgullo deberían quemar los afiches de la película, que instala la idea de la lesbiana seductora y perversa, que tanto le rindió a Hollywood después.
La guerra mundial no trajo vampiros, sino cosas mucho peores. Pero la posguerra nos trae el Drácula de Hammer Films. Elegante, sofisticado, británico, casi un James Bond malvado. Las chicas Bond no están, pero aparecen las prometidas del conde con unos vestiditos blancos bastante ridículos. Drácula se divierte un poco más. Después vinieron los locos años setenta con el hipersexualizado Drácula de Frank Langella o Blackula, maravilla del blaxplotation y del humor involuntario. El género vampírico siguió rodando pero dentro de la parodia y la serie B. Ya andaban por ahí Scorsese y compañía mostrando al mundo un nuevo cine con monstruos mucho más próximos. Sin embargo, veinte años después fue un compañero de aventuras de Marty, F.F. Coppola, el que nos trajo el vampiro de vuelta a las grandes ligas.

El vampiro en la época del sexo seguro.

Coppola aspiraba entregar la versión definitiva, al punto de llamar a su película Drácula de Bram Stoker (lease, lo demás es puro cuento, esto no). En su momento fue aplaudida igual de lo que hoy es vilipendiada. Excesiva, voluntariamente amanerada, queriendo convertirse en un ícono del camp cae rotundamente en el kistch. Hoy nos reímos del pelo de Gary Oldman y del acento de Keanu Reeves pero cuando se estrenó fue señalada como la gran versión romántica del texto. En vez de un degenerado, tenemos a un pobre tipo atormentado por volver a encontrar el amor de su vida. Parece una loa a la monogamia y una condena de la promiscuidad. Ahí tienen a Lucy Westenra. Eso les va a pasar si no se cuidan, parece decirnos.
Después de Coppola vinieron muchos vampiros más, pero no mordieron tanto en la cultura popular. La lectura religiosa de Wes Craven, las versiones de las novelas de Anne Rice (todas entre mediocres y malas), la visión del vampirismo como enfermedad infecciosa, la serie Inframundo (muy divertida como peli de acción descerebrada) y finalmente, los vampiros castos y respetuosos de la serie Crepúsculo o la sátira demente de Taika Waititi. Cuando pensábamos que de este pantano ya no se salía, vinieron Netflix y la BBC a patear el tablero.

Sangre y existencialismo.

Después de dar vuelta a Sherlock Holmes, Steve Moffat decidió releer Drácula. Su versión viene cosechando por igual aplausos y cachetadas. Para algunos, ya es "la versión definitiva". Sabemos que no es así porque si algo caracteriza a los mitos es su posibilidad infinita de reelaboración. 
Este nuevo Drácula vuelve estéticamente a referenciarse en los modelos anteriores al de Coppola, recupera la vestimenta de las versiones de Universal y de Hammer, vuelve a poner el acento en el atractivo sexual, el ingenio y la amoralidad del conde, o eso nos hace creer hasta los últimos minutos.
Durante tres episodios de hora y media cada uno, asistimos al contrapunto erótico - intelectual entre Dracula y las Van Helsing (muy bien interpretados por Claes Bang y Dolly Welles), para que la historia se cierre con una reflexión existencial sobre el sentido de la muerte, o como la muerte provee de sentido a la vida. La serie no le hace asco ni a la sangre ni a ninguno de los tópicos vampíricos, pero son resignificados en un final monumental. En los últimos minutos, uno hasta siente pena por el derrotero del conde. Además, los comentarios que una persona de quinientos años de edad hace sobre nuestro mundo contemporáneo y nuestra tecnología son realmente atendibles. 
Para la generación del streaming esta será la versión de referencia de Drácula. En unos años veremos alguna nueva vuelta de tuerca.
Porque como ustedes saben el mal nunca muere.


Post Scriptum; como habrán notado mi apellido es Drallny. Lo que no saben es que mis ancestros son de Valaquia y Transilvania. El único problema es que el sobrepeso hace que el traje negro no me quede tan bien. 

Publicado la semana 56. 22/01/2020
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