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Ale Rivadeneira

No me he ido aún

Aunque habían pasado más de 24 horas, aún podía sentir el ron con cola barata correr por sus venas. La cabeza le palpitaba, le dolía el cuerpo por haber dormido tanto y de rato en rato le temblaban las manos. Su pijama, que consistía en un camisón que alguna vez le había pertenecido a su abuela y un saco de lana enorme, apestaban a cigarrillo. Hace poco que acostumbraba a fumar en su balcón. Aunque luego se perfumaba, pues odiaba el aroma, este se quedaba impregnado en su ropa, en su cabello y en su piel misma. Aquella noche le dolían los pies del frío y desde hace días que tenía ganas de llorar constantemente. Fue entonces que, a las 2 am, comenzó a bajar las gradas, que se le hicieron eternas, hasta la cocina, en busca de algo que pudiera masticar para entretenerse . Allí, sentado en esa minúscula mesa, lo encontró.

     Solía verlo en los gatos rubios que acariciaba en la calle. A veces, cuando hacía algo estúpido, lo veía en su reflejo del espejo. Casi podía ver su sombra en la banca de la facultad donde solía sentarse a fumar y lo escuchaba cuando sonaba su canción en algún bar de mala muerte de esos que él solía frecuentar. Pero esa noche estaba allí, usando la misma camiseta que se ponía pasando un día para ir a la universidad. La misma camiseta de la última vez que se habían visto, cuando ella le había llorado por algo que ya no podía recordar. Que no se podía ir antes de que ella arreglara su vida, le había dicho entonces.

-No me he ido aún- murmuró él, casi leyendo su mente.

     Entonces ella procedió a contarle sus penas, que eran las mismas desde hace meses; que su deuda, que sus dos trabajos, que había chocado el carro. Le contó sobre el gato, sobre la pulsera que había perdido ebria la noche anterior, de cómo le había dolido bajar las gradas. Y por supuesto que él había tenido peores problemas, pero ya no importaba, y ella siempre había tenido la costumbre de acudir a él cuando las cosas salían mal. Él la escuchaba pues había estado enamorado de ella desde siempre, y le había perdonado que ella no se sintiera igual

    Siguió visitándola en aquellas noches en las que ella trabajaba hasta tarde. Hasta que ya no tenía deuda, ya no le molestaba tener dos trabajos ni manejar su carro sin un espejo retrovisor. Y luego dejó de visitarla; ella arregló sus ciclos de sueño y dejó de trabajar hasta las 3 am. Cuando se dio cuenta la cajetilla de Lark ya no aparecía en el balcón por las noches. Pero aún lo veía en los gatos y lo escuchaba en la radio. Es que ella nunca solucionaría su vida. Y él seguiría regresando a la cocina las veces que hiciera falta. 

Publicado la semana 32. 11/08/2019
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