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Alejandro P. Drallny

¡Carne! (Un folletín criminal) Entrega 6

Martes. Boca pastosa. Sensación de falta de control de las piernas y brazos, y la impresión de que le hablan a otro. Carola me sacudió bastante para que me despertara. A medida que recuperaba la conciencia, empecé a entender que estaba enojada conmigo. Cuando pude ordenar lo que me decía me quedó claro que no quería que volviera a tomar o tocar, nunca más, nada de lo que hubiera en su mesa de luz.

Como estaba demasiado aturdido para manejar, fui hasta el colegio en un taxi. En el viaje soporté pacientemente las arengas autoritarias que propalaban por la radio, mientras el chofer realizaba una combinación de trayectos de lo más intrincada  para llevarme a mi destino. Me acordé de Pablo. Hace unos meses estaba convencido de que tenía un tumor cerebral y en vez de ver un médico se dedicó a leer libros de divulgación: Oliver Sacks y Simón Barón Cohen. Cuando el miedo al tumor fue reemplazado por alguna otra dolencia imaginaria, tuvo como efecto secundario un enorme bagaje de conocimientos de neurología para aderezar las conversaciones. Hace relativamente poco y a cuento de nada había comentado que en alguna universidad de Estados Unidos habían realizado estudios neurológicos en taxistas para establecer cómo se desarrollaba el sentido de la orientación y en que parte del cerebro se asentaba. Daniel concluyó que, a juzgar por el tipo de periodistas que se escuchan en las radios de los taxis, la región que se ocupa de la orientación, debía ser la misma que propende hacia el pensamiento político de derechas.

Estuve un buen tiempo derivando en esas ideas hasta que el conductor me avisó que habíamos llegado. No entendía cómo. No habíamos pasado por ningún lugar que yo conociera. O cabía la posibilidad de que mi propio sentido de la orientación estuviera afectado por las pastillas que le había sacado a Carola. Pagué y entré en la escuela.

El ambiente era peor que el del lunes porque el malestar en las insitituciones educativas aumenta en proporción directa a la cantidad de docentes. La farsa se iba complicando con la aparición de más personajes. Hablando solo, el viejo Martinez insistía en que él iba a enseñar corriente continua y que de ninguna manera pensaba incorporar como contenido corriente alterna. Una de las profesoras de música vendía ropa deportiva por catálogo y las dos profesoras de matemáticas estaban sentadas en el mismo lugar que el día anterior, como si hubieran sido parte del mobiliario. En el frente del salón habían acomodado un escritorio donde estaban sentados la Directora, el Vicedirector y la coordinadora. Todos visiblemente incómodos. Alrededor de ellos revoloteaba como una mosca drogada, la preceptora Griselda.

El Vicedirector se puso de pie y dio comienzo a la reunión, relatando brevemente los sucesos del lunes. Hablaba en un tono pausado y monocorde, tratando de mantener la neutralidad y la calma. Su voz se me hacía cada vez más lejana y me di cuenta de que cada vez  entendía menos de qué hablaba ese hombre. Sonaba como una estructura musical que venía de un lugar distante. Como en un concierto, se alternaban los solos con las contestaciones corales de mis colegas, creando armonías y contrapuntos.

La sensación era agradable. Pero al estado de exaltación sensorial se le sumaba la conciencia plena de la enajenación temporaria. Un amigo que había probado peyote me había descripto una situación parecida. Empecé a preguntarme porqué Carola guardaba estas pastillas en la mesa de luz cuando sentí un sonido de campanas y una vibración rítmica en el cuerpo. Era agradable, y podría haber seguido en ese estado mucho tiempo más, si no hubiera sido por la aparición de la cara de la directora flotando delante mío. Lo siguiente fue la irrupción de su voz:

—Ya que no tuvo el buen gusto de apagarlo, ¿no piensa atender ese telefonito de mierda?

 

Mensaje de: Cristian

Recibido a las 9:37

Me avisa un contacto en Salud pública que pasado mañana nos cae una inspección. Ponete en contacto urgente porque el fiambre no puede seguir acá.


 

—Ahora esto…

Escuché mi propia voz como si fuera la de otro. Todavía duraba la sensación de desconexión provocada por las pastillas. Me apoyé en la pared del patio y seguí mirando la pantalla del teléfono. Parecía que estábamos jugando al juego de la oca, volviendo siempre a la misma casilla: “cargue un cadáver”

Hice un esfuerzo para concentrarme controlando la respiración. Cerré los ojos. Estaba un poco más tranquilo cuando escuche a una de las profesoras de matemáticas hablando desde la sala:

—No teníamos suficiente con el degenerado que ahora nos aparece un loquito falopero.

No reaccioné. No tenía sentido contestar nada. Dejé pasar unos minutos más hasta que me sentí lo suficientemente compuesto para volver a entrar. La escena no había cambiado. Seguía siendo un cruce de acusaciones sin sentido en el que nadie sabía de que se discutía. Finalmente la directora impuso el orden a los gritos y dio por terminada la reunión, sin conclusiones ni resolución alguna.

Salí de la escuela pensando en los días que venían. El miércoles tendríamos que retomar las clases, y enfrentaríamos los rumores. Y el jueves, el cadáver de Claudio tenía que estar fuera del frigorífico. Busqué un taxi y fui hasta el negocio de Daniel Daniel vendía filtros de nafta y otros repuestos de auto en un local de la calle Oncativo. Manejaba el negocio como si estuviera dirigiendo una ópera. Era autoritario y ampuloso, pero magnético. Cuando me vio entrar me hizo señas desde la caja para que lo esperara en la puerta. Dio un par de indicaciones a los empleados, y tomándome por el codo, me llevó de nuevo a la calle.

—Vamos a tomar café.

Entramos a un barcito ordinario lleno de comerciantes de la zona. Nos sentamos cerca de la ventana y, otra vez con señas, Daniel pidió dos cafés. Después empezó a hablar sin darme espacio para comentarios.

—Gabriel me tiene al tanto de todo. No te preocupes que ahora estoy a cargo. Tenés suerte de que sea tu amigo. Aunque estos días no me hayas visto estuve haciendo lo mío.

—¿Qué?

—Bien. Esa es la actitud que necesito. Seguí haciéndote el boludo y nadie va a sospechar nada. Además a vos la cara de pelotudo nunca te costó demasiado. Ahora a la tarde me junto con los amigos de la Cooperativa Policial de la seccional Segunda. Vas a ver como muevo un par de contactos y enseguida te averiguo si la cana sabe algo. Vos tranquilo.

Me quedé atónito. Daniel siempre había sido un poco megalómano, pero ahora estaba tocando la banquina o derrapando. Me acordé además de otro comerciante que hacía chapa de sus contactos con la Cooperativa Policial y terminó baleado adentro de un auto. Mi amigo mientras tanto seguía su perorata, ajeno a mis preocupaciones.

—…y acordate de conseguir una sierra.

—¿Ah?

—¡Una cosa es hacerse el pelotudo y otra es ser pelotudo! Te dije que tenés que estar a las once de la noche en la distribuidora y que consigas una sierra.

 

Le mentí a Carola inventando una reunión imprevista con mis excompañeros de secundaria, saludé a los chicos y me fui en el Clío a la distribuidora. En el baúl llevaba una sierra de las que se usan en las verdulerías para cortar zapallos que encontré en el fondo de casa, en la pieza de los cachivaches. No compré una sierra eléctrica porque suponía, por las películas que he visto, que la policía estaría vigilando mis compras.

Llegué un poco después de las once. Los cuatro me estaban esperando. Los salude discretamente, como correspondía al trámite que nos había convocado. Fuimos hasta la cámara donde Claudio seguía envuelto en las lonas. Cristian había dispuesto una mesa de trabajo en una sala lateral, y había la forrado con polietileno. Antes de que moviéramos el cuerpo nos indicó:

—El trabajo tiene que ser rápido y limpio, pero sobre todo limpio; —hizo una pausa y se dirigió a mi— porque vos te estarás jugando la libertad, pero si por algún detalle la inspección termina con la clausura de la distribuidora, mi suegro me rompe el culo a patadas, y además a mi señora no se la pongo más en lo que me queda de vida.

Pablo, Gabriel, Cristián y yo nos dedicamos a la tarea mientras Daniel colaboraba dando indicaciones, según él, indispensables. Cuando tuvimos el muerto sobre la mesa, Gabriel comentó:

—Este chico Claudio está más viajado que Han Solo en carbonita.

El resto le festejó el chiste. Yo empecé a desesperarme al notar que faltaba la oreja que se había quebrado en la anterior mudanza.

—¡Falta la oreja quebrada! —grité.

—Si, se la comió el Tuqui —contestó Gabriel.

—¿Quién es el Tuqui?

—El caniche nuevo de Cecilia.

—Si alguien encuentra la oreja se caga todo.

—Cagar, lo que se dice cagar, caga el Tuqui en cualquier parte de la casa. Dejate de joder que la evidencia ya está digerida.

Daniel interrumpió:

—A ver si las chicas se dejan de conversar y empezamos de una vez a reducir.

Cristian trajo una sierra eléctrica pero el cable no era lo suficientemente largo para llegar hasta el enchufe. Mientras buscábamos un alargador, Pablo intentaba cortar un tobillo con una sierra de arco. Cuando por fin pudimos enchufar el aparato, Cristian quiso empezar por el cuello, pero no tuvo en cuenta que la melena de Claudio iba a enredarse en la cadena de la sierra. Tuvimos que desenchufar para solucionar el atasco. Como no teníamos tijeras tironeamos hasta que pudimos arrancar el pelo junto con una buena parte del cuero cabelludo. Mientras tanto. Pablo seguía con la sierrita. Finalmente, con la cadena despejadada, volvimos a intentar con el cuello, pero por el lado de la garganta. Habremos estado unos cinco minutos hasta que empezamos a sentir el olor a aceite recalentado, y la máquina se detuvo.

—¿Quién compró esta mierda? —dijo Daniel.

—Si no te gusta lo que traigo no vengás a mi fiestita, boludón, —contestó Cristian.

Mientras los dos se trenzaban en una discusión inútil, Pablo seguía serruchando hasta que logró sacar un pié.

—Tengan boludos, mientras ustedes siguen midiéndose las pijas yo ya corté un pedazo. —dijo.

Daniel no era bueno tolerando la derrota. En absoluto silencio, levantó del piso la sierra de verdulería, y le entró al cuello de Claudio con devoción. A las dos horas habíamos terminado de trozar y embolsar. Me di cuenta de que no sabía como seguíamos de ahí en más. Le pregunté a Daniel, que aprovechó para reparar el orgullo herido:

—No sabés como te arreglé todo, —Pablo lo miró con expresión áspera y Daniel se rectificó— digo arreglamos. Como Pablito lleva años descartando pedazos de su suegra, conoce un montón de empresas de limpieza de residuos patógenos. Con la lista de él, y lo que yo averigüé por medio de mis contactos, —al tiempo que decía la palabra “contactos” hacía el gesto de comillas con las manos— ubicamos una que por unos pesitos más te incinera cualquier cosa sin hacer preguntas. Los llamamos ahora y en quince están acá.

Mientras Daniel hablaba, Pablo había sacado el teléfono y marcado. Hubo un instante de silencio y después, Pablo se limitó a dar la dirección de la distribuidora. Colgó, y en un silencio reverente fuimos sacando las bolsas a la vereda. Esperamos que llegara la camioneta fumando, mientras Pablo nos relataba sus últimos dolores de cintura y cómo los analgésicos le habían jodido el estómago. Eran cerca de las dos de la mañana cuando estacionó la F-100, manejada por dos tipos vestidos con batas de enfermeros. No hablaron casi. Saludaron y empezaron a cargar. Cuando terminaron, preguntaron quién pagaba, recibieron un fajo de billetes de Daniel, arrancaron y se fueron.

Gabriel me pasó un brazo por encima del hombro, me palmeó y dijo:

—Sic transit gloria mundis.

Daniel interrumpió:

—Ciego de mierda, no es una Transit,  es una F-100.


 

Publicado la semana 18. 29/04/2019
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