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Alejandro P. Drallny

El problema de creerse bueno o talentoso.

Prólogo.

Tener cincuenta años es una gran cosa en algunos aspectos. Por ejemplo, la certeza de que uno tiene más tiempo vivido que por vivir, libera de seguir  sosteniendo relaciones y actitudes que no tienen demasiado sentido ni provecho. Uno se vuelve más frontal y llano. No quiero decir con esto guarango o violento. De las desventajas, no voy a hablarles porque ya las habrán experimentado o las experimentarán. No importa cuanto se hayan cuidado, la panza y los ruidos en las articulaciones son inevitables.

Pero, volviendo a la frontalidad y la llaneza, algunos especímenes de mi edad insisten en desconocer las ventajas de decir de una sola vez aquello que piensa, o en buscar aprobación y estima donde no corresponde. Quiero decir, insisten en comportarse como adolescentes. Y para agregarle sazón al asunto, se hacen presentes  las redes sociales.


 

El grupo de Whatsapp de los “chicos”

Las redes sociales aparecieron en nuestra vida cuando ya éramos fuerza de trabajo hacía mucho tiempo. Myspace, o Facebook nos agarraron con más de treinta, y con unos cuantos años de desconexión con los compañeros de la secundaria. Al comienzo, nos parecía complicado, luego seductor y finalmente adictivo. Estuvimos durante algún tiempo enviando tazas de café virtuales, levantando mazorcas (virtuales) y bañando mascotitas a las que al tiempo dejamos morir digitalmente. Luego nos dedicamos a formar grupos de amigos y examigos, a buscar fotos de novias y exnovias (“de la que me salvé” o “uh, y pensar que la dejé plantada y ahora parte la tierra”) y otras nimiedades. Con el tiempo nos cansamos de estar como unos orates pegados a la PC. Pero a medida que la compu nos aburría, el smartphone ganaba terreno, y junto con él, la mensajería instantánea. Whatsapp llegó para poner el mundo a sus pies.

Atrévanse a sostener que nunca los agregaron a un grupo de excompañeros. Si no les pasó es porque todavía tienen un Nokia 1100 (bien por ustedes). Si es así, además de tener mucho tiempo para leer y otras cosas placenteras, están ustedes liberados de seguir leyendo este artículo.

Si ya se han asomado al infierno de Whatsapp, recuerden a Dante “Lasciate ogni speranza voi che’ntrate”. O pueden hacer como mi amigo Sebastián que cada vez que lo agregan a un  grupo, se retira silenciosamente.

 

Larger than life

Mi abuela Sofía (a la cual hice referencia en uno de los poemas sobre el verano) vivió ciento tres años y fue bastante juiciosa. Solía decir que uno de los problemas de mi generación era que no nos conformábamos con una vida común. Tenía razón, y el hecho de que yo me presente ante ustedes escribiendo es una buena prueba de esto. Los generación x nos criamos pensando que íbamos a ser la próxima gran cosa, y a poco de fracasar (llegamos a la treintena con empleos precarios en países con economías diezmadas), internet vino a ofrecernos el escenario para cumplir los deseos secretos de cada quien. Ahora sí. Ahora van a ver lo bien que escribo / canto / compongo / diseño / actúo / cocino /decoro / hago humor / leo las runas / canalizo espíritus / etc. En algún momento nos tentamos de buscar la guitarra que como decía el tango,  seguía colgada en el ropero, y soñamos con la pinta de Carlos Gardel. Ahora, una cosa el tentarse y otra es pasar a la acción. Es posible que Youtube esté lleno de gente que se cree talentosa, pero piensen que, por suerte, son muchos menos de lo que podrían ser.

Volviendo al punto, las redes han abierto la puerta a una generación que creyó ver la posibilidad de que el mundo reconozca un talento perdido. Que bien podía ser uno el próximo Paul Potts o la próxima Susan Boyle. Bien, no va a ser así, y en gran parte el problema es nuestra ambición de presentarnos de una manera amplificada, más grande de lo que somos, o como se dice en inglés “larger than life”

 

Buscando público para nuestra patología.

 Whatsapp y nuestros deseos de reconocimiento son una mezcla más explosiva que la del nitrato de potasio, carbón y azufre (niños, no mezclen eso en casa). Pasada la primera etapa de intercambiar fotos viejas, los grupos de excompañeros empiezan a llenarse de fotos nuestros estados actuales. Ahí empieza un equilibrio difícil entre la delicadeza y la verdad. Algunos carentes de censura y asumiendose adultos dicen lo que muchos piensan: “bajate de eso que te vas a quebrar”, “no creo que ese bote soporte tu gordura”, “”otra molleja como esa y se te van a reventar las arterias” o “para qué compartís fotos de tu desayuno”. Otros, movidos por la compasión suelen hacer comentarios de aliento donde se busca decir lo mismo que los anteriores pero de una manera más delicada: “Siempre es bueno empezar algo”, “practice makes perfect” o “¡Que lindo tener tanto empeño!”. Finalmente están los mentirosos o los que viven en una nube de pedos y se despachan con “Qué divino, sos un artista!. Volviendo al Dante, en el infierno esta gente irá a la segunda fosa del octavo círculo, y se hundirán en la mierda. Si la imagen les parece inmunda, no se me ocurrió a mí, sino a Dante.

 

Baja tolerancia a la frustración o “¿por qué son todos tan superficiales?”

Volviendo al comienzo, una de las características mejores de tener cincuenta años es que uno se junta exáctamente con quien tiene ganas, sin el más mínimo atisbo de culpa. El problema aparece cuando alguno acostumbrado a compartir todo lo que hace fotografía el delicioso costillar que se está comiendo con su grupo restringido de amigos, y sube la foto al grupo donde están todos los demás.

¿Con qué necesidad?

Lo que sigue, en el mejor de los casos, puede ser un experimento social. Habrán los que feliciten por la juntada, los que dirán con buena onda “che inviten, manga de turros”, los que se sientan segregados pero lo manifiestan con mesura, los ofendidos y finalmente los que consideran que es todo una orquestada campaña en contra de ellos.

Y estos últimos son generalmente los mismos que están todo el tiempo pendientes de la atención y el reconocimiento del otro. No importa cuánto tratemos de pasar el tema de costado. El artista (de cualquier arte) tardío, egocéntrico e infantil, orquesta un numerito mitad pataleta, mitad apoteosis, donde se incinera, no sin antes recordarnos a todos supuestas agresiones sistemáticas que se habrían sucedido entre 1981 y 1986. Luego, sin esperar contestaciones, se retira del grupo lo más estruendosamente que puede. La frase matadora puede ser “recordé cuán superficiales eran”.

El resto se limita a seguir compartiendo fotos del costillar.

 

Colofón

Creerse talentoso puede llevarnos a la ridiculez sin ningún tipo de parada intermedia. Además se pierde en el camino el sentido del humor y la humildad. Si alguna vez se encuentran con una situación como la que relato, sean honestos, no alienten la creación de monstruos. Siempre es preferible decirle a un conocido que como guitarrista es un gran empleado bancario, a alentar la existencia de adolescentes perpetuos. Y el problema de creerse bueno en algo, es que puede suceder que alguno, haciendo uso de la misericordia, nos inflame de tontera.

Mejor desinstalen whatsapp.

 

Publicado la semana 51. 18/12/2019
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