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Alejandro P. Drallny

¡Carne! (Un folletín criminal) Entrega 3

Al volver a casa no había nadie. Carola debía seguir con sus amigas festejando la llegada de los implantes mamarios. Sabía que no iba a poder dormir fácilmente, así que revisé la mesa de luz de mi mujer buscando algo que me noqueara. Encontré un tira de pastillas, y tomé una. Fue como un mazazo. 
A la mañana del sábado me despertaron los gritos de Carola, y la policía. 
No saquen conclusiones apresuradas. Si conocen las reglas mínimas de un relato, deberían saber que una historia criminal no puede terminar en la tercera entrega. Además que Carola me gritara no dejaba de ser parte de nuestra rutina. 
—¡Levantate inútil!, que tenés que ocuparte de buscar a las nenas.
Tardé unos eternos y placenteros segundos en reaccionar.Lo que fuera  que había tomado me había dejado relajado y distante con una sensación de alegría infantil. De todas maneras, Carola siempre se las ingenia muy bien para terminar con cualquier situación placentera.
—Marcelo, dejá de mirarme con esa cara de estúpido y atendé: a mi amiga Daniela la operan hoy a las dos de la tarde, así que a vos te toca buscar a las nenas. Yo no voy a estar disponible por el resto del día.
—“a las dos de la tarde” ¿Vos pensas que soy tan estúpido como para creerte que una clínica opera a las dos de la tarde de un sábado?— contesté.
—Para que sepas, no se opera en una clínica sino en un centro de estética.
En condiciones normales, hubiera dicho que Carola y todas sus amigas eran una banda de imbéciles a merced de una pandilla de inmorales carniceros. Pero si recapitulamos, el hecho de haber matado a un compañero de trabajo, haberlo metido en un freezer y haberme drogado con vaya a saber que cosa que tenía guardada mi esposa, claramente nos pone ante la evidencia de que la normalidad se había tomado vacaciones. Mientras Carola buscaba algo en el ropero sonó el timbre, así que fui a ver quien era.
Al abrir la puerta, todo el bienestar producido por la pastilla desapareció. Dos agentes de policía.
—Buen día. ¿Usted es Marcelo Errazuriz?
—Soy yo.
— Usted es el hijo de Mercedes Errazuriz, ¿verdad?
—Si.
—¿Nos puede dar una mano y sacar a su madre de la seccional?, que ya lleva dos horas volviéndonos locos.
Mi madre está senil. Teresita, que alguna vez fue su empleada doméstica, la cuida como puede. Periódicamente discuten, y mi madre se enoja y amenaza con echarla. Esta vez había ido a la policía a denunciar a Teresita. Cuando llegamos, el comisario le gritaba a mamá que iba a meterla en un calabozo,  un detenido borracho trataba de convencer a mi madre de que reclamara ante la Secretaría de Derechos Humanos, y un oficial muy joven llorisqueaba recordando a su abuela muerta (Según me comentó después, la abuelita era muy parecida a mi madre, y había muerto el mismo día que él se graduaba de la academia de policía). 
Sacarla de la comisaría  y llevarla de regreso a su casa no fue complicado, lo difícil fue arreglar que Teresita no dejara el trabajo. Mientras negociaba una jugosa recompensa monetaria a su paciencia, empezó a sonar mi teléfono. Gabriel me citaba en la plaza de Alta Córdoba a las doce y media en punto.
Logré llegar apenas pasadas las doce y treinta y cinco. Al estacionar ví a Gabriel sentado en un banco. Estaba por cerrar la puerta cuando una mano gorda y transpirada me agarró la nuca.
—No te agarro para una pizza pero para hacer cagadas estás disponible.
Marcelo.
Marcelo es uno de esos amigos que solo se hacen en la infancia. Si uno lo hubiera conocido más tarde lo hubiera evitado como a la peste. Todo, desde su modo de ver el mundo, su formación, pero mas que nada su relación con las leyes lo hacían a la vez un hombre adinerado y exitoso, y un peligro social.
—¿Qué hacés acá, Danielito?
—Gabriel me avisó de tu fiestita. No me la iba a perder
Por suerte, Gabriel se acercó y me evitó una conversación penosa. Fuimos directo al auto de Claudio. Gabriel se mantenía silencioso y con eso se ganó el control del operativo. A los cinco minutos de mirar el auto pregunté
—¿Y ahora?
—Sencillo,—dijo Gabriel— ganzúa, pinzas, puente y arrancamos.
—¿Desde cuándo sabés robar autos?
—¿Y desde cuando matás profesores?
—¡Listo!— Interrumpió Daniel, que aprovechó el tiempo de la discusión para abrir la puerta y sentarse en el lugar del conductor. Con Daniel uno sabe que lo mejor es no hacer preguntas.
—Gabrielito, vos buscá tu auto y seguime, Marcelito, subite acá al lado y dame conversación.
Daniel manejó hasta un descampado de la ruta 19. Durante ese tiempo no paró de hablar de su negocio de respuestos, de lo fuerte que estaba su señora, de lo talentosos que eran sus hijos, y de la envida que el resto del mundo tenía por todos estos “activos”.  Apenas llegamos, lo mismo hizo Gabriel, pero dejó el auto a unos cien metros de distancia. Buscó en el baúl un bidón, y caminó hasta nosotros. Cuando estuvo delante mío, me lo extendió:
—¿La quinceañera hace los honores? No te olvides de mojar bien todo, pero sobre todo las butacas.
Cuando vacié el bidón, Daniel me acercó un encendedor.
—Muy bien, ahora le prende fuego y cada uno a su casita.
—¿Así nomás?
—Por supuesto, ¿O sos el Bruce Willis para quedarte a mirar las explosiones?
 

Publicado la semana 15. 09/04/2019
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