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Ale Rivadeneira

La Cosa

El minúsculo departamento era antiguo, olía a humedad, y tenía una sola habitación que funcionaba como dormitorio, sala de estar, comedor y cocina al mismo tiempo. El baño tenía el inodoro y el lavabo de un color rojo oscuro, igual que en la casa de su abuela, y las ventanas con marcos de madera sonaban por las noches. Aunque ella se había jurado que no volvería a vivir en una casa vieja, como todas las que sus padres habían arrendado a lo largo de los años, era lo único que su presupuesto podía pagar. 

    Ella y su gato se había mudado allí hace algunas semanas, y desde el primer día había sentido la presencia de lo que ella  llamaría La Cosa; nunca había descifrado realmente que era, por lo que no habían dado con un nombre mejor. De lo que estaba segura es que su gato sí que sabía lo que era. A veces se sentaba con él y veían juntos la pared vacía, pero ella nunca encontraba lo que su gato cazaba por las noches en el departamento. De todas formas, sabía que estaba allí; algo la despertaba en las noches con una sensación extraña en el pecho; sentía como alguien la espiaba desde los espejos y a veces parecía que alguien estaba esperando a que las puertas del armario se abrieran para poder salir. 

    Y podía vivir con ello; con los sonidos extraños en las noches y con su gato vigilando el armario para que La Cosa no lograra escapar. Hasta que un día sucedió; al llegar encontró la puerta del armario abierta y los espejos llenos de polvo y mugre; hacía más frío del común y un aroma extraño inundaba todo el lugar. Y su gato estaba allí, viendo al punto fijo en la pared. Pero solo pudo comprenderlo todo cuando a medianoche se despertó con dolor en el pecho y sudando frío; recordaba haber soñado que los ojos verdes de su gato se habían vuelto negros, que este se encontraba en el departamento en llamas y que se dejaba consumir por ellas. Entendió que la presa no era ella; era su gato; después de todo, él era quien la cazaba por las noches y la atrapaba en el armario. 

    Había pensado que La Cosa no la seguiría hasta aquella casa antigua a la orilla del mar, llena de arena y de lagartijas que sus abuelos habían dejado vacía hace años, donde habitaban ahora ella  y su gato. La tarde que llegó y encontró a su gato mirando un punto fijo en la pared, recordó el sueño y volvió a sudar frío. Aterrada, solo pensó en escapar de nuevo, intentando descubrir como hacer para que La Cosa no los encontrara de nuevo. Tomó a su gato en brazos, y en ese instante recordó el fuego del sueño anterior; antes de salir, ella misma encendió la cortina de la cocina en llamas.

 

Publicado la semana 30. 28/07/2019
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