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Ale Rivadeneira

Alma

Su hermana mayor había tenido que explicárselo cuando Alma apenas tenía cuatro años; ahora que lo piensa, la situación había sido absurda. Su hermana se lo había contado en aquel cuarto improvisado que sus padres habían construido en una esquina de la sala para ella. Las paredes, de un plástico morado tornasol, no llegaban hasta el techo; lo que sucedía allá adentro se escuchaba en toda la casa, y si te fijabas con suficiente atención, se podía ver las sobras a través del plástico. La había sentado en la cama, le había limpiado las lágrimas con aquellas manos de uñas perfectas, y con una voz que Alma no volvería a escuchar en muchos años, le explicó por qué es que su madre lloraba de aquella forma. 

    No se habló del tema por mucho tiempo en su casa, y Alma tuvo que armarse la historia completa uniendo pedazos sueltos; fotos, entradas en los diarios, fijándose en las fechas en que sus padres visitaban el cementerio en secreto. Era como un secreto a voces entre ella y sus otros hermanos; aunque ellos ya tenían la edad suficiente para comprender lo que había sucedido, tampoco tenían muy claros los hechos. 

    Y mientras lo años pasaban con aquel secreto entre ellos, Alma se dedicó a imaginar cómo hubiese sido su vida con ella; la imaginó sentada a su lado en el auto; con su mismo cabello negro y sus mismos ojos achinados; la nariz la tenía distinta, pues aquella nariz le pertenecían a Alma y su abuelo solamente. Al recordar todas las casas en las que había vivido, se dio cuenta de todos los cuartos que hubiesen tenido que compartir, de toda la ropa heredada de su hermana mayor por la que hubiesen discutido y todas la veces que alguien la hubiese delatado por sus escapadas nocturnas. Pero también se imaginaba en todas las veces que ella le hubiese abierto la ventana para que entrase a las tres de la mañana. Y a veces, solo a veces, no podía diferenciar su imaginación de la realidad; si los pasos que escuchaban por las noches eran en realidad producidos por sus pies o si la ropa que encontraba regada por su cuarto en las mañanas la había dejado allí ella. Se preguntaba constantemente cómo es que había vivido en tantas casas con tantos fantasmas diferentes, pero como es que ella no había aparecido nunca. 

    Entonces sucedió. Se encontraba en el sillón con el perro a sus pies, aún no sabía que le gustaban los gatos, viendo una película cualquiera, cuando su padre se sentó a su lado, pausó la televisión y le soltó de golpe todo esto que Alma sabía desde hace años. Sintió como su cara se sonrojaba, y sin darse cuenta ya había abandonado la habitación mientras lloraba del enojo. No estaba segura de que la enojaba, pero sabía que la invitación de su padre se ir al cementerio con ellos no le hacía gracia alguna. Y solo en aquel instante, recordó esto que su memoria había tenido como guardada en algún cajón. Era de ese tiempo en que sus padres peleaban casi a diario; su madre había dado un portazo detrás de ellas y la había subido al carro. Alma no recuerda el camino hasta allí, ni donde habían aparcado, ni la entrada al cementerio. Solo se acuerda estar frente a aquella tumba, por primera vez en la vida, mientras su madre le decía que el camino hasta allí no debía olvidarlo nunca. Alma, en ese entonces ya lo ha olvidado, y se preguntaba por qué su madre la ha llevado hasta ahí, hasta el secreto mejor guardado. 

    Después de aquel incidente, Alma ya casi no la extrañaba, ya no se la imaginaba contándole todo lo que no podía contarle a su hermana mayor, ya no se la imaginaba con ella cantando en el carro ni se la imaginaba durmiendo abrazadas frente al televisor. Casi, es más, se olvidó de ella. Ciertas fechas dejaron de tener relevancia y sentía que su hermana mayor es la única hermana que había  tenido en la vida. 

    Hasta años después, que tuvo uno de esos días de mierda. Salió de la oficina de un médico por razones que ni la misma comprende; tuvo que lidiar con el idiota al que se le había ocurrido silbarle en plena calle; se subió en el mismo bus dos veces, y esto por alguna extraña razón le pareció extraño y deprimente a la vez. Y se acuerdó de ella; sintió que se reiria de su miseria, y ella tambien lo hizo. Casi se olvidó de este incidente hasta que, un sábado, despertó y no había nadie en casa; todo se sintió incorrecto. Cuando llegaron sus padres, aunque Alma en el fondo ya lo sabía, preguntó: 

-¿A dónde se fueron?

-Al cementerio- murmura su madre.

-Y a la peluquería- su padre intenta desesperadamente cambiar el tema de conversación.

     Alma no pudo dejar de pensar en ir ella también, Lo había imaginado muchas veces, pero aquella mañana se subió en un bus, hizo el ridículo buscando la entrada he intentó recordar el camino que su madre le había enseñado años atrás. Se demoró más de lo esperado, pero de pronto se encuentró allí, con una tumba que tiene tallado su apellido y un nombre que se sabe de memoria. Maria Gracia. Le dió miedo tocar la lápida, y se da cuenta que las flores que sus padre le habían dejado días atrás están muertas Y no supo  qué rayos es lo que se hace en un cementerio. Supuso que debía llorar, pero las lágrimas no le salieron hasta momentos después. Y es que seguía esperando al fantasma de su hermana; aquel cabello, aquellos ojos y aquella nariz diferente; aquella ropa heredada y aquellos gestos que deberían ser tan similares a los de ella. Quería que la estuviese acechando entre aquellos pasillos o que la estuviese esperando en algún rincón. Pero no la encontró. Cambió las flores marchitas por unas que compró en la entrada, y decidió irse sin saber si debería despedirse o no.    

    Camina rápidamente, sin darse cuenta de que ella la ve, desde una distancia prudente, alejarse.

 

Publicado la semana 40. 06/10/2019
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