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Alejandro P. Drallny

¡Carne! (un folletín criminal) Entrega 2

De mis amigos puede decirse muchas cosas. Según de cuál de ellos habláramos, podríamos afirmar que son hipocondríacos, desordenados, obsesivos, un poco sucios, guarangos, cobardes o estafadores. Pero todos tienen en común, y nadie podría negarlo,  el hecho de ser incondicionales.
La madrugada del sábado me encontró en la puerta de la casa de Gabriel. A pesar de haberlo despertado temprano para mostrarle un cadáver dentro de un baúl, no perdía su buen humor.
—¡Mirá vos! Y yo que pensaba que el Renault Clío no era buena compra. ¡Qué cabedor te resultó el baúl!
—¿Eso se te ocurre nomás?
—A las cinco de la mañana no vas a pretender que te recite “Las Coéforas”
—No. Pero como vos sos el inteligente de la banda, ¿qué te parece que hagamos? ¿Damos parte a la policía?
—Esta situación me recuerda un chiste de Fritz y Franz que contaba mi abuela. Fritz y Franz despiertan una mañana y descubren que alguien les depositó una enorme torta de bosta en la puerta de la casa, entonces Fritz pregunta “¿Qué hacemos Franz?, ¿damos parte a la policía?” Y Franz contesta “No Fritz, no demos parte, démosela toda?”
—¿Eso es un chiste?
—Bueno, es de salón. Además cien años atrás debe haber sonado muy zafado.
—Eso no importa ahora. Lo que quiero saber es qué hago con este muerto.
—Yo te diría que si no querés que te sigan los perros, lo primero que tendríamos que hacer es refrigerarlo. Esperame que busco unas mantas.
—¿Para qué querés una manta?
—No va a ser para proteger al cadáver de los resfríos, pelotudo. Vamos a meterlo en el freezer del quincho. Pero no queremos que los vecinos vean la mercadería.
Gabriel no demoró ni tres minutos en ir a la casa y volver con una frazada. Envolvimos el cuerpo de Claudio y lo sacamos del baúl. El camino al quincho fue tortuoso porque me resultaba difícil maniobrar un cuerpo por los pasillos. Gabriel, en cambio, se mostraba muy hábil. 
El quincho era amplio y muy bien equipado. Además de la parrilla, tenía una mesón grande y pesado, una heladera, un horno de pan, y un freezer de lo que parecen un baúl. Dejamos el cuerpo en la mesa, abrimos el freezer, Gabriel miró el espacio, volvió la cabeza al cadáver, puso cara de calcular, y después, con pequeños gestos me fue indicando como plegar a Claudio para que entrara. Después de bajar la tapa nos sentamos y estuvimos un momento mirándonos.
—¿Y ahora?—, pregunté.
—Ahora que guardamos la carne, llamamos a los chicos y nos hacemos un azadazo.
—No seas inmundo
—¡Ah claro! El señorito mata a un desconocido a la madrugada y el desubicado con los chistes soy yo.
—No era un desconocido. Era un profe de la escuela.
. Gabriel se quedó mirándome. Estaba completamente inexpresivo, parecía que detrás de sus ojos, un cerebro trabajaba a una velocidad inusitada. Después de la pausa habló en un tono neutro y ejecutivo:
—A ver Marcelito, tenemos un cuerpo, ¿algo más?
—Un auto abandonado en Alta Córdoba.
—Dejaste huellas en el auto?
—No.
—Entonces no estamos tan complicados. ¿Alguna idea de qué hacer con el fiambre?
—Tampoco.
—Bueno, supuestamente las primeras cuarenta y ocho horas son cruciales. Vos no tenés nada que aportar, así que pasame el control a mi. Hasta el lunes te lo puedo tener en el freezer. Ya lo viste, tiene cerradura; y Cecilia y los chicos están hasta el martes en una convivencia de la escuela. Después, o lo eliminamos o buscamos un frigorífico más grande. ¿Alguna cuestión más para resolver?
—Si, pero no tiene mucho que ver con el tema
—…para lo que va la noche… Dale, decí.
—¿Vos tenés idea de por qué las mujeres se hacen las tetas?
Gabriel lanzó una risa corta pero estentórea. Después me sonrió. Al escucharlo no supe entender si el tono era condescendiente o burlón.
— Ves que sos pelotudo. Andá a dormir a tu casa que más tarde te llamo para ver qué hacemos
 

Publicado la semana 14. 01/04/2019
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