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Alejandro P. Drallny

¡Carne! (un folletín criminal) Entrega 1

Claudio está muerto en el baúl de mi auto. El suyo quedará estacionado en una calle del barrio de  Alta Córdoba, a la vuelta de un bar, hasta que algún vecino lo considere sospechoso.
No era un mal tipo Claudio, a lo sumo fatuo. Quizás un poco pedante. Pero hubiera sido mucho pedir que fuera diferente
Trabajábamos en la misma escuela aunque, claramente él no necesitaba de un puesto docente para sobrevivir. Pertenecía a esa especie de “nobleza de toga” cordobesa, que circula entre el Palacio de Justicia y barrio Jardín Espinoza. No éramos amigos ni enemigos. Alguna vez tuvimos un encontronazo. Quizás por faltas mías (a veces me pongo cargoso) o por su poca paciencia, pero nunca nada importante.
En las novelas siempre existe un móvil. Ripley, por ejemplo, quería vivir como Dickie Greenleaf; y aunque Claudio era, como Dickie, un “golden boy” local, nada era más lejano a mi intención que parecerme a él. A veces se mata por torpeza, por descuido, por cansancio, aburrimiento, o porque sí. O en mi caso, por una combinación de todos esos factores.
Hablaba de Ripley, de Dickie y de móviles para matar. Aclaro que nunca leí “El talentoso Sr. Ripley”. Vi la película vieja con Alain Delón, en alguna cinemateca, cuanto estaba tratando de seducir a Carola. Me gustó pero no me pareció brillante. Carola, en cambio se aburrió muchísimo. Ustedes dirán que mis relatos son dispersos. Carola me lo dice todo el tiempo, pero agregando una irritante cara de fastidio.
Esta mañana comenzó con la rutina habitual: despertarse, tratar de vestirse, no encontrar dos medias del mismo par, discutir con Carola, lidiar con la indiferencia de mis hijas, salir a trabajar. En la escuela, también lo de siempre: los malos modales de la directora, seis hora de clases intrascendentes, alumnos entre dormidos y drogados, colegas afectuosos, indiferentes o llanamente psicóticos. Al final de la jornada, el primer indicio del desvío: la directora me dio una tarjeta con la dirección de un bar y me recordó que esta noche despedíamos a la profesora Zabala. Quiso ser graciosa, y agregó que por ahora no iba a tener la felicidad de ver el momento en que yo me jubilara. Metí la tarjeta en el bolsillo y volví a casa.
No me gustan las fiestas, menos los bares. Prefiero quedarme en mi taller. Llevo meses tratando de armar una casa de muñecas para mis hijas, y a eso me dediqué casi toda la tarde. Cuando se hicieron las ocho de la noche, me encontré que Carola y las chicas estaban por salir. Según mi mujer, ya me habían avisado que la escuela de las nenas había organizado una actividad para recaudar fondos para algún viaje. Asentí. Uno sabe cuando debe evitar las discusiones.
Sin nada que hacer, pero sobre todo con hambre, deambulé por la cocina. Metí las manos en los bolsillos para rascarme y encontré la tarjeta con la dirección del bar. Segundo desvío. En vez de romper la tarjeta, la miré, pensé en la posibilidad de comer algo sin tener que cocinar mi menú de emergencia (salchichas y puré instantáneo), me cambié y salí.
 Cuando llegué, la fiesta ya había caído en el espiral del tedio. El alcohol era ordinario, lo que generalmente trae consecuencias nefastas. Antes de que el departamento de inglés completo atacara el karaoke, me atrincheré en un rincón junto con los profesores de educación física, desde donde nos dedicamos a hacer todo tipo de comentarios chuscos. La acción seguía por los caminos previsibles cuando Claudio atravesó el salón, evidentemente borracho, con la intención de buscar pelea. Supongo que habrá interpretado algún gesto como una burla y salió a buscar la reparación de su honra. El encargado de la escuadra de basket lo frenó, y la fiesta siguió sin que nadie notara nada.
Cerca de las tres de la mañana sentí que vibraba mi teléfono celular. No llegué a atender. Vi que había cinco llamadas perdidas de Carola. Si no devolvía la llamada inmediatamente, mi vida iba a ser mucho más difícil que lo habitual. Salí del bar y llamé. Después del rigoreo por “someterla a la violencia machista de no atender” Carola explicó que las nenas se había ido a dormir a la casa de unas amiguitas y que ella se iba a un “tetas shower”
Debo haber entrado en un momento de mutismo largo e incómodo, porque Carola, en vez de tratarme como un estúpido, me explicó que su amiga, y jefa del equipo de venta por catálogo, Daniela, había organizado un festejo para despedirse de sus pechos viejos, y darle la bienvenida a ciento veinte centímetros de circunferencia. Luego me contó que ahora se hacía así: días antes de entrar al quirófano, las amigas más cercanas hacían un pequeño evento con tragos, regalaban corpiños, tops, y todo lo necesario para atender a las tetas recién llegadas. “Como un baby shower pero para tetas”, concluyó Carola. Y cortó.
Decidí volver a mi casa. Encaré para donde estaba mi auto, con la llave del auto trabada entre los nudillos, con el puño cerrado, costumbre que adquirí después de que me robaran mi coche anterior. Cuando me acercaba al Renault Clío sentí un manotazo en el hombro. Instintivamente me di vuelta y sin mirar quien era, le pegué un puntazo con la llave en el estómago. Recién cuando gritó me di cuenta que era Claudio. Tambaleándose se apoyó contra la pared. Gritaba, pero el ruido de la música desde adentro del salón no me permitía entender lo que decía. Se acomodó y vomitó espasmódicamente. Quise acercarme a ayudarlo pero me tiró una trompada. Me aparté. Se quedó quieto y me miró. Dijo algo sobre el hartazgo que le provocaba la manera en que lo mirábamos y juzgábamos. Tomó carrera y trató de volver a pegarme. De algún lugar lejano de la memoria apareció lo poco que había aprendido de Aikido, y con una llave sencilla lo esquive y arrojé a la calle. Claudio fue trastabillando hasta que tropezó con una baldosa y cayó con la cabeza contra el cordón de la vereda. Y con eso alcanzó. Ya estaba muerto. Sin ningún motivo importante.
Todavía no entiendo cuál fue el motivo para que, sin pensar, acomodara la llave del auto en mi mano, abriera el baúl y rápidamente metiera a Claudio adentro. Enseguida me senté en el asiento del conductor y encendí la radio. Estuve dos o tres minutos estupefacto hasta que me di cuenta de lo que había hecho. Me había empujado hacía adelante. Una vez que moví el cuerpo eliminé la posibilidad de alegar un accidente. Arranqué. Tenía que llegar a casa para poder pensar. En el camino, imaginaba que me detenían para el control de alcoholemia y descubrían el cuerpo en el baúl. Por suerte, como pasa siempre en Córdoba, los inspectores de tránsito estaban de paro.

Continuará...
 

Publicado la semana 13. 26/03/2019
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