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Alejandro P. Drallny

¡Carne! (Un folletín criminal) Entrega 4

Volviendo a casa llevé el auto al lavadero y pasé por un video club. Alquilé una película de esas con Meg Ryan que le gustan a Carola. Los chicos dijeron que no tenían ganas de mirar pedorradas y se quedaron jugando con la playstation en su dormitorio.
El domingo, con la excusa de corregir pruebas y completar planillas, lo pasé encerrado en el escritorio. Carola planchó camisas y miró películas viejas en el cable. Los chicos terminaban trabajos para la escuela. Un domingo cualquiera. Lo absolutamente demente empezó el lunes.

Cuando éramos chicos las escuelas eran instituciones con nombre y apellido.Los alumnos sabían que pertenecían a un linaje con determinadas características. Por ejemplo,los del Jerónimo Luis de Cabrera decían que podían competir cabeza a cabeza con los del Manuel Belgrano cuando ingresaban a Ciencias Económicas. Ahora todos los colegios son I.P.E.M. y después un número. La practicidad administrativa licuó la identidad, el ánimo de competencia y las ganas de destacarse. El I.P.E.M. donde trabajo podría ser cualquiera de Córdoba. La clase media más pudiente asiste al turno mañana, y los chicos de clase media baja se acomodan a la tarde.
El lunes empezó a las 7.40 como un día normal. La directora discutía con una madre en su oficina desde temprano mientras uno de los preceptores ataba la bandera al cable del mástil. A las 7.45 sonó el timbre para formar, y la oficina seguía cerrada. Íbamos por la mitad del “Saludo a la Bandera” cuando escuchamos un portazo. A mi derecha, dos profesoras de matemática comentaron algo que no alcancé a oír porque estaban ubicadas del lado de mi oído sordo. Cuando el izado de la bandera terminó vimos a la Coordinadora de Cursos cruzar el trayecto entre la dirección y la preceptoría a una velocidad inusitada. Mientras tanto, los profesores y los alumnos fuimos entrando a las aulas.
El curso con el que comenzaba la mañana estaba al lado de la preceptoría, así que, entrando, alcancé a escuchar la discusión nerviosa que terminó cuando la preceptora, alterada, le gritó a la Coordinadora “No sé. Claudio siempre llega tarde los lunes. Llámelo usted por teléfono si quiere”.
Empecé a sentirme nervioso. Tenía nauseas. El malestar debió ser evidente porque el gordo Verón, habitualmente el más molesto de la clase le gritó a sus compañeros:
—Che manga de gorriados, a ver si se callan la jeta y no joden que el profe tiene cara de enfermo.
Saludé a la clase y les pedí que se pusieran a completar una ejercitación que les había dictado la semana anterior. Mientras trabajaban aproveche de vigilar el movimiento en la preceptoría. De nuevo vi pasar a la coordinadora. Algo grave estaba pasando. Me disculpé con los alumnos y salí a buscar el baño para vomitar. Calculé que no llegaba al de profesores así que entré al de los alumnos. Como el material con el que están construidas estas escuelas es muy barato se puede oír las conversaciones a través de las paredes. Mientras me doblaba sobre el inodoro en medio de la arcada, escuché claramente que en baño de mujeres una chica decía “Ahora sí que se le acabó el dulce al hijo de puta”. Pensé que hablaban de mí y sentí puntadas en los oídos. Traté de tranquilizarme pero cuando salí del baño vi en la puerta de la escuela dos policías. Entraron y pasaron directamente a la dirección.
—Seguramente hay un patrullero— pensé. No había forma de escapar así que entré de nuevo al aula. Los alumnos hicieron silencio al verme menos Verón, al que alcancé a escuchar diciendo:
—Ta hecho bosta en serio el viejo.
Me senté en el escritorio a esperar que me detuvieran. La mitad de los alumnos trabajaba, el resto se molestaba entre si. A los veinte minutos los policías salieron de la dirección. Detrás de ellos la coordinadora volvió a cruzar y se metió en Preceptoría. De nuevo la discusión. Al rato la preceptora entró al aula.
—Disculpe Marcelo, pero tengo que avisarle que hemos vuelto a tener problemas con el tanque de agua, así que suspendemos las clases hasta el miércoles. ¿Me ayuda a firmar los partes de salida anticipada de los chicos?
Mientras los alumnos festejaban aprovechó para acercárseme y decirme por lo bajo:
—En cuanto los alumnos salgan, vaya a sala de profesores. ¡No tiene idea de la que se viene!

***

—Estupro.
—Qué es que?
—Estupro. No se haga el idiota.
—No soy idiota. Soy sordo del lado derecho
—Con las cosas que están pasando le convendría ser sordo del todo.
Los diálogos con la directora de la escuela siempre eran breves y descorteses. Los profesores varones tomábamos esa modalidad de comunicación como un elemento más del paisaje. Las colegas mujeres, en cambio solían armar escenas de llanto, y terminaban en portazos y denuncias en la Dirección de Enseñanza Media.
Pero esta vez a nadie se le ocurrió robar protagonismo con actuaciones melodramáticas. La directora, en el centro de la sala de profesores era el punto focal. Evidentemente soportaba un grado de tensión inaudito, aún para los veinte años que llevaba en el sistema educativo. La musculatura del cuello se veía inflamada y protuberante.
La reacción de mis colegas fue lenta y gradual. O es posible que yo lo haya visto así por el estado de hiperatención que me provocaba la saturación de adrenalina. Las dos profesoras de matemáticas se miraban. Una apenas movió los labios para musitar “te lo dije”. Algo en ese gesto me hizo verlo como el comentario cómplice de una pareja de lesbianas viejas. Pero eso sería materia de otra trama. La coordinadora de cursos había detenido su movimiento por los pasillos y estaba sentada, grave, en un extremo de la mesa. Imperturbable, pálida, parecía a la vez la imagen de la sabiduría y de un profundo cagazo.
El silencio reverente se rompió por el estruendo de un eructo del suplente de Literatura. El chico se disculpó argumentando no se que asunto relacionado con una hernia de hiato y cuestiones nerviosas. El exabrupto sirvió de señal de largada a un caos de conversaciones del cual apenas llegaba a entender pedazos sueltos sin saber muy bien quién decía cada cosa.
—Esa pibita siempre fue bastante trola.
—Cállese degenerado, acuérdese que es una menor, y alumna.
—Bien que vos le mirás el bulto a los alumnos vieja trola.
—Chicos, chicas, no se desconozcan.
—Callate vos, que venís a hacerte la buena si con los de la Lista Celeste siempre tranzan con el gobierno para cagarnos a los trabajadores.
—Vos y todos los troscos de la Fucsia, primero ganen las elecciones en el gremio y después hablamos.
—¿Dónde estaba el equipo directivo cuando esto pasó?
—En su casa, marmota, ¿o pensás que se fueron todos del partuza a un telo con Claudio y la pendeja?
—Esto pasa porque en la escuela nunca se implementaron los contenidos de políticas de género que nos indicaba Ministerio de la Nación…
El ambiente siguió así, hasta que la directora gritó mas fuerte que el resto:
—Basta, orden, silencio.
El profesor de Economía, alterado, contestó:
—A mí me tratás como un profesional, no como un alumno caprichoso— y se fue a encerrar al baño.
Después, con algo más de calma, la directora volvió a hablar:
—Colegas, estamos en una situación grave. La alumna Martinez de cuarto “C” y el profesor Claudio habrían estado en algún tipo de relación y la chica podría estar embarazada. Parece ser que el sábado pasado la familia se enteró, y cuando fueron a buscar a Claudio se dieron con que no contesta el teléfono, no se comunica por Facebok, ni está en su casa. Parece ser que sospechó que se iba a destapar el asunto y se escapó. La familia de la chica esperó hasta hoy para ver si lo encontraba en la escuela, y como Claudio no apareció, fueron a denunciar a la policía. El resto ya lo han visto. Los agentes se acaban de retirar. Van a la casa de Claudio, y después a la de sus padres.
—¿Y nosotros qué hacemos?— se escuchó desde el fondo.
—Ahora vamos a recuperar la calma. Hemos dicho que la escuela cierra por desinfección, así que los chicos van a volver recién el miércoles. Mañana, docentes y directivos vamos a tener una reunión de claustro para decidir como seguir.— La directora hizo una pausa, miró a una de las preceptoras y siguió, —Mientras tanto Griselda, ¿lo retuviste al gordo Verón como te indiqué?
—Si.
—Traelo.
Griselda salió y volvió a los cinco minutos con el alumno. Sin decir mucho, el gordo se sentó en la computadora y con unas pocas maniobras accedió a los perfiles de Facebook de Claudio y de la alumna. Alrededor del monitor, los profesores se amontonaron como las moscas en la carne podrida. Solamente el profesor Brodzky, desde un ángulo de la sala, se resistía y amonestaba:
—Lo que están haciendo es tan ilegal como lo que hacía Claudio.
—Callate, hippie melenudo— le contestó una profesora de química.
Desde el amontonamiento empezaron a salir todo tipo de ohes, ahes, y otras interjecciones y epítetos. La coordinadora seguía ensimismada, y Brodzky estaba todavía en el rincón, entre abatido y exiliado.
Yo aproveché para salir de la escuela. El destino había hecho un giro a mi favor, pero todavía tenía pendiente reunirme con Gabriel para decidir qué hacer con el cadáver.


 

Publicado la semana 16. 17/04/2019
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