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Ale Rivadeneira

Como la calma después de la tormenta

Lo odiaba, con todo lo que su corazón podía odiar. Lo había detestado por los últimos 12 años y el sentimiento no parecía cambiar de rumbo. Había periodos en los que lo aborrecía, y había tiempos en los que se olvidaba de su existencia. Sin embargo, cada vez que se volvían a encontrar, sentía de nuevo un hastío intenso. Se habían conocido cuando ella tenía 7 años, y aún antes de saber su nombre, ya estaba cansada de su presencia; más bien, estaba harta de lo perfecto que podía llegar a ser, como lo había demostrado  en los primeros 5 minutos de conocerse. Con los años había llegado a la conclusión que ningún niño de 7 años debería llevar la camisa tan bien planchada ni hablar alemán con tanta fluidez. Con el tiempo lo había superado, cuando ella misma comenzó a planchar la falda del uniforme.

 

Lo volvió a ver años después, tocando el piano en uno de estos recitales elegantes, en los que ella audicionaba cada año pero nunca la aceptaban; a los jueces en realidad no les interesaba una muchacha extraña tocando la batería como si su vida dependiera de ello. A veces se le ocurría que, tal vez, él sentía lo mismo al tocar el piano que ella al tocar la batería. “No seas idiota” se dijo a si misma, antes de que su cerebro pudiese crear un poco de empatía por él. Y es que no sentía empatía por que no tenían ni un punto en común. El piano, el alemán, vestirse de forma decente y usar corbatín en días elegantes era lo que ella más odiaba de ese muchacho.  Ella podía resumirse en su banda con gente extraña, en pantalones de colores horribles, en la mala costumbre de gritar cuando hablaba por teléfono y en tener el cabello azul. Eran como planetas muy lejanos que no tenían la posibilidad de acercarse nunca. Y esto era lo peor de todo; se sabía de memoria todos estos detalles sobre él. Había pasado mucho tiempo indagando cada pormenor de su vida, buscando algo más que detestar.

 

Se reencontraron en la universidad; 12 años después de esa primera mañana, a ella su presencia la golpeó como la primera vez, y siendo honesta, como las 10 siguientes veces. Su perfección se había multiplicado por 500 y ella aún odiaba los corbatines que solía usar.  Se vieron en un pasillo, se dieron un beso en la mejilla y tuvieron una de esas conversaciones triviales de quienes no quieren hablarse; podría odiarlo, pero nunca tendrían el valor de admitirlo. Pasaron los semestres, sin que ella lograra dejar de odiarlo, y sin que él pudiera hacerlo. A veces en serio que quería odiarla; sabía que ella representaba casi todo lo que le molestaba del planeta, pero cuando estaba con ella sentía un equilibrio extraño, como la calma después de la tormenta.

 

Entonces sucedió en uno de estos  viajes donde obligaban a estudiantes universitarios a subirse en un bus interprovincial por 12 horas, para ir a uno de estos eventos llenos de conferencias en las cuales nadie aprendía nada, aunque eso no quitaba su obligatoriedad. Fue así como se vieron atrapados en una ciudad desconocida, subiéndose en buses que los llevaban a lugares extraños, metiendo los pies en el río y perdiéndose en la noche por tomar el tren equivocado. Y pasó lo inimaginable; fue la suma del alcohol, un juego un poco estúpido y de compartir el mismo sillón. El resultado: un beso,  al menos el primero. El resto fueron el resultado de las frustraciones contenidas los pasados 12 años, la soledad prolongada y las ganas de enredar los dedos en el cabello de alguien más. Ella recuerda que sus manos eran frías; él recuerda que su boca sabía a cerveza y chocolate. Y ella pensó por un segundo que en ese momento sucedía lo que pasa en las películas. Que se daría cuenta que él había sido el amor de su vida, que no había punto en odiarlo y que todo este tiempo el universo estaba intentando juntarlos. Y allí, sentada en el sofá, sin soltar su mano, supo que era mentira. Aún lo aborrecía.


 

Publicado la semana 6. 08/02/2019
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