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Alejandro P. Drallny

Escenario (Sueños 2)

Estoy sentado en el patio de butacas de un teatro viejo. Es pequeño y está deteriorado. Las molduras de los palcos están incompletas, pero el techo conserva los frescos en buen estado. La lámpara central está sucia, aunque tiene todos los cristales. Me acomodo y estiro los brazos sobre las butacas. Con mi mano derecha rasco un poco el terciopelo raído de la tapicería. Debe haber sido rojo, pero ahora parece borravino, con algunas manchas marrones. El aire huele a madera y a encierro, también a aceite de máquinas y suciedad. Dejo de mirar las molduras y los frescos y me concentro en el escenario. El telón de fondo no está y puedo ver la pared de ladrillo desnudo del fondo, con una puerta a la derecha que debe llevar a los camarines.

No lo había notado antes (o acaso no estaban): en la esquina izquierda del escenario hay dos niños. Corrijo, un niño y una niña. Están sentados en el piso. Su ropa es oscura y deslucida. El muchacho tiene una traje de pantalón corto. Lleva corbata y su pelo está peinado con raya al costado, muy tenso y sostenido con fijador. La chica tiene un vestido con la falda tableada y una camisa con lazos. El pelo está sostenido por muchas peinetas pequeñas. Acomodan cubos de madera, de los que tienen letras grabadas, pero lo hacen a una velocidad muy lenta, lo que me hace pensar más en un rito que un juego.

Desde el otro extremo, más cerca del proscenio aparece una mujer. Debe tener unos cincuenta años. Es delgada. Lleva un vestido largo y oscuro, y el pelo recogido. Parece severa, pero en realidad está concentrada. En la mano izquierda lleva un violín y en la derecha el arco. Da unos pocos pasos en el escenario, se coloca el violín al hombro, acomoda la cabeza en la mentonera y comienza a tocar. Creo reconocer la melodía. Se parece a algo que escuche cantar a mis abuelos. Sin embargo, la forma en que la mujer la ejecuta es grave y solemne, o quizás triste. Tal vez no es la canción que recuerdo.

La mujer camina por el escenario. No lo había visto antes pero a la cintura lleva atada una soga gruesa, larga y tensa. Algo pesado debe haber en el otro extremo. A medida que se desplaza veo aparecer una especie de carretilla o plataforma con ruedas. Amontonados, sin ningún orden, se apilan juguetes rotos: muñecas de biscuit, unas vestidas, otras desnudas, trenes, soldaditos, pelotas de caucho. La mujer se limita a caminar y tocar el violín. Por la tensión de la soga es evidente que la carga es pesada, pero su cara no delata el esfuerzo. Espero que los niños reacciones de alguna manera ante esta aparición pero siguen acomodando los cubos. La mujer pasa a su lado, los sobrepasa, y finalmente sale del escenario. Veo la soga tensa tirando del carrito delante de estos dos hermanos (¿serán hermanos?, que siguen sin inmutarse.

La escena se mantiene sin cambios hasta que el carrito desaparece. La música sigue sonando un poco más, hasta que se produce el apagón. Me quedo en la platea a oscuras, esperando que algo suceda y empiezo a escuchar el ruido de mi respiración.

 

Publicado la semana 11. 11/03/2019
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