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Ale Rivadeneira

17 minutos

La avenida 10 de Agosto se junta con la 6 de diciembre mediante un paso a desnivel en dirección sur-norte, y en un puente en dirección norte-sur; en aquel instante, se da cuenta que ambas calles eran fechas patrias y que le da miedo, cuando maneja, chocar el carro en la curva del paso a desnivel. Sus pensamientos hubiesen sido normales en cualquier contexto, menos en el que se encuentra en aquel instante. Son casi las 2 de la mañana, es el cumpleaños de su hermana, quien está sentada a su lado en el asiento trasero del auto, y su padre acaba de mencionar que hay un accidente en la vía. Ella, que va en el asiento del medio, intenta ver hacia adelante, en busca de un choque, de un atropellamiento, algo; no ve nada. Es ahí cuando se da cuenta, al igual que su hermana, que están buscando en la dirección incorrecta; a su lado izquierdo, en el carril norte-sur, bajo aquel puente, hay un hombre en la vía. Su padre lo menciona, y mientras lo hace, los cuatro ven por el parabrisas como un carro se acerca a toda velocidad hacia él; por supuesto que va a toda velocidad, es una vía de ocho carriles, con un límite de velocidad que nadie respeta y que deja de ser obligatorio, al menos en la práctica, a las dos de la mañana. Ella piensa, en aquel instante, que es la primera vez que ve un cadáver.

    Sus abuelos habían muerto incluso antes de que ella naciera; había asistido a contados funerales y nunca se había atrevido a acercarse al ataúd; cuando su perro había muerto apenas había podido ver las cenizas guardadas en aquella caja de madera, que su madre conservaría en el fondo del armario por muchos años, a falta de un lugar mejor. Y no, no ha visto a alguien muerto nunca; y en aquel instante tiene miedo de que aquella persona botada en la vía sea el primero; que muera atropellado por aquel carro que va por sobre el límite de velocidad, antes de que nadie se de cuenta.

-Gira en u- dice su madre, cosa que su padre, quien va al volante, seguramente también por sobre el límite de velocidad, hace de forma inmediata. Solo en aquel momento pueden ver, de hecho, al hombre al costado de la vía, con algunos carros estacionados alrededor, con gente que se ha encargado de que nadie pase por sobre el cuerpo.

-¿Llamo al 911?- pregunta ella; aunque ya sabe la respuesta, necesita preguntar. Aun así, lo hace antes de tener una réplica afirmativa. Puede notar como las manos le tiemblan y no puede marcar con facilidad el numero; siente también el contacto de su hermana contra su brazo derecho. Piensa que se van a demorar más en contestarle, pero de pronto alguien le está preguntando cuál es su emergencia, que donde esta y que cómo se llama. Le piden que no cuelgue. Su padre comienza a bajarse del carro y ella lo sigue, sin estar muy segura del por que; aunque su madre le pide que se quede en el carro, ella decide no escucharla. Lleva una blusa más abierta de lo normal y apenas un saco encima, pero no siente frío. Casi de inmediato, mientras camina, alguien nuevo en la línea le comienza a hacer preguntas, y de pronto, le pide que se acerque al accidentado. Y ella no quiere hacerlo. Mientras camina hacia él mira al suelo, y mira al cielo, y mira al puente. Podría pedirle a su padre que hablase al teléfono por ella, que se acercarse al hombre por ella y que supiera que hacer más que ella, pero ninguna de las tres opciones sucede. Y de pronto está más cerca de lo que le gustaría estar, y esta balbuceando que respira, que se mueve y que le sangra la cabeza, o al menos eso cree ella; mira, alrededor de sus pies, minúsculas gotas de sangre y siente que se ha acercado más de la cuenta, aunque no llega a tocar el charco con olor a metal que se sigue haciendo más grande. Que van a mandar una patrulla y una ambulancia, que no cuelgue, le dicen de nuevo por el teléfono. Intenta entender qué esta sucediendo, juntando los relatos de las personas que se encuentran en el accidente, como si fueran piezas de un rompecabezas; sólo entonces se da cuenta que hay gente sobre el puente, que hay una moto ahí arriba, que hay un casco roto cerca de sus pies y que el hombre esta consciente. Su hermana, que se ha bajado del auto con su madre, la abraza y guarda sus brazos bajo su saco.

-Hace frío- murmuró ella.

-¿Que? Preguntan por el telefono quien la esta atendiendo.

-No es con usted- solo después de que lo ha dicho logra darse cuenta de lo grosera que acaba de sonar en ese momento; sus padres le habían taladrado en la cabeza que tenía que ser amable con todo el mundo, absolutamente todo el tiempo, aunque los últimos meses no lo ha logrado, o no ha querido ser amable con todo el mundo. Esta intentando sacar aquellas ideas de su cabeza mientras la voz del teléfono le pide que por favor le expliquen al hombre que la ambulancia ya llega, cosa que su padre lleva haciendo los últimos minutos; el hombre, en su semi conciencia, intenta responder, pero entre el dolor, las drogas que ella supone están en su cuerpo y la sangre que le llena la boca, solo puede hacer sonidos ininteligibles. 

    Decide alejarse, apoya la mano sobre su carro y quiere llorar; quiere gritarle a la voz del teléfono por que la ambulancia aún no ha llegado, quiere gritarle a su madre que no se va a subir al carro, por más que se lo pida, y quiere pedirle perdón a su hermana por haber arruinado su cumpleaños, aunque no comprende bien por que es su culpa. Y quiere llorar con el teléfono en la oreja; pero decide que al señor que la atiende no le sirve de nada tener a alguien llorando en la línea mientras alguien se desangra en plena avenida. Se da cuenta de que se hermana está abrazándola de nuevo, y que ella seguramente siente su respiración irregular, fruto de aguantarse el llanto; ella casi puede leer su mente. Recupera entonces la compostura, solo cuando escucha la sirena de la ambulancia al llegar; viene por el camino incorrecto, y en ese entonces no puede evitar gritarle a la voz del teléfono; y los 25 segundos que se demora en dar la vuelta en u, se le hacen eternos. La ambulancia se estaciona en la mitad de la vía, y del carro bajan dos personas para atender al hombre, con guantes azules en las manos, cosa que por alguna razón le parece extraña.

-Ya lo están atendiendo- le murmura al teléfono.

-Por favor no cortemos la comunicación hasta que llegue la policía.

    Ella espera que llegue una patrulla con la alarma encendida, que llegue  todo un equipo de periodistas y que la policía mencione que darían explicaciones cuando supieran los detalles de caso. No sucede; ni siquiera se da cuenta que un policía ha llegado hasta que su hermana se lo menciona; este toma fotos del cuerpo siendo atendido, recoge las cosas del accidentado, las cuales pone en una gran funda plástica, y se queda presenciando la escena. Ella le menciona a la voz del teléfono que la policía esta allí. 

-Podemos cortar la comunicación ahora y pueden irse del lugar. Gracias por la información, señora- le dijo la voz. Y de todo lo que se le quedó de la frase fue la palabra señora. Por supuesto que no es una señora. Moriría por se una señora y tener la vida resuelta, pero a sus 21 miseros años no tiene ni una carrera, ni una casa ni sabe cómo va a alimentar al gato después de graduarse e irse a vivir a un cuarto, sola. 

-Gracias a usted- le contesta-  hasta luego- dice antes de colgar el teléfono. Pero es un “hasta luego” falso; ojalá nunca tuviera que llamar al 911 de nuevo. Es la tercera vez en la vida que lo hace, y espera que nunca llegase la cuarta. 

    Revisa su teléfono; la llamada ha durado 17 minutos, pero siente que ha sido una eternidad. Todos se suben a sus respectivos carros, la ambulancia se va con el hombre dentro y la calle queda vacía, excepto por el gran charco de sangre que queda en plena avenida. ¿Quien se supone que debe limpiar aquellas cosas? Sus padres y su hermana van conversando sobre el casco, la caída y la motocicleta que sigue sobre el puente, pero ella no puede dejar de pensar como rayos haría para enterarse la madre del accidentado sobre lo que ha sucedido. O qué pasaría con su hipotética hermana, su hipotética novia y su hipotético gato. Pensó en que hubiese sucedido si ella no hubiese llamado al 911, si el carro que pasó cuando ellos estaban llegando a la escena no hubiese frenado, y en todo lo que pudo haber salido mal. Se siente culpable; por que le gusten los puentes, por haberle hablado cuando la voz del teléfono se lo pidió y por que nunca, en realidad, sabría con certeza si aquel cuerpo sería el primero que vería morir.  

    Llegan a su casa, y todos apenas se despiden . Se encierra en su cuarto y marca aquel número que se sabe de memoria. Piensa en él mientras suena el timbre, y de cómo de repente tiene ganas de decirle que lo quiere; que ojalá alguien en el planeta, detuviera su carro y llamase al 911 por él en caso de ser necesario. Pero nadie contesta. Que todo pasa por algo, piensa entre lágrimas, y con aquella incertidumbre en el pecho, se va a dormir. 

Publicado la semana 38. 22/09/2019
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