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Ale Rivadeneira

Tienes muchas explicaciones que dar

Odiaba las flores. Estas se hallaban en cada rincón de su casa; en floreros, en macetas, en la tierra del patio. Y nunca, jamás, morían. Su madre solía regarlas a diario, conversaba con ellas más que con su propio hijo, y su plan de domingo perfecto era ir a uno de esos invernaderos cercanos a la ciudad a comprar más plantas. El olor de estas estaba en todos lados; en la sala, en los muebles, en la ropa y en el cabello de Martín. Y él no podía escapar de ellas ni de su desagradable aroma.

 

Al ser educado en casa y al vivir a las afueras de la ciudad, no es que Martín saliera mucho. Tampoco tenía muchas ganas. A veces escapar de las flores, pero su madre se había vuelto bastante buena para convencerlo de quedarse. Le había comprado libros, se había dedicado a inculcarle el gusto por las telenovelas y le había regalado un gato sin garras para que se entretuviese. Muchas veces había intentado compartir con él su extraño gusto, a veces obsesión, por las plantes, pero Martín no había demostrado interés alguno. El cactus que estaba en su escritorio estaba vivo por suerte, o por que su madre lo cuidaba cuando Martín no se fijaba.

 

Y la vida no sonaba tan mal. Pero había algo extraño en esto; algo que separaba a Martín del mundo de las novelas o de los libros. A Martín le parecía extraño que nunca le había sucedido nada malo. En las novelas, que eran su principal referente del mundo exterior, los personajes no vivían sus vidas; las sufrían. Y a Martín esto le encantaba. Amaba ver los conflictos familiares, las cachetadas, los problemas con las herencias y demás dramas que se trataban en las novelas. Pero sus favoritas, eran las de doctores. Esas en que los médicos de cabecera se dedicaban a enamorarse de los internos mientras salvan la vida de unos pacientes irrelevantes en la trama. Amaba las operaciones de 14 horas y amaba ver las cicatrices que quedaban. Es que él no tenía ninguna.

 

No tenía entre sus recueros haberse caído, tropezado, cortado o siquiera haber tenido un moretón en la piel. Su piel era de un blanco perfecto, sin ninguna marca que le recordara que alguna vez había tenido un accidente. Jamás había visto el color de sus sangre. Y jamás había sentido el ardor del alcohol sobre una herida. No era algo que le importara mucho; solo le parecía un poco curioso que a él nunca le hubiese sucedido. La verdad, es que no había tenido la oportunidad; su madre no le dejaba usar los cuchillos grandes de la cocina, la vajilla de su casa era plástica por lo que no había barrido un cristal roto nunca, y su casa estaba llena de protecciones para bebés en las esquinas de cada mueble; su madre había jurado que 15 años atrás había tenido pereza de removerlas y que no le había importado.

 

Entonces llegó el invierno; esa época del año cuando Martín ya no salía de la casa ni para ir al jardín, que era lo más lejos que llegaba usualmente, y se dedicaba a sentarse con su gato cerca del calefactor. Su madre, casi de forma compulsiva, se dedicaba a poner en macetas las plantas del jardín, que no sobrevivirían una nevada, para ponerlas en la casa. Como cada año, Martín se encontraba viéndola desde la puerta de la cocina. Incluso sin salir del todo de la casa, y con múltiples sacos encima, sentía el viento helado. Procuraba cubrir sus orejas con su cabello para que estas no se congelaran; sentía en las mejillas un algo extraño gracias al viento helado y la piel de sus manos estaba reseca gracias a la helada. Y empezó a nevar. Vio como su madre se apresuraba a recoger todas la plantas, y yendo contra su naturaleza, Martín decidió ayudarla. Corrió hasta la mitad del patio, dónde su madre se hallaba, y recogió del piso una planta enorme llena de espinas, sobre la cual no sabía ni el nombre (para él todas la plantas se llamaban “flor”, “árbol” o cualquier otro nombre fácil). Y en ese instante sintió como una espina se clavaba en su piel. Vió cómo una gota de sangre rodaba por su piel y caía al piso.

 

Pero cuando tocó el suelo, lo que sucedió no era algo que pasaba en las novelas; nada que Martín pudiese prever. Al caer, del exacto lugar donde la sangre tocó el piso, nacieron decenas de flores; se volvieron de color rojo, se enredaron entre sí y crecieron alrededor de Martín, hasta llegar a la altura de su cintura.  Y allí se encontraba él, con una planta en las manos y 15 más a su alrededor. Y muchas cosas en su vida tomaron sentido de forma repentina. Vio a su madre, que tenía la expresión de un niño al que han atrapado guardando un secreto. En ese instante se dio cuenta que no haberse lastimado nunca no había sido una casualidad; su madre había tomado las precauciones necesarias para que no sucediese. Martín pensó en cómo estas no habían sido las suficientes; pudo haberse cortado con la hoja de un libro, al afeitarse o con un cuchillo de mesa. Pero por cada cosa que parecía cobrar sentido, miles de preguntas aparecían en su cabeza.

 

Martín se abrió paso entre las flores, dejó la planta que llevaba en brazos en el piso, y se llevó la pequeña herida a la boca para que dejara de sangrar. Caminó por la ligera capa de nieve hasta su madre, que lo veía con desconcierto y nieve en el cabello, se plantó frente a ella y murmuró:

 

-Tienes muchas explicaciones que dar.

 

Publicado la semana 8. 24/02/2019
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