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Ale Rivadeneira

Llevarle la contraria al clima

Aunque amaba la playa, odiaba los días fríos, por lo que en ese momento se hallaba más enojada de lo usual. Bueno, el frío era sólo una de las razones. Estaba usando su saco favorito, lo cual la ponía de peor humor; lo había lavado incontables veces,  pero aún olía a ese chico con el que solía salir a tomar café, lo cual había terminado en desgracia. Su madre, a la cual no le interesaba el viento, ni que Victoria llevase una semana sin conversar con ella, estaba metida en el océano. Su hija la veía de rato en rato, para asegurarse que la marea no se la llevara, pero intentaba concentrarse en su libro, en sentir la arena en sus pies y en saborear su helado. Sí, estaba helando, pero ella tenía ganas de llevarle la contraria al clima.

 

Entonces lo vio. Estaba allí, a la orilla del mar, a unos pocos metros de ella, comiéndose una fresa. Sin dudarlo, se levantó, caminó dejando que el mar mojase sus pies y se sentó a su lado. Se acomodó en la arena y vio a Gato a los ojos. Gato nunca había visto un humano tan de cerca, y cuando ella le ofreció un poco de esa extraña paleta helada, este se asustó un poco.

-Es un helado- le explicó ella, y rió al ver como Gato lo tocaba con su pata para luego retroceder de un salto. Luego de varios intentos, Gato probó el helado, y después de un buen rato se dejó acariciar.

-Soy Victoria- le dijo de pronto y sintió el extraño impulso de contarle su vida a Gato- Yo no vivo en la playa, como vos; vivo en las montañas, donde el frío como este es usual. Sin embargo, cuando nacen las flores, broncearse en el patio es casi como hacerlo aquí en la playa.

 

Victoria continuó hablando; le contó de los sabores de helado que le gustaban, de su trágica historia con el muchacho del café, de la novela que estaba viendo y lo mal que le había ido en esa última entrevista de trabajo. Le habló de cómo le gustaba mojar los pies en el océano y le mencionó esta canción que le gustaba, la que hablaba sobre el mar. Habló lo que no había hablado en toda la semana, desde el domingo anterior, día que había dedicado a lavar su saco y a borrar todos los indicios de que alguna vez había tenido sentimientos. Y conversó con Gato hasta que su madre decidió que las yemas de sus dedos ya podían dejar de lucir cual pasas, salió del mar y le pidió que se subiera al auto.

 

Pero Victoria no quería dejar a Gato.

-¿No estás cansado del aire salado? Yo puedo llevarte a las montañas, a ver caer la nievey a ver como florecen los arupos; a comer fresas en los días de sol y a leer cerca del calefactor en los días de lluvia- entonces, sin pensarlo más, lo tomó de la cintura y lo llevó al auto.

-Ya tienes un gato en casa- dijo su madre, con la esperanza de que Victoria dejase a Gato en la playa-

-No importa, necesita un amigo- dijo Victoria mientras empezaba a jugar con las garras de Gato.

 

Publicado la semana 7. 17/02/2019
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