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Ale Rivadeneira

Observador privilegiado

Había trabajado en el mismo café por los últimos tres años; su carrera como escritor no estaba funcionando, pero nunca nada había sido tan extraño como las últimas semanas. Como observador privilegiado, como lo son todos los baristas, los porteros y taxistas, pasaba los días espiando desde la barra a los clientes del lugar. Todos los martes llegaba esta niña con el corte de cabello extraño y se sentaba a escribir su novela.  Los sábados estaba este señor de avanzada edad que se quejaba sobre el café, para él nunca estaba lo suficientemente caliente; solía sentarse en la barra, y mientras tomaba su café, le contaba sobre su fallecida esposa, para luego comprar libros de amor. Y estaba él. Solía ir los Lunes a las 4:30 de la tarde; solía llevar su guitarra, pero nunca la sacaba del estuche. A veces se sacaba una libreta del bolsillo de la chaqueta y escribía en ella. O dibujaba. Y era callado; nunca iba con nadie, y el barista había concluido que era porque no quería que nadie interrumpiera su hora del café. Las primeras semanas que había ido había probado todos los cafés de la carta, pero luego se había acostumbrado a tomar su café negro, sin azúcar.

    Pero cabe abrir un paréntesis aquí para mencionar que este no era un testigo privilegiado normal; este podía, al menos cuando dentro de la cafetería, escuchar los pensamientos de las otras personas. No sucedía afuera, y no sabía cómo es que pasaba, pero con el tiempo había dejado de importarle. Así es que sabía que la señora que escribía la novela en realidad quería dedicarse al teatro;  y que el señor solo extrañaba la forma en que su esposa le hacía el café. Por lo generla podía silenciar estas nuevas voces en su cabeza, pero a vces le ganaba la curiosidad.

    Entonces sucedió algo extraño. Este lunes llegó, a las 4:30 de la tarde el cliente usual, pero no estaba solo. Había esta muchacha que lo tomaba de la mano, y en el segundo que la vio pudo notar como eran polos opuestos. La risa de aquella niña llenaba toda la cafetería. Se sentaron en la mesa donde él usualmente se sentaba, y ella leyó la carta quinientas veces, para luego dejar que él le escogiera el café. Y mientras su café se preparaba, ella no lograba quedarse quieta; se paseó por los estantes de libros y llevó a la mesa varios tomos. Y no se calló ni un segundo. Y él se dedicó a escucharla, a contradecirla cuando la conversación se empezaba a poner muy extraña y a besarla cuando ella cerraba la boca por un segundo. Los vio ir juntos por algunas semanas; los vio hacerse amigos del dueño del café, que se paseaba por ahí algunas veces; vio cómo él intentaba enseñarle a tocar la guitarra, infructuosamente, y escuchó las preguntas extrañas que ella le hacía.

    Pero eso no podía durar por siempre; la chica de la novela la había concluido, el señor ya no se quejaba de que su café estuviese frío, pero ahora pensaba que le faltaba azúcar, y ellos habían terminado. La vio llegar, este lunes a las 4:30 de la tarde, y sentó en la barra. Pudo escuchar como ella se preguntaba cómo le gustaba el café.

-Un americano- le susurró. Por primera vez, la vio tomarse el café en silencio, sin pasearse entre los estantes y sin reírse hasta que le faltase el aire. Y por unas semanas fue así. Hasta que llegó un día con otras dos muchachas y sentaron en los sofás del fondo. Y los pensamientos de ella ya no rondaban al chico de la libreta de dibujos y poemas,

    Escuchó como se juraron entre ellas que ese era su lugar feliz y que nunca, jamás, traería a muchachos allí. Y las siguientes semanas vio como traicionaron su promesa. La chica del cabello negro llevaba a su novio secreto, le daba vergüenza presentarlo a sus amigas; y la chica que tomaba el café con 5 cucharadas de azúcar solía llevar a su madre. Solo Isabella, al fin había descubierto su nombre, seguía yendo sola a la hora usual de los lunes. Y con el tiempo había dejado el café americano y lo había cambiado por café con leche. Y al no tener con quién conversar, había decidido que él sería su víctima; le contó que quería ser pintora, lo cual él ya había notado pues ella siempre llevaba los brazos y la mente manchados de pintura. Le contó sobre su gato; le habló de cómo perdonaba a sus amigas por haber traicionado su promesa de mantener el café para ellas. Le contó que el muchacho de la guitarra le había terminado por que pensaba que ella era muy loca para él. Se rió con ella cuando descubrió que él era escritor.

-Por eso es que los cafés no te salen bonitos.

Fue entonces que decidió que debía renunciar. Se suponía que trabajaría en la cafetería mientras descubría como hacer que los libros pagaran la renta, pero se había vuelto adicto a escuchar las vidas de las personas dentro de la cafetería. Y después de pensarlo, de contarle al señor de los sábados y de hablar con su jefe, se lo había dicho a Isabella. Ella lo vio, sentada en la barra, puso la mejor cara de enojo que pudo, y él no pudo oir sus pensamientos de enojo, pues seguramente ni ella misma podía expresarlo con palabras. Finalmente escuchó: “es como cuando cambian de portero en tu conjunto; vas a extrañar al anterior, el que ha visto como haces fiestas clandestinas, que te ayuda a subir las compras y que escucha en secreto las peleas con tu madre”. Era ese sentimiento de romper con lo acostumbrado, y de enojarse con el cambio. Se levantó de la sila, pero mientras se preparaba para seguirla, escucho cómo ella rogaba en su cabeza que no lo hiciera. Y la vio irse; la vio caminar por la vereda mientras se secaba las lágrimas.  A la semana, el también salió del café para siempre; pero seguía buscándola. Leía los periódicos en busca de una nueva pintora, y a veces deseaba poder seguir leyendo las mentes de las personas, para ver si alguien pensaba en ella.

Publicado la semana 9. 03/03/2019
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