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Ale Rivadeneira

4h09

Salió del baño y cerró la puerta detrás de él. Revisó sus bolsillos para asegurarse de que no se olvidaba  nada: teléfono, llaves, fosforera, cocaína. Aunque se había visto al espejo antes de salir, se limpió de nuevo el borde de la nariz. Se acomodó la camisa que llevaba puesto, y la única que tenía, la que estaba remendada en algunas partes; se peinó un poco los churos color negro que caían sobre su rostro, no se había cortado el cabello en meses, y se rascó la barba sin rasurar. Volvió a revisar sus bolsillo, en los cuales no había ni un centavo, y luego de ver el reloj de aquel antro de mala muerte en el que se encontraba, decidió volver a casa caminando, a las 4h09 am.

    Pero la noche, o sus terriblemente malas decisiones, no tenían los mismos planes para él. Apenas puso un pie en la calle, mientras escuchaba la lanfor caer detrás de él, sintió dos manos que lo cojieron del cuello de la camisa y le gritaron cosas que él no pudo entender, pero que ya había escuchado antes y ya sabía cómo contestar. 

-Juro que voy a pagarte- murmuró mientras respiraba agitadamente- apenas tenga el dinero. Pero siguió escuchando frases sin sentido mientras intentaba zafarse de aquellos brazos, hasta que de repente sintió un profundo dolor en la boca del estómago, sintió como los brazos lo liberaron y sintió el suelo mojado por la lluvia al caer. Sintió una, dos patadas en la espalda, y sintió la sangre correr por su nariz. No tenía ni las fuerzas, ni el tamaño ni las ganas de defenderse, por lo que  se quedó totalmente inmóvil hasta que escuchó los pasos alejarse por la calle sin postes de luz. 

    Le costó levantarse; se arrastró hasta que pudo sentir la pared y apoyarse contra ella. Recuperó el aliento y, aún con las piernas temblando, se levantó y comenzó a caminar por aquellas calles que se sabía de memoria. Iba tarareando una canción que había escuchado hace algunas horas, pero no podía recordar ni la letra ni el título, hasta que comenzó a pensar si su madre lo estaría esperando despierto, como hacía siempre, si le limpiaría las heridas sin decir palabra hasta el día siguiente, si le gritaría al otro día durante el desayuno sobre aquella mesa de madera tan vieja que parecía que iba a caerse por el sonido tan alto de sus voces. Caminó, deteniéndose después de algunas cuadras, para descansar y para averiguar cómo conseguiría el dinero antes de que lo mataran a golpes en una noche cualquiera como esa. 

    Curvó por la esquina de su casa, y vio aquella puerta de metal antigua, que llevaba aun jardín viejisimo y a aquella vivienda aún más vieja, lo único que él y su madre podían pagar. Se acercó, se sacó las llaves del bolsillo, pero cuando intentó meter la llave en la chapa, esta no entró. No se demoró en darse cuenta que la chapa no era la misma. Su madre ya no estaba para desvelarse, ni para limpiar heridas ni para gritar a las siete de la mañana. Apoyó su frente contra la puerta. Revisó sus bolillos de nuevo: teléfono, llaves, fosforera, cocaína. Se tomó unos segundos para decidir qué haría después. 

 

Publicado la semana 46. 17/11/2019
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