05
Ale Rivadeneira

Fallaste

1.

No estaba segura cómo había empezado a suceder, pero las personas habían empezado a quedarse atrapadas en sus pesadillas;  tampoco sabía cómo es que ella podía sacarlas de ahí. Lo había descubierto por accidente. No podía dormir tocando a nadie, pues entraba en sus sueños y los manipulaba a su gusto, claro, cuando se daba cuenta que estaba soñando. Esa era su vida; escribir historias de horror era su trabajo durante el día, y rescatar a las personas de sus pesadillas su trabajo de la noche. La verdad es que la carrera de novelista no rendía muy bien, y sacar a las personas de sus malos sueños le daba unos dólares extra y la inspiración necesaria para escribir sus historias.  Es que a ella no le daba miedo nada; casi nada.

 

Por eso le gustaba Augustín; tenían miedos en común. Tres miedos, para ser exactos: las arañas, los viajes en buses interprovinciales y los lugares donde sientes que alguien te está observando aunque no hay nadie a tu alrededor. Estaba consciente que no eran miedos tan extraños, pero saber que alguien le temía exactamente a lo mismo la hacía sentir menos rara sobre estos.

 

-¿Qué pasa cuando no puedes sacar a alguien de sus malos sueños?- Le había preguntado Augustín una vez.  Emma no lo sabía; nunca le había sucedido. Pero había rumores: te quedabas atrapado, soñando por siempre; despertabas en un estado de demencia o simplemente morías. Emma no estaba dispuesta a averiguarlo.  Con el tiempo había aprendido a darse cuenta cuando estaba soñando, o más bien, cuando estaba en el sueño de alguien más, y había descubierto que si los tocaba y decidía que era momento de despertar, los dos lo hacían, siempre y cuando estuvieran en contacto en el mundo real. Solía escribirse cosas en los brazos para saber si estaba despierta o soñando; por alguna razón sus brazos estaban siempre limpios en sus sueños. Y al no tener miedo a casi nada (nunca se había topado con alguien que tuviera pesadillas con buses interprovinciales) las pesadillas en las que se introducía no le impedían rescatar a las personas atrapadas en sus propias creaciones terroríficas.

 

2.

Estaba en un sofá viendo al techo, seguramente pensando en qué escribir, cuando sonó el teléfono convencional; su celular lo había perdido hace semanas. Era la madre de Augustín. Conocía esa voz de memoria; había comido en la casa de Augustín miles de veces; conocía a su gato, a su primo, a su madre y a su exnovia. Se sabía el orden de los libros de su biblioteca y sabía que en uno de los cajones escondía fundas de caramelos, al igual que en el fondo de su mochila y bajo su cama. Por supuesto que estaba enamorada de él, pero en los tres años que lo conocía nunca había tenido el valor de decirle nada; es más, durante los dos primeros años ambos habían estado en otras fracasadas relaciones.

 

-¿Aló?

-Emma, necesito un favor.

 

Por supuesto que pasaría esto algún día; de todas las personas que podrían haber terminado atrapadas en sus pesadillas le había tenido que suceder a Augustín. Es que Emma tenía una suerte asquerosa en el amor; parecía que todas las personas que le gustaban estaban bajo el efecto de una maldición de mala suerte. Aunque tal vez era ella; después de todo Emma era el ser extraño que podía entra en la mente de las personas.

 

Se subió al auto, y mientras manejaba a la casa de Augustín se le ocurrió que esa podría ser una mala idea; los dos le temían a las mismas cosas, sería como entrar en una pesadilla propia. Pero no se le ocurrió una mejor solución. No sabía de nadie que pudiera hacer lo que ella hacía, y no tenía ganas de descubrir qué pasaba si lo dejaba dentro de sus miedos por mucho tiempo.  Entró a la casa de Augustín como si fuera la suya propia, tenía la llave desde hace años, y subió las gradas hasta su habitación.

 

-No ha despertado en días- murmuró la madre de Augustín; este sudaba frió y se movía constantemente, presa del miedo. Emma se acomodó a su lado, tomó su mano y puso su cabeza en su pecho, encajaba perfecto. Cerró los ojos y quedó dormida; era de las personas que se duermen apenas tocan la almohada.

 

3.

Estaba usando una chompa gigante que solía guardar en su armario; sólo la usaba cuando hacía mucho frío, como era, en ese momento, el caso. No sabía dónde estaba y le parecía extraño que todo a su alrededor pareciera estar en escala de grises, o al menos estar cubierto por una gruesa capa de polvo. Lo vio sentado en una mesa redonda enorme, aunque estaba solo. Se acercó, y sólo cuando estuvo lo suficientemente cerca vio el miedo en los ojos de Augustín. Él también la vio; al notar que ella no era presa aún del pánico, le señaló al piso; miles de cientas de diminutas arañas se dirigían en fila hacia algún lado. Emma comenzó a sentir como su corazón se aceleraba.

 

-¿Dónde estamos?

-¿No lo sabes? Hemos estado aquí desde siempre- La voz de Augustín sonaba distante. Emma, al borde de romper en llanto, se sentó a su lado y le tomó la mano; algo le decía que no debía soltarla. El frío comenzó a volverse más intenso, y cuando apenas Emma  había empezado a ignorara a las arañas que los rodeaban, muy bajo, casi como un susurro, escuchó una risa a sus espaldas; ambos se voltearon de golpe, pero sólo vieron como la cortina de la gran habitación se movía con el viento.

 

-Hay alguien afuera- murmuró Augustín. Emma se levantó y corrió a cerrar la ventana, intentando evitar que alguien entrase, nada que estuviese cerca podía ser bueno, pero mientras estaba en eso, sonó como alguien golpeaba la puerta. Emma ni siquiera había notado donde estaba la entrada a ese extraño cuarto, pero alguien la seguía golpeando con tanta fuerza que esta se movía.

 

-Puedo verlos- escucharon de repente. La voz venía de la puerta. Augustín tenía tanto miedo que sentía que vomitaría en cualquier momento. La voz dejó de hablar; se creó silencio por unos segundos hasta que se volvió a escuchar con más fuerza.

 

-Puedo verlos. Puedo verlos. PUEDO VERLOS- Cada vez que sonaba parecía que la voz estaba más cerca, sonaba más alto y Emma casi podía sentir las vibraciones del sonido en su pecho. Era presa del pánico. Intentó recordar dónde estaba y cómo había llegado hasta ahí, pero no llegó a ninguna conclusión, y mientras sentía que sus ojos se empezaban a llenar de lágrimas, todo se volvió peor; la luz gris que existía se apagó, y Emma pudo escuchar como  la puerta se abría y se cerraba de golpe.

 

-Está aquí dentro- gritó Augustín; Emma casi se había olvidado de él. Con la poca luz que entraba por las ventanas, pudo verlo, en un rincón, intentando pegarse contra la pared para huir de la voz pero sin poder hacerlo por la monstruosa cantidad de arañas que habitaban en ella. Corrió a su lado; le secó las lágrimas que corrían por su rostro y volvió a tomar su mano, proponiendose no volver a soltarlo. -Respira- le murmuraba, mientra intentaba descifrar donde se encontraban y cómo escapar. No pudo hacerlo, pues la voz comenzó a gritar aún con más fuerza.

 

-PUEDO VERLOS, CASI PUEDo TOCARLOS- En ese instante el piso comenzó a temblar con fuerza, por lo que Emma perdió el poco autocontrol que le quedaba y comenzó a correr, arrastrando a Augustín por la gran habitación, la cual solo parecía agrandarse más con cada paso que daban. Entonces vio una puerta; no estaba segura si era la misma por la que había entrado este algo que los observaba o si era un nuevo cuarto, pero antes de que lograra decidirlo ya se hallaba abriendo y cruzando la puerta. La cerró a sus espaldas apenas lograron entrar. Era, de nuevo, una habitación enorme, con una ventana abierta al fondo y con miles de velas apagadas regadas por el piso. La voz ya no se escuchaba y su respiración parecía volver a la normalidad.

 

-¿Puedes cerrar esa ventana?- le preguntó a Augustín mientras ella recogía una vela y pensaba en cómo encenderla. Augustín caminó hasta el fondo del cuarto, cerró la ventana y la cortina minuciosamente y comenzó a caminar de regreso hacia ella. Se hallaban a pocos metros de distancia cuando la puerta detrás de Emma se abrió de golpe y la vela que tenía en las manos se encendió de repente.

 

-No pueden escapar- dijo la voz a sus espaldas- Augustín que estaba frente a Emma, y al fin había visto lo que era la voz misteriosa, perdió la conciencia frente a Emma, que solo pudo sostener con fuerza la vela que llevaba en las manos y admirar la sombra queprovocaba la luz. La sombra y la voz se habían quedado quietas. Emma podía escuchar los latidos de su propio corazón. La vela comenzó a derretirse en sus manos hasta consumirse y se apagó, dejándola en la oscuridad por un segundo. Emma pensó que se había terminado, pero no podía estar más equivocada. Todas las velas se prendieron de pronto e iluminaron un largo pasillo que se extendía ante ella; pudo distinguir el cuerpo inconsciente de Augustín al fondo de este y la sombra que se extendía desde atrás de ella. Un segundo antes de que el suelo comenzara a temblar la voz le murmuró:

-Corre.

 

Emma no lo pensó dos veces; comenzó a correr con todas las fuerzas que su cuerpo tenía, sin saber si deseaba más huir de la voz que la observaba o llegar a Augustín. Y mientras corría, se dio cuenta de que la estúpida chompa gigante le estorbaba, y entre su abrigo y las miles de velas el calor se había vuelto insoportable. Se arremangó la chompa mientras intentaba escapar, y sólo en ese instante se dio cuenta de que sus brazos estaban impecablemente limpios. En ese segundo, solo en ese momento, se dio cuenta que estaba soñando.

 

-¡DESPIERTA!- gritó.

 

4.

Y eso pasó. Emma despertó. Sudaba frío; nunca una pesadilla la había asustado tanto. Se escuchó a sí misma respirar entrecortadamente, y en ese momento vio como la madre de Augustín la observaba. Recordó todo. Había vendio a sacar a Augustín de la pesadilla en la que se hallaba atrapado. Y se dio cuenta que presa del terror se había olvidado de traer a Agustín con ella. Todas las teorías que rondaban sobre lo que sucedía cuando te quedabas dentro llegaron de golpe a su mente y Emma sintió que el peso de quinientos camiones la atropellaban en esa milésima de segundo. “Fallaste”. Aún tenía la mano de Augustín en la suya. Estaba fría. Entró en pánico de nuevo y se abalanzó sobre el cuerpo inconsciente, puso  su mano en el pecho de Augustín e intentó sentir el latido de su corazón.

 

Publicado la semana 5. 03/02/2019
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