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Ale Rivadeneira

Mascarada

Se había puesto un vestido antiguo de su abuela y una máscara que había encontrado en un cajón; no se había peinado, ni había hecho las uñas ni se había puesto los tacones, todo con la intención de pasar desapercibida. Salió de su escondite solo cuando escuchó  música y gente en la sala, con la intención de que sus abuelos no se dieran cuenta de su presencia. No estaba muy segura cómo reaccionaría al saber que ella había estado escondida en su casa por casi un año, y tampoco tenía ganas de averiguarlo. 

    Solía esconderse en el armario del cuarto de invitados, debajo de la mesa del comedor, o en el espacio que había entre la refrigeradora y la pared. La casa no había cambiado nada en los últimos veinte años; aún estaba pintada de un rosado extraño, la hamaca que se colgaba por la puerta principal no había sido reemplazada por una nueva, nunca, y las lagartijas aún corrían por las paredes cuando se prendían las luces. Lucía se sabía de memoria cada rincón de la casa, y no se permitía, jamás, dejar rastro alguno de su presencia. 

    Le molestaba no poder verlos, en especial a su abuelo; extrañaba verlo manejar su auto por la carretera eterna de Mar Bravo; extrañaba verlo calentar el pan en la sartén por las mañanas; extrañaba verlo concentrarse frente al televisor cuando pasaban las óperas por el cable. Le gustaba su cabello blanco, sus cejas pobladas y la nariz exactamente igual a la de ella. Pero se limitaba a salir del armario del cuarto de invitados por las noches, y veía las fotos que decoraban la sala, se comía los patacones restantes y escuchaba a sus abuelos dormir. 

    Y por supuesto, extrañaba las fiestas que solía organizar su abuela. Se reunía con sus amigas a jugar cuarenta, o hacía cenas bailables, o solo sacaba el parlante al patio, ponía La Gota Fría, y en cuestión de minutos todo Salinas ya se hallaba en aquel estacionamiento de cemento con las palmeras al fono, bailado. 

- Deberíamos hacer una fiesta de disfraces- había mencionado, antes de dedicarse a ir al supermercado obsesivamente, a enviar invitaciones y a hacer llamadas. Buscó un gorro de bruja que guardaba en el armario y se lo puso aquella noche. 

    Cuando Lucía salió del cuarto de invitados se encontró con su abuelo sentado en la sala, sin disfraz, pero con un ron en la mano, riéndose escandalosamente. Merodeó entre la sala, la cocina y el comedor, procurando no ser reconocida por nadie, hasta que un asiento en el sofá se liberó. Se sentó, y se dedicó a observar a sus abuelos toda la noche, como no había podido hacer en mucho tiempo. Su abuelo, por supuesto, no le dirigió un apalabra en toda la noche; la memoria le fallaba, y seguramente no la había reconocido, pero a Lucía no le importaba mucho, con tal de verlo bajo esas luces azules que había mandado a instalar su abuela. 

Lucía no se levantó del sofá durante toda la noche, ni para bailar, ni para comer las tortillas de yuca que había hecho su abuela, ni cuando le pesaron los ojos víctimas del cansancio. Allí, en el sillón, con el vestido elegante, se quedó dormida. No se dio cuenta cuando se fueron los invitados, cuando se barrieron las basuras del piso ni cuando se lavaron los vasos. 

    Se despertó de pronto, cuando su abuelo prendió la luz de la sala, seguramente para asegurarse que toda estaba en orden; Lucía se dio cuenta en un segundo que la máscara que se había puesto se había caído y estaba en el piso, y que su abuelo estaba mirando exactamente en su dirección. No tenía hacia donde escapar. Se preparó para explicar todo lo sucedido, pero antes de que pudiese hacerlo, su abuelo recogió la máscara del piso y  se la probó, sin siquiera darse cuenta que Lucía estaba en el sillón.

-¿Blanca?- gritó hacia el cuarto- alguien se olvidó una máscara. La puso sobre la cómoda de la sala y se fue a dormir. 

 

Publicado la semana 43. 27/10/2019
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