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Alejandro P. Drallny

¡Carne! (Un folletín criminal) Entrega 8

A pesar de los temores de la noche anterior, me levanté de un humor excelente. Estaba por cumplirse una semana de la muerte de Claudio y todo parecía encarrilarse hacia la normalidad. El desayuno tenía el sabor del triunfo del orden sobre el caos. La única nota discordante era la angustia de Carola por la muerte de su amiga.  Traté de mostrarme compasivo. Le di un beso al terminar el café y salí con los chicos a cumplir con la rutina correspondiente: viernes, los hijos al campo de deportes y el papá a dar clase.

Cuando llegué a la escuela, la entrada estaba despejada. Ni policías ni periodistas. Todo tranquilo. Prestando un poco de atención a los comentarios de los alumnos tuve la confirmación de que Verón había hecho un buen trabajo. Los varones hablaban de Claudio con admiración y envidia. Unas pocas mujeres lo denostaban y el resto de las chicas criticaba a la alumna Gonzalez.

Antes de la formación y el Saludo a la Bandera pasé por la sala de profesores. Martinez seguía hablando incoherencias, Brodzky profería su indignación y las dos profesoras de matemáticas hablaban mal de ellos como si no estuvieran ahí. La directora y el vice se habían ubicado en ángulos opuestos y se miraban recelosos. Un día común y corriente.

Respiré hondo y pensé en mis amigos. A pesar de sus defectos, sus torpezas y sus manías, habían estado conmigo sin medir las consecuencias. Me sentí el poseedor de un tesoro raro. Aunque no podía sentarme a contar la historia, todos los acontecimientos se cristalizaban como una fábula sobre el valor de la amistad. Sonó el timbre y salí al patio de la bandera con el pecho enhiesto de orgullo. Nada podía salir mal.

En el aula empecé a pensar distinto. Había algo anormal en el ambiente. Tardé en darme cuenta que lo que estaba fuera de lugar era la excesiva tranquilidad. Faltaba el ruido de los alumnos del fondo. Busqué con la mirada a Verón hasta que lo encontré justo en la mitad del aula, con una sonrisa estúpida cruzándole la cara. Estaba evidentemente drogado, y por las expresiones de sus compañeros, había convidado a toda su banda.

Me inquieté. Si se descubría el estado de mis alumnos no iban a tardar en rastrear el origen de las pastillas. Empecé a pensar que la única solución era matar a Verón. Incluso consideré los medios para hacerlo cuando me detuve espantado de mí mismo. No me reconocía. Una cosa había sido matar a Claudio por error, casi un accidente, y otra era planear la muerte de un alumno. Para despejarme de mis cavilaciones me concentré en indicarle a la clase una nueva serie de ejercicios de repaso para la prueba integradora y seguí con un largo sermón sobre la responsabilidad. Verón y sus acólitos seguían embobados. Pero no me pareció que fuera tan grave.

Continué las clases normalmente. A mitad de la mañana recibí dos mensajes de texto. El primero era de Alejandro Daniel.

"contacto me confirma policía presume prof claudio profugo. slds ;)"

La falta de mayúsculas y de puntuación me molestó un poco pero el uso del emoticón me pareció demasiado. Pasé a leer el segundo mensaje. Era de Carola.

"Estoy angustiada. Cuando termines el trabajo vení rápido a casa. Tengo cosas que contarte."

Atribuí el tono del mensaje al momento de duelo que estaba atravesando y seguí con mis tareas tranquilo. Al mediodía salí para casa. A pesar de que me había pedido que no me demorase, me tomé unos minutos para comprarle a mi mujer algún regalo que le levantara el ánimo. Finalmente me decidí por un ramo de camelias. Con las flores en el asiento del acompañante llegué a la cuadra de mi casa. No pude estacionar en la puerta porque el Siena blanco seguía ahí. Apagué el motor del auto y me quedé un instante pensando que, posiblemente, el auto fuera de algún vecino nuevo; y que todas mis sospechas habían sido infundadas. Cerré mi puerta  y di un rodeo para sacar las flores del otro lado. Mientras me agachaba empecé a sentir el ruido de las sirenas de dos patrulleros. Cuando me levanté vi como uno frenaba delante del Siena y el otro subía a la vereda por la rampa de mi cochera, para detenerse cruzando mi puerta.

Me quedé rígido con las camelias en una mano y las llaves del auto en la otra. Alcancé a ver a Carola apoyada contra el vidrio de la ventana. No se movió de ahí mientras la policía forzaba la puerta. Ocho entraron y dos se quedaron custodiando afuera. Dejé de escuchar las sirenas. O las habían apagado o mi cerebro las bloqueó. Lo único que podía sentir a la altura de mis oído era el pulsar de mis latidos.. Decidí ir a entregarme para que dejaran de molestar a Carola. Trataría de buscar una explicación que exculpara a los Alejandros y pagaría mi culpa.

Llegué a la puerta y los dos policías me miraron incrédulos. El más alto me hablo.

—¿Qué hace acá? Circule.

—Venía a...

El otro interrumpió.

—Oiga tarado, ¿no ve que se equivocó de fiesta? ¿Qué hace con flores?

—Es mi casa.

El policía que me había hablado primero, con la misma emoción con la que le habría pedido una abrochadora a un compañero de escritorio, se asomó a la puerta y gritó:

—García, vení que está el cónyuge de la sospechosa.

Salió un oficial bajito con una voz aguda que me habló todo el tiempo con tono de mando. Su discurso era arrevesado y lleno de tecnicismos. Lo que llegué a entender era que se llevaban a Carola porque tenían indicios de que, en connivencia con una banda de cirujanos truchos, se dedicaban a traficar calmantes. Después de decirme eso me pidió que me corriera de la puerta. Al minuto salió Carola rodeada por los otros siete policías. No me vio o no quiso mirarme. Mantuvo los ojos clavados en el piso hasta que se subió al patrullero. Cuando se acomodó para sentarse alcanzó a verme. Lo único que dijo fue:

—Sabés que no me gustan las camelias.

El auto arrancó llevándosela. Me senté en la vereda y dejé el ramo a un costado mientras los vecinos empezaban a rodearme. En una hora mis hijos iban a llegar a casa para encontrarse con un infierno. Mientras pensaba qué hacer, frotaba la mano mecánicamente contra el cordón de la vereda.

 

Publicado la semana 20. 16/05/2019
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