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Alejandro P. Drallny

Carne! Un folletín criminal. Entrega 7

Cuando llegué a casa, el Siena blanco estaba en la esquina, y seguía estacionado en el mismo lugar a la mañana siguiente, cuando salí para la escuela. De todas maneras, ahora que el cuerpo no existía más, la vigilancia policial ya no me provocaba nauseas.

Durante el desayuno Carola estuvo rara, pero lo mismo podría haberse pensado de mí. Desde el sábado estamos ocupados, ella atenta a las complicaciones de su amiga, y yo detrás del cadáver de Claudio. Saludé a mi mujer con un beso, dejé a las chicas en la escuela y me fui al trabajo, esperando que todo fuera volviendo a la normalidad.

Media cuadra antes de llegar me cuenta de cuan erradas estaban mis expectativas: al tumulto habitual de la entrada de los alumnos se le sumaba una buena cantidad de curiosos rodeando un equipo de exteriores del noticiero de la mañana de un canal local. Estacioné como pude  y traté de mantenerme lo más alejado que me fuera posible. Cerca de la puerta pude ver  a los padres de la alumna Gonzalez, dando gritos airados delante de un micrófono. Entre el ruido pude entender que  clamaban por la reparación de la honra de la hija abusada y denunciaban la complicidad y el ocultamiento por parte de la escuela. A la escena se le sumaban los comentarios guarangos de un grupo de alumnos que, parados detrás del periodista, gritaban "trola".

Entré en la escuela y el panorama no era mejor. Igual que el lunes, la coordinadora corría entre la preceptoría y la dirección. Brodzky discutía a los gritos con quién se le cruzara, el estado de miseria moral de la sociedad posindustrial; y el viejo Martinez seguía mascullando sobre la corriente continua y la corriente alterna. Quise acercarme a la dirección pero a los diez metros de distancia se escuchaban los gritos y acusaciones cruzadas de la directora y el vice, así que me metí en un aula a esperar el timbre.

Estuve unos cinco minutos hasta que se abrió la puerta y entró el gordo Verón.

—¡Qué quilombazo profe!

—Buen día Verón.

—Buen día profe. ¿Qué me cuenta?

—Nada.

—No se haga el dolobu, profe.

—Oiga, ¡no me trate de boludo! ¿Quiere que lo sancione?

—Profe, ¿a usted le parece que con la trenza que se está armando, alguien le va a dar bola porque lo traté de boludo?

—La verdad que no.

—Además profe, acá se sabe todo de todos. Por ejemplo, el lunes usted estaba dado vuelta. Usted le hace a la pasta.

—¿Qué pasta?

—Pepas, pastillas. Encima me llegó el comentario que ayer estaba peor que el lunes.

No tuve qué contestarle. El chico no faltaba del todo a la verdad. Lo dejé seguir hablando.

—¿Profe?

—¿Qué?

—¿Compra?

—De ninguna manera.

—¿Vende?

Me quedé rígido, y de pronto tuve una idea para cerrar el tema de Claudio.

—Oíme gordo, ¿vos sos hacker?

—Más o menos.

—Bueno, más tarde hablamos. Puede ser que tenga algo para vos.

 

Completé las horas de clase lo mejor que pude. La mayoría de los alumnos estuvo más interesado en comentar la cobertura periodística del escándalo de Claudio y la alumna.

Al mediodía volví a casa para encontrarme con el almuerzo sin preparar y Carola caminando frenéticamente, con el teléfono pegado a la oreja. Ni bien terminaba una llamada empezaba otra. Alternativamente sonaba ofuscada o angustiada. Durante los cuarenta minutos de conversación me preparé un par de sandwiches y los comí lentamente. Cuando cortó, Carola me dijo entre sollozos, que su amiga, la de las tetas, había muerto, y que tenía que ir urgente a la clínica. No me dio tiempo para hacerle preguntas, y salió, llevándose el auto.

Miré el reloj y vi que tenía media hora antes de que las chicas llegaran de la escuela. Aproveché para revisar los cajones de Carola, sin importarme que ella me lo había prohibido. Encontré tres cajas de pastillas que metí en mi bolso y tomé la decisión de contactar a Verón. Antes de salir de la escuela, el gordo se las había arreglado para pasarme instrucciones para crear una cuenta de correo anónima. Calculé que me quedaban quince minutos. Fui hasta un cyber a la vuelta de casa y mandé un mensaje citándolo en una estación de servicio en Barrio Jardín.

Volví a casa y me senté a esperar a las chicas. Cuando llegaron, conversé con ellos y encontré los suficientes méritos como para regalarles el dinero para que almorzaran en el Burger King de Patio Olmos y que después se quedaran en el cine viendo alguna película. A las dos y media salieron.

Me di una ducha y fui a la calle a buscar un taxi. Llegué a la estación a las tres y cuarto. Verón me esperaba adentro del bar, jugando con una notebook. Fui directo a la mesa, y sin saludar le puse una de las cajas de pastillas delante de la cara. El gordo reaccionó en voz baja pero emocionado.

—Oxicontín, ¡Que linda sorpresa!

—Si podés hacer lo que te pido, tres cajas son tuyas.

Le expliqué que necesitaba que accediera de nuevo al perfil de Facebook de Claudio y que posteara fotos que sugirieran que estaba en el caribe. Tenía que ser en distintos días y horas para no levantar sospechas. Verón no solo entendió perfectamente sino que también aportó ideas. Opinó que sería más convincente que Claudio enviara algún que otro mensaje personal, por ejemplo a la alumna Gonzalez. Cerramos el trato y a los cuarenta y cinco minutos ya habíamos controlado el perfil y subido un par de fotos típicas de la playa: una de un par de pies con el fondo de la arena, y otra de un trago.

Antes de irme, acordamos cuando terminaba el trabajo y le di una de las tres cajas.

—Te la ganaste gordo. Seguí haciendo lo tuyo y pronto vas a tener las otras dos.

Volví a casa tranquilo. Sin embargo, cuando llegaba, vi que el Siena de la policía seguía en mi cuadra.

Publicado la semana 19. 09/05/2019
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