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Alejandro P. Drallny

“He publicado textos peores que esto”

Entre el 2010 y el 2011 me senté a escribir una novela. Quise que fuera experimental y a la vez conmovedora. Tenía el proyecto, además, de “crear un mundo”. Cómo correspondía a mis expectativas, me puse modelos enormes: Flaubert y Umberto Eco. Del primero siempre me fascinó el modo en el que aborda la psicología de sus personajes. Del segundo, la claridad con la que en “Apostillas a El nombre de la Rosa” explica cómo se va desarrollando la trama y el escenario. 

Como se imaginarán, el resultado no fué “Madame Bovary meets  Guillermo de Baskerville”

La novela (que aún no tiene título ni creo que llegue a tenerlo) era un especie de sturm und drang barrial, lleno de monólogos interiores, flashbacks, y momentos de epifanías, donde cuatro personajes paseaban miserablemente por los barrios en los que he vivido. Dije antes que ansiaba ser experimental, por lo que quise reproducir en literatura, la estructura de desarrollo de los temas de la Séptima sinfonía de Bruckner. Para poder lograrlo me muní de una sesuda monografía que explicaba minuciosamente cómo se organizaba el material de esa obra magna.

El resultado no fue magno, ni horroroso, pero me sirvió para aprender alguna que otra cosa.

Como he frecuentado gente que escribe (algunos hasta son escritores y algunos hasta puedo considerarlos amigos), conseguí el contacto del que en ese momento era el editor más importante de mi ciudad, llamémoslo J.M.

J. M. es un tipo extremadamente agradable, educado, ingenioso y tiene el mérito de haber descubierto y publicado a la escritora cordobesa más relevante de los últimos cincuenta años. Como tiene claro que no siempre va a tener la buena fortuna de encontrar gemas raras entre los borradores que le llegan, mantiene el negocio con una mezcla equilibrada de autores de calidad y escritores autofinanciados.

Todo lo que se pueda decir de los escritores autofinanciados, ya lo escribió Eco en “El péndulo de Foucault”, así que vamos a saltarnos esa parte. Olvídense también de la escena del joven escritor llevando el original en sus trémulas manos. No era joven, y ya se habían inventado el formato pdf y el correo electrónico.

La cuestión es que después de un tiempo prudente, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, J.M. me invitó a tomar un café y me dio sus opiniones sobre el opus. Como dije antes, J. M. es educado e ingenioso, pero no por eso zalamero. Después de marcarme los errores de principiante más notables, comentarme los puntos interesantes para desarrollar, y recomendarme mucha reescritura, dijo con absoluta llaneza: ─No es malo del todo. De hecho, cobrando, he publicado textos peores que este.

Agradecí a J.M. por su tiempo, su llaneza, los consejos y el café. Me quedé satisfecho. Me habían colocado educadamente en mi lugar y me habían sugerido líneas de trabajo interesantes, para el caso que realmente quisiera dedicarme a la literatura.

Más o menos por la misma época empecé a fijarme en los concursos literarios. Uno de mis primos, había presentado un texto a un concurso de novela. Me envió una copia para que la leyera. Al igual que mi texto, no llegaba a ser bueno pero tampoco era malo, y necesitaba muchísimo trabajo. No pasó nada más (si esperaban que un texto desafortunado obtuviera el galardón, sumiendo al escritor talentoso en la envidia, entonces están leyendo El Aleph, y ya habrán notado que no soy Borges). También sucedió que uno de los escritores que conozco, obtuvo el segundo premio en un reconocido certamen nacional. Este hombre, de igual edad que yo, viajó a la capital con la expectativa del primer premio. Su experiencia habrá sido la de Tántalo o la de alguna Miss Simpatía, la frustración. Pero como no era de quedarse callado, aprovechó la transmisión televisiva de los premios, para agradecer educadamente y luego despachar una perorata sobre la crueldad del mundo editorial, que “forzaba” al escritor a tener que humillarse en la búsqueda del premio como forma de acceder a la impresión. 

Me pareció una pataleta sobreactuada. Nadie lo había forzado a optar por un premio; de hecho, lo estaban premiando. Además era un escritor que ya tenía dos libros en el mercado, y bastante cobertura de prensa. El tema de cómo el escritor y sus lectores entran en contacto me quedó dando vueltas en la cabeza, pero pasé a otras cosas.

Los años pasaron y las generaciones cambiaron. Otra gente empezó a leer otras cosas en otros soportes. Aparecieron las plataformas de literatura colaborativa, el fan fiction, wattpad y Cincuenta sombras de Gray. Al final, la mayoría de los textos que tenían tirón comercial terminaban impresos en papel, pero algo se había transformado. Mientras tanto los conocidos que buscaban una carrera en la literatura lo fueron logrando con mayor o menor éxito. Unos salieron del circuito de lo autofinanciado (algunas veces mediante premios), consiguieron reconocimiento de la crítica y venden decentemente. Otros siguen pagando por ediciones pequeñas de libros poco interesantes. Yo seguí escribiendo según tuve ganas: colaboré con dos revistas (una de literatura, otra de teoría teatral) , hice algunas traducciones, participé de dos libros de historia (uno con reconocimiento como colaborador, en otro plagiado por el titular de la cátedra de arqueología) y seguí publicando en mi blog. No fuí sistemático, un poco por ser demasiado perezoso como para trabajar la cantidad de tiempo necesaria para sacar adelante un buen texto, otro poco por amarrete (no se me ocurre poner el dinero que gano en la escuela para financiar el capricho de la edición), y finalmente por respeto a los árboles: me avergüenza la idea de que van a talar bosques para hacer el papel donde se imprimiría lo que escribo.

¿Y dónde querrá llegar este hombre con todo esto?, se preguntarán ustedes lectores.

A este punto: en algún momento de noviembre de 2018, perdiendo el tiempo en alguna red social, me encuentro con “Los 52 golpes”. Una publicación invitaba a presentar textos para la selección de quienes integrarían la tercera edición. De puro curioso entré, leí y me presenté. El 3 de diciembre recibí un correo con el asunto ¡Enhorabuena! avisandome que era uno de los 52 que integraría la Clase 2019. Lo que siguió, en cuanto a producción, ha estado todo este año a su disposición. Pero voy a detenerme, ahora que el desafío termina, a hablar de mi experiencia escribiendo.

Lo que me pareció más seductor de la propuesta de Los 52 golpes fue la premisa de que importaba más que nada escribir. No había que preocuparse demasiado por otras cosas ya que, siguiendo la idea de Ray Bradbury, de cincuenta y dos textos era muy difícil que no hubiera por lo menos uno bueno. Liberado de la exigencia de la calidad (y como dije más arriba, de la necesidad de matar  un árbol para hacer papel) me concentré en cumplir con los cincuenta y dos textos. Tuve que aprender a planificar para llegar a tiempo. Tuve que releer mis publicaciones antiguas, evaluarlas, editarlas o reescribirlas. Enfrenté la falta de ideas. Abordé géneros que jamás antes se me hubieran ocurrido (distribuyamos las culpas: si he aparecido como un poeta de dudoso mérito, en parte es responsabilidad de esta plataforma).Esta plataforma fue para mí un laboratorio y una habitación de juegos. Un desafío,y a la vez un espacio de absoluta libertad.

Independientemente de los resultados, que como alguna vez me dijo J.M. los puede haber mejores o peores, los 52 golpes fueron una experiencia enorme y placentera. Llegado a este punto no queda mucho más que despedirme y agradecer:

A los que llevan adelante este sitio, a quienes no tengo el gusto de conocer, pero tuvieron la consideración y deferencia de elegirme.

A los que leyeron, comentaron, recomendaron, criticaron y corrigieron.

A Mariana, sobre todo, por la paciencia, el amor y las correcciones.

Dicho esto, me despido. Puede ser que siga publicando aquí el año que viene. 

Una última cosa, en la clase 2020, publicará mi amiga Sandra Lindon. Siganla que es buena.

Felicidades para el 2020, y gracias a todos los que acompañaron los 52 golpes de 2019

 

Publicado la semana 52. 23/12/2019
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