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Alejandro P. Drallny

¡Carne! (Un folletín criminal) Entrega 5

Llamé a Carola por teléfono para recordarle que no iba a casa a almorzar. Ella aprovechó para pedirme que, ya que estaría cerca de la avenida Sabattini, pasara en algún momento por el Hiper para buscar galletas de arroz y desodorante para inodoros. Me avisó también que las nenas se quedaban en la escuela toda la tarde para practicar para la feria de ciencias, y que ella aprovechaba para visitar a Daniela que estaba de nuevo internada.
—¿Qué Daniela?— pregunté.
—La de las tetas.
—¿Y qué pasó ahora?
—El domingo se le empezó a juntar líquido alrededor de una de las prótesis. Ahora tiene la mitad izquierda de una diva del porno.
Después de cortar, me quedé un momento pensando qué información manejaba Carola sobre la estética del porno. El razonamiento no duró mucho porque tenía que llegar a tiempo a la reunión.
A las doce, Gabriel ya estaba en la pizzería. Como es programador free lance, no tiene horarios fijos ni obligaciones de oficina. A los pocos minutos llegaron Cristian y Pablo . Daniel avisó por SMS que finalmente no era de la partida porque estaba demorado en el negocio junto a un escribano, levantando un acta de despido a un empleado al que pescaron robando.
En el momento de pedir la comida, la situación se tornó complicada, Pablo se tomó diez minutos para explicarle al mozo que tenía la sospecha de que había desarrollado intolerancia a la lactosa, y que necesitaba que le hicieran marchar una pizza con un queso especial que él había traído. El mozo se cansó de tratar de razonar con mi amigo y se fue a buscar al Gerente, que amablemente explicó que por cuestiones de seguridad alimentaria no podía introducir ningún ingrediente desconocido en su cocina. Pablo intentó primero discutir el concepto de “desconocido”, y cuando fue notando que se le agotaban los argumentos, pidió que le hicieran una pizza sin queso. Ya eran las doce y cuarenta cuando Pablo se avino a unos tallarines con tuco, y el resto pudo ordenar su comida. De todas maneras, tuvimos que soportar diez minutos más de protestas sobre la insensibilidad del gremio gastronómico a las personas con “necesidades alimentarias especiales”.
Con el almuerzo marchando le conté a mis amigos todo lo que había sucedido desde el viernes a la noche. Ni Pablo ni Cristian se mostraron demasiado asombrados o incómodos; es más, seguían con sus manías habituales. Cristian anotaba en su libretita y Pablo perdió el interés en el relato. Cuando iba por la parte en que la policía llegaba a la escuela, él ya estaba comentándole a Gabriel los estudios previos a una mastectomía bilateral que iban a hacerle a su suegra.
Después de pedirle al mozo una ronda de café, Cristian revisó sus anotaciones, tachó un par de líneas y nos indicó:
—En una hora nos encontramos en la casa de Gaby. Lleven ropa cómoda.
Cuando llegó el café, lo tomó de un tirón, y sin decir más se levantó y se fue. Pagamos. Cada uno fue a buscar su auto. Antes de ir a mover el cadáver pasé por el híper y compré lo que me había pedido Carola, más una minipimer que estaba en oferta.

Cristian podrá ser silencioso y antipático pero lo compensa con su practicidad y eficiencia. A las dos de la tarde en punto estacionó la Fiorino en la puerta de la casa de Gabriel.
El utilitario estaba recubierto por unas láminas vinílicas estampadas con fotos de embutidos, y sobre los paneles laterales llevaba escrito “Distribuidora Ke Fi@mbre”, en tipografía Comic Sans. Si alguno quiso hacer comentarios de índole estética, Cristian no lo permitió. Rápidamente dio indicaciones para que descargáramos lo que había traído: lonas y un rollo enorme de polietileno. Cuando Gabriel le preguntó para qué necesitábamos eso, le respondió que si no envolvíamos un congelado de ese tamaño, seguramente nos quemaríamos las manos al cargarlo. Sin discutir más, llevamos todo al quincho.
Hasta ese momento la tarea había sido sencilla. Sacar a Claudio del fondo del freezer, en cambio, fue complicado porque se habían pegado los brazos y las piernas al cuerpo, formando un bloque compacto. Recién después de media hora de forcejeo pudimos moverlo. Nos llevó varios intentos poder izarlo y ponerlo sobre la mesa. En uno, Gabriel trató de tomarlo por la cabeza y le arrancó la oreja derecha.
Después vino el tema del polietileno. El único que se manejaba con destreza era Cristian, el resto hicimos lo que pudimos. Los inconvenientes eran muchos: el peso, la forma irregular del bloque,. el frío, y el hecho de que el cuerpo congelado condensaba humedad haciendo que todo se pusiera resbaloso.
A las cuatro de la tarde logramos cargar el bulto en la camioneta y salir hacia la Distribuidora  Ke Fi@mbre. Cristian había previsto dejar el cuerpo envuelto en lonas, en una parte de la cámara frigorífica donde se acumulaban los productos que tenían que ser descartados. En cuanto lo acomodamos, cada uno saludó y volvió a sus obligaciones habituales. Yo volví a casa.
Estacioné en la puerta. El ruido de la televisión indicaba que las chicas habían vuelto de la escuela. Mientras me demoraba tratando de encontrar el llavero, me llamó la atención un Fiat Siena blanco, estacionado en la vereda de enfrente. Aunque le habían quitado las marcas, se notaba que era de la policía. Empecé a transpirar y las llaves se me resbalaron de las manos y cayeron al piso. Traté de mantenerme calmado pero al agacharme a recogerlas tuve un mareo y me desmayé. Lo siguiente que recuerdo son caras alrededor mío. Las de mis hijas, las de dos policías de civil, y un médico del 107. El doctor decía que había tenido un golpe de calor, y que no había nada de que preocuparse. Las chicas me entraron a la casa y después de darme una ducha me metí en el dormitorio. Pedí que no me molestaran y me puse a buscar en la mesa de luz de Carola  alguna de las pastillas que le había sacado la noche del sábado.. Me tome un par y me dormí.
 

Publicado la semana 17. 22/04/2019
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