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Ale Rivadeneira

Mar Bravo

Usaba una camiseta sobre su traje de baño; aunque a ella le gustaba broncearse, su madre intentaba que ella volviese a Quito del mismo color del que se había ido. Nunca funcionaba. El mar le llegaba hasta las rodillas, y podía ver a sus primos y a su hermano a la distancia; solo sus cabezas se asomaban. Por supuesto, ellos tenían permiso para nadar en lo profundo, para subirse a la banana, para broncearse. Escuchó el llamado de su madre cuando, sin darse cuenta, el agua le llegaba a la cintura, el cual decidió ignorar, y de repente el agua ya le llegaba al cuello y solo las puntas de los pies tocaban la arena. 

     Pero aún no era momento de asustarse; su hermano estaba a unos cuantos metros, aún oía la música que sonaba en la orilla y era divertido flotar en un mar con olas, no como al que solían ir siempre, que estaba inmóvil todo el tiempo. Hasta que ya no escuchaba la música ni veía a su hermano. La playa se veía a la distancia, los edificios eran minúsculos, y aunque el sol quemaba, ella sintió frío.

     Siempre había visto, en las películas, como las personas se ahogaban, tragaban agua y lloraban cuando se las llevaba el mar. Pero ahí estaba ella, flotando de espaldas, sintiendo que podría dormirse en cualquier segundo. Había leído sobre poetisas que se iban en el mar, sobre personas que se despedía y uno de ellos se iba nadando, sobre el querer volver siempre al mar. Se preguntó si alguien escribiría un relato sobre ella, y mientras cerraba los ojos se preguntó cuánto demoraría su madre en darse cuenta que el agua le llegaba por sobre la cintura. 





 

Publicado la semana 37. 15/09/2019
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Relato
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