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Alejandro P. Drallny

Siesta

Maté. Fue más fácil de lo que pensaba. Ni siquiera hace falta ser inteligente para hacerlo. Basta con que coincidan la oportunidad y la intención. Tampoco parece difícil deshacerse del cadáver. En una bolsa de consorcio entró bien.

Siempre pensé que sería distinto, no así. Debe ser porque leo mucho. Según mi mujer, demasiado. Dice además, que la literatura me va a terminar secando el seso, como a Don Quijote. A lo mejor la lectura me indujo a tener una imagen distorsionada de las cosas. Hasta hoy creía que el asesinato era el resultado de la perversidad, la locura, o el cansancio. Recuerdo, por ejemplo, un cuento de Chejov, donde una niñera buena y sufrida ahogaba  a un  bebé porque el llanto no la dejaba dormir. Otra idea a descartar  es que el crimen perfecto tiene detrás mucho tiempo de planificación.No es así.

Por ejemplo, en cuanto a las razones,  pueden ser infinitamente pedestres. Infantiles incluso. ¿Dije infantiles? Si. Ahora me doy cuenta de la conexión. El desgraciado ya estaba condenado de hace años y en parte la culpa fue mía. El pasado me llevó a hacerlo. ¿Para qué inscribí a mi hijo en la misma escuela a la que fui yo. Tendría que haberlo pensado antes. Una persona como yo, con esta memoria, nunca termina de liberarse de la basura que va juntando en el fondo de los recuerdos. Tampoco perdona. La escuela fue siempre igual: una jaula donde aprendés temprano que si no dominás sos dominado. Ahora al cagarse en el otro le ponen nombre en inglés y hacen mesas redondas donde señoras estiradas explican  lo que cualquiera sabe: que la infancia es una mierda y que para muchos de nosotros algo peor que eso.

No importa. No es relevante. Ya sucedió. No se si el que está en la bolsa molestaba a mi hijo o a mí. Da igual. El mundo está mucho mejor sin él de cualquier modo. Es más, debería poner la cabeza del sabandija en una pica, en la puerta de la escuela, para que los demás escarmienten.

No soporto la mentira. Los mismo idiotas que hablan por televisión terminan repitiendo la estupidez de que los niños nacen buenos y el ambiente los hace hostiles. Algunos nacen hijos de puta y así mueren. Acá en el fondo de una bolsa tengo a uno. Mentiroso. Basura subhumana. Hijo de una estúpida falsa y sentenciosa. Me gustaría ver ahora a esa desgraciada. Bien que me tuve que aguantar todas las reuniones donde la mosquita muerta hablaba del hijo como si fuera un dechado de virtudes. Ayer mismo, en la escuela, porque tuve que ir de urgencia a consolar a mi hijo; la muy hija de puta pretendía convencernos que había parido a un angelito incapaz de cualquier maldad. Cuando se fue, la mismísima directora me dijo que estaba harta de soportarla, mentirosa, negadora e hipócrita, pero que ninguno de sus superiores en Inspección le sabía dar una solución.

La idea de matar no se me había cruzado hasta que la volví a cruzar. Desde lo profundo de su idiotez, sugirió que el problema era mi hijo, que lo tenía que llevar a un psicólogo. No la reventé a trompadas porque la directora es buena gente y no le iba a agregar un problema más. Pero en cuanto volví a la veterinaria tomé la decisión de terminar el asunto como se hace con las malezas: de un buen tirón y de raíz.

¿Soy un monstruo? No lo creo. Un monstruo es otra cosa. No sentí nada. No tuve un impulso sexual como “el petiso orejudo”. Tampoco necesito seguir matando. No estoy dejando señales para que vengan a detenerme. Ni me vengué de la ingratitud y la falta de pago, como el flautista de Hamelin. Tampoco fui cruel. Y si es por hablar de crueldad, ¿acaso la Biblia no está llena de niños masacrados?. Dios permitió la matanza de los inocentes. Ese es un asesino mucho más peligroso que yo.

Dios. Tremenda falacia. Ahí lo tienen a Garavito en Colombia. Violó y mató a 172 chicos y después dijo “ver la luz de Dios”  y se hizo ordenar de Pastor. Por una cuestión puramente estadística  merezco mucha más misericordia. Yo no lo hice sufrir. No soy como ese degenerado. Pero ese es apenas uno de tantos. En mi trabajo he visto lo que es la crueldad de las personas. Sobre todo de los que se creen virtuosos. Me traen animalitos al consultorio para que haga milagros imposibles, para que cure a perros que están deformados por tumores,  mientras escucho como los dueños prefieren verlos retorcerse de dolor antes que sacrificarlos.

—No me da el corazón para hacerlo. Es matar a un miembro de la familia—, me dicen. Yo, en cambio, sé qué hay en la mirada de esos pobres bichos. Me doy cuenta que no quieren estar más al lado de una vieja miserable. De una imbécil que los sometió a una vida larga y asfixiante. Piden morir ya. Dejar de estar encerrados en departamentos, abrazados y retorcidos por ancianas malolientes y mocosos desgraciados.

Los animales saben porque tienen instinto. No como al que tengo en la bolsa, que  lo traicionó la propia estupidez. Ni los perros que le ladran a las bicicletas son tan idiotas. Quiso terminar de mortificar a mi hijo en nuestro territorio. Ahora está muerto.

Vino al local de la veterinaria a las dos y media de la tarde. No es difícil ubicar la dirección: estamos en la guía de teléfono, en la revistita barrial,  y en la agenda escolar que les hizo hacer a todos los alumnos la maestra de segundo grado. De donde quiera que haya sacado la dirección, es un dato menor. El infeliz vino a buscar pelea.

A esa hora en barrio San Vicente no hay nadie en la calle. Por suerte, si te apartás dos cuadras de la calle San Jerónimo, todavía vivimos en el país de la siesta. Tocó la puerta con toda la intención de despertarme si dormía. Yo estaba al fondo armando la lista de pedido para el distribuidor de alimento balanceado. Lo reconocí enseguida, iluminado por el sol que le caía encima. Me paré en el medio del local para tranquilizarme. Si me saltaba la bronca, la alimaña inmunda le iba a ir con el cuento a la familia y yo saldría perdiendo, así que me tomé un minuto para tranquilizarme. Decidí que debía actuar frío como una serpiente. Acercarme de una manera sutil para después sacarle el aire de a poco.

Al abrirle la puerta miré por la vereda para asegurarme de que nadie viera que entraba. No le dejé decir nada. Lo fui convenciendo para que pasara. Le dije que había estado pensando sobre la discusión de la mañana, y que ahora que estaba tranquilo, no veía razones para estar enojado. Después, sonriendo le pregunté si, ya que se había acercado, no quería ver los animalitos. Incluso, como forma de firmar la paz definitiva, podía regalarle uno. ¿Cómo logré controlarme? Si he podido dominar a un mastín napolitano con obstrucción intestinal, para meterle un dedo en el culo, nada es imposible.

Sonrió el desgraciado, sonrió. Seguramente fantaseaba con todas las porquerías que podía hacerle a un perro o a un gato. La vieja Dominguez, de la despensa de la esquina, me había contado que el barrio sabía. Que al  muy retorcido lo habían encontrado una siesta tocándole la concha a la hermanita infradotada. El enfermito pensaba que la familia dormía y que la nena no iba a decir nada. Pero la pobrecita se puso a gemir. La pelotuda de la madre armó una batahola terrible cuando los encontró, pero al día siguiente le negaba a todo el mundo lo que había pasado.

Siesta. Ahora me doy cuenta de que el monstruito tenía un  modus operandi. Como sea, ahora no va a ver ni siestas ni tardes ni anocheceres. Está en el fondo de esta bolsa, y en cuanto se haga de noche y todos se hayan ido a dormir, lo llevo al quirofano, y lo descuartizo. No es más grande que un collie. En unos cuarenta minutos tengo el cuerpo reducido. Después lo tiro en el  crematorio que tienen unos conocidos. Trabajan de noche porque no tienen la habilitación municipal. Les llevo trabajo seguido. Mas que nada amputaciones, y de vez en cuando un animal entero; así que no van a sospechar del paquete.

En cuanto entró, lo primero que el chico miró en la veterinaria fueron las peceras. Nunca entendí que les ven de interesante. Bichos que se la pasan el día y la noche nadando entre su propia mierda. Le prendí los fluorescentes para que mirara mejor. Dejé que golpeara los vidrios, total iba a ser el último daño que hiciera. Me miraba de reojo mientras molestaba a los peces, buscaba el momento en que se me agotara la paciencia. Cuando se aburrió de eso me pidió que le mostrara los hamsters. En cuanto  tuvo uno en la mano se quedó duro. No supo que hacer. A lo mejor entre ratas se respetan. Aprovechando el momento de desconcierto le dije que mejor íbamos al patio, que ahí tenía otras jaulas con animales más interesantes.

Por el pasillo busqué con que golpearlo. Pasé al lado de la ventana rota. Mi mujer me reclama que desarme el taparrollo y arregle la cinta, pero nunca lo hago. Directamente trabo la persiana con una barra. Si hubiera sido más hábil con los arreglos domésticos no habría tenido un arma a mano.  Cuando llegamos a la puerta del patio se veía cómo el sol se filtraba por el marco. Buena señal. En cuanto abriera la puerta, la luz le daría de lleno en la cara y yo podría aprovechar el encandilamiento. Inventé alguna excusa para detenerme y le pedí que se me adelantara y saliera. Cuando abrió la puerta el chorro de luz llenó el pasillo. El desgraciado quedó en el medio, resplandeciente. La imagen era la de una estampita de comunión. Debe haber sido el único momento de su vida que pareció bueno. Avanzó por el patio, lento, tratando de hacerse sombra con la mano sobre los ojos. Cuando estuvo bien en el medio se dio cuenta que no había jaulas, solamente basura, damajuanas vacías, canastos viejos. No llegó a darse vuelta para reclamar. Un solo golpe de barra en la nuca alcanzó. Rápido y certero. Listo. No jode más.

Publicado la semana 1. 01/01/2019
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En momentos impíos
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