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Ale Rivadeneira

Aroma a gasolina

Luego de ese beso, llegó otro más efímero cuando él la dejó en la puerta del bus. Desde la estación de trenes aún le faltaba tomar un autobús hasta uno de los pueblos a las afueras de Quito, lo que significaba que tenía media hora para derretirse pensando en él. Le temblaba todo y le latía el corazón a mil kilómetros por hora. Se sentó en uno de los puestos del fondo y sacó el teléfono. Sofía le contestó a los pocos segundos.
-Espero que no te hayan secuestrado- dijo riendo.
-Le besé al Fer- soltó Paula de golpe, sin pensarlo mucho. Acto seguido escuchó alrededor de un millón de palabrotas hasta que su mejor amiga logró formar un pensamiento descente.
-¿Y él Roberto?-  le preguntó al fin.
-Tú sabes que eso murió hace meses.
-Para él se terminó anteayer- si Paula era honesta, no había sentido mucho por Roberlo los últimos cinco meses; la distancia no había funcionado para ella. Y si no lo había traicionado había sido gracias a sus principios y no a su falta de necesidad; no solo necesidad de algo físico, pero la necesidad de sentir algo.
- Solo no hagas nada estúpido ¿quieres?
-El Fer no es algo estúpido- colgó el celular y en ese instante llegó un mensaje:

"Avísame cuando llegues sana y salva"

Contempló tanto el mensaje que apenas se dio cuenta que el controlador estaba por pedirle el pasaje. El resto del viaje solo vio por la ventana con una sonrisa idiota. Su cerebro no podía terminar de procesar lo sucedido. Este niño le había gustado desde el inicio del semestre; era como ese alguien inalcanzable. Aparte, ella tenía novio hasta hace tres días, por lo que no podía darse el lujo de fijarse mucho en nadie; o al menos, no podía admitirlo, porque la verdad es que para ella era imposible no admirarlo.

Finalmente llegó a su parada y caminó unas cuadras hasta que halló a su hermana que la esperaba fuera de la farmacia para llevarla hasta la casa en el auto. Se sacó el abrigo al subirse y no pudo evitar notar un peculiar aroma.
-A vos te acaba de pasar algo- dijo su hermana.
-Solo no le digas a la mamá.

Le relató todo en el camino hasta su casa en el rincón más apartado del pueblo; donde la tierra aún olía cuando se mojaba y las estrellas se veían a diario, menos en la época de lluvia, la cual en Quito, escondida entre las montañas, duraba nueve de doce meses. Paula odiaba la lluvia; odiaba tener el cabello mojado y los pies fríos. Odiaba las gorras, las bufandas y sobre todo odiaba su espectacular colección de paraguas. Sin embargo, las capas extra de ropa  al fin se estaban quedando en casa pues la época lluviosa estaba a punto de terminar para dar paso a un brutal verano.

A pesar de todo, el frío no la había molestado ese día, porque por primera vez en meses había pasado una tarde helada en los brazos de alguien. 

La tarde había sido perfecta. Gracias a la lluvia, su profesor no había podido llegar a clase lo que la dejó con dos horas libres en las manos. Sam y Fer, para no arruinar la ocasión, habían faltado a sus respectivas clases y habían terminado en el departamento de Sam, con It reproduciendose en el televisor y canguil en todos los tazones posibles.

Paula no sabía si era la locura que uno siente cuando acaba de terminar una relación o si en serio sentia algo por este niño, pero de repente se vio a si misma abrazándolo en el sillón y apoyando la cabeza en su hombro. Siempre había sido mala en esto de los muchachos, por lo que se sorprendió cuando Fernando comenzó a acariciarle el cabello.

Durante sus míseros 19 años de vida, había visto todas y cada una de las películas de terror alguna vez estrenadas, o al menos las que lucían aterradoras, por lo que se había vuelto inmune a sentir miedo. A las pocas escenas, quedó dormida, despertando solo cuando Fer la apretaba un poco más en sus brazos cada vez que se asustaba. Finalmente, cuando terminó la película y sabía que debía regresar a casa, pues un ensayo la esperaba, pidió:
-¿Me dejas en la estación de tren?
-Podemos ir juntos hasta la estación central.

Se despidieron de Sam, que también estaba medio dormido en el sillón y bajaron en el ascensor; dos metros cuadrados con un espejo en el fondo, con seis pisos que Paula sintió fueron eternos.  Corrieron bajo la leve lluvia hasta la estación que se encontraba a pocas cuadras, no sin antes pasar comprando chocolates, con la excusa de que hacían falta sueltos para el ticket del tren.

Fueron de pie gracias a la hora pico y a la lluvia que ponía a toda la ciudad ansiosa por regresar a sus casas. Aparte de la cercanía que se vieron obligados a mantener por este motivo, Paula no sintió nada fuera de lo común. No esperaba que sucediera lo que sucedió después. Era bastante buena enviando señales, pero era bastante tonta al momento de recibirlas. No fue hasta el último momento, durante el abrazo más obvio de su vida, que se dió cuenta de las intenciones de su platónico.

Apenas llegó a casa, mientras se preparaba para escribir un ensayo de algún tema aburrido, sacó el celular y envió un mensaje.

"Llegué a casa sana y salva, claro, si no cuentas el aroma a gasolina que te deja el bus".

 

Publicado la semana 41. 13/10/2019
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