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Alejandro P. Drallny

Libros: El Río, por Rumer Godden.

El último regalo que recibí de mi abuelo fue un libro. Yo tenía trece años y él, setenta y tres. Debe haber sido octubre o noviembre, y no había nada en el ambiente que me hicera presentir que para el marzo siguiente él estaría muerto. 

No recuerdo haber sido ni expansivo ni agradecido cuando recibí el pequeño tomo, editado en rústica y con una tapa que no estaría jamás en las enciclopedias sobre ilustración. Una foto en blanco y negro, virada al azul, y una tipografía fea. Nada que hiciera esperar un buen libro. Además, algo en la forma en que estaba presentado hacía pensar que era un libro para nenas.

Hasta ese momento mi consumo de literatura era voraz pero sin ningún criterio: todo lo que me caía en las manos era leído hasta terminar. Si bien mis padres ya habían tenido que mover de estante la versión inexpurgada de Las mil y una noches (primer encuentro con el sexo en la literatura: la cópula de una pareja de genios en pleno vuelo), mis mayores intereses se concentraban en unos tomos de aventuras de Editorial Bruguera que tenía ilustraciones, comics, cada una cantidad de páginas. Versiones de los clásicos de Verne, Stephenson, London y Salgari. 

Como lector mi único criterio era evitar la literatura para nenas. De la colección Robin Hood, lo que no debía leerse era todo lo que viniera firmado por Alcott o Bronté. El resto estaba bien.

El libro que mi abuelo me regaló quedó esperando en algún estante. Yo mientras tanto, fui cambiando de lecturas. Mis padres siguieron fieles a Editorial Bruguera pero me guiaron a otras colecciones: llegaron Kipling, Henry James, Balzac, Welles, y fueron consumidos con el mismo entusiasmo. 

Finalmente, algún verano en que debo haberme quedado sin nada que leer, volví hacia el libro que esperaba en el estante. Volví a mirar la cubierta y siguió pareciendome fea. De todos modos avancé un poco más. "Traducción de León Felipe" destacaba debajo del nombre de la autora. Tardé dos años más en entender porqué ese dato era importante (pero eso sería materia de otro relato).

Todo lo que diga de acá en más es poco para describir la experiencia de ser adolescente y leer El Río. El escenario de algún modo era conocido: la India colonial ya la había visitado con Kipling, pero la mirada era otra. La narradora descubría todo el tiempo a su familia, el paisaje y a ella misma con una mezcla de familiaridad y extrañeza. De alguna manera, con el mismo asombro adolescente (o más precisamente preadolescente) que yo descubría mi propia ciudad y mi vida. Tenía que enfrentar las pérdidas más dolorosas de manera personal. No era una heroína. No era Jasón ni Ayax ni Odiseo: tenía que enfrentar la realidad sin otras herramientas que su propia sensibilidad e inteligencia.  La autora hablaba del final de su infancia en India, pero podía hablar de mi vida en Córdoba o la de cualquier otro joven. 
Rumer Godden fue mi primera experiencia literaria adulta. El descubrimiento de que había gente que podía alcanzar las partes sensibles del lector. Llegar a ver que había otras posibilidades además del placer de la literatura de aventuras.

Años después vi la versión para cine de Jean Renoir, y si bien no alcanzó a conmoverme de la misma manera (es muy difícil que uno pueda volver a conmoverse como a los catorce años) puedo recomendarla como una gran experiencia cinematográfica.

Si escribo esto, es en parte, en reconocimiento al criterio de mi abuelo, a quien no le agradecí de una manera lo suficientemente expansiva. Pero, si supo elegir ese libro para mí, debió haber sabido, que iba a llegar el momento en que el libro me alcanzara.

 

Publicado la semana 54. 06/01/2020
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