03
Ale Rivadeneira

Café amargo

Recordaba, cada mañana, lo necesario para vivir cómodamente; sabía que le gustaba desayunar tostadas, que el tren de las 8:15 la llevaba al trabajo y que seguramente el hombre que despertaba a su lado era su esposo. Luego, durante su rutina de la mañana, se daba cuenta  que se hallaba en uno de esos matrimonios fallidos. No importaba realmente, pues al día siguiente ya no lo recordaría, igual que no recordaría nada del día anterior, o de los anteriores; ni ella ni nadie. Sus memorias se borrarían al dormir durante la noche. La verdad es que nadie sabía el porqué, el cómo de esto, peor aún como resolverlo; con el tiempo se habían acostumbrado a asumir que las personas que vivían en las casas en las que despertaban eran sus familias, que lo que estaba en el refrigerador era su almuerzo favorito y habían decidido que el estado de incertidumbre con el que despertaban cada mañana no era tan malo. Lo único que recordaban con seguridad era su nombre.

 

Con ese recuerdo se despertó Olivia esa mañana, para continuar con la rutina ya mencionada; todo iba con el orden de todos los días, el orden en que las cosas sucedían para que nada cambiase con respecto al día anterior. Hasta que, por milagro, o por desgracia,  las cosas sucedieron de diferente manera. Luego de las tostadas, de descubrir que en efecto estaba casada con ese sujeto y de pelearse con el mismo por las razones usuales, sucedió algo diferente. Sus zapatos, que cada mañana se hallaban cerca de la puerta, no estaban. Deseó poder recordar dónde los había puesto la noche anterior mientras los buscaba, hasta que los halló cerca de un sofá. Entonces se dio cuenta que estaba tarde; muy tarde. Lo suficientemente tarde como haber perdido el tren.

 

-Toma el de las 8:30- le había comentado su marido, el cual Olivia ya había decidido que era un tarado. Salió de la casa y caminó, básicamente siguiendo su instinto, hasta la estación.  Fue entonces cuando se dio cuenta de lo diferente que estaba siendo su día en comparación al anterior; que no iría en el tren con las personas de todos los días, que no se sentaría en el mismo asiento ni que llegaría a tiempo al trabajo.

 

Fue entonces cuando sucedió; vio como se acercaba a ella, y es que hubiese sido imposible no haberlo notado. Sus churos negros, su barba, el terno con tirantes que usaba ni esa sonrisa pasaban desapercibidos.

 

-Soy Felipe, pero supongo que me presento contigo a diario.

-De hecho, no- respondió Olivia, para luego proceder  a explicarle que había roto su rutina. Entonces la siguió rompiendo de múltiples formas, o al menos eso suponía ella; se sentó a su lado en el tren y por 40 minutos pensó que nunca se había reído tanto en el camino al trabajo. Y cuando estaba a punto de tener que bajarse, Felipe puso su mano sobre la suya.

-Podemos faltar al trabajo- mencionó.

-No deberíamos.

-Nadie va a recordarlo mañana, ni siquiera nosotros, lo que nos ahorra el cargo de conciencia- Olivia supuso que seguramente esto no lo hacía a diario, y por primera vez en años dejó de guiarse por el instinto para empezar a dejarse llevar por lo que quería hacer.

 

Entonces se quedaron sentados, en el tren, esperando un lugar oportuno para bajarse, mientras intentaban compartir lo poco que sabían sobre sus vidas, que se resumía en sus desayunos favoritos y las horas de sus trenes.  Se bajaron del tren, tomaron un helado, fueron al museo y compartieron un café.

 

-Esto sabe horrible- dijo ella.

-Lo habrás olvidado para mañana.

-No quiero olvidarlo- por primera vez en años, Olivia ya no estaba cómoda con el hecho de que su memoria se reiniciara cada mañana- quiero acordarme que el café sin leche me sabe asqueroso, que la tienda del museo tiene  libros, que al parecer me gustan, que el helado de fresa sabe a gloria y que te subes al tren de las 8:30- no estaba segura por que había dicho esa última parte. En ese instante se preguntó por qué hasta ahora no había dejado a su idiota esposo. “Porque no logras recordar ese último detalle” se respondió mentalmente.

 

Felipe, por otro lado, tampoco sabía que pensar; lo único que sabía era que las palabras de Olivia le habían hecho sentir algo que, estaba seguro, no le sucedía a diario. Que Olivia le había hecho huir de sus costumbres y que quería recordar por siempre su tacto. Ni siquiera pensó lo que hizo después; se inclinó sobre la minúscula mesa que los separaba y la besó. Su boca sabía a café amargo (¿cómo iban a saber ellos que se le debía poner azúcar?) y su cabello olía a pan tostado. Se detuvo al darse cuenta de que no tenía idea de lo que estaba haciendo ni cómo su cuerpo parecía recordar o saber lo que un beso significaba. Vio la piel morena y los ojos negros de Olivia que lo miraban con desconcierto; tenía una gran cantidad de sentimientos encontrados, pero el más fuerte era la necesidad de escapar.

 

-Vamos a olvidarnos que esto sucedió- murmuró antes de salir corriendo. Y mientras escapaba decidió que quería olvidar; olvidar que había algo más fuera de su monótona vida, porque le era imposible tenerlo.

 

Vagó por la ciudad hasta que fue la hora de regresar a casa. Vio a su esposo, con quien ese día ni siquiera habían intercambiado nombres,y decidió ignorarlo. Se aseguró de que, al sacarse los zapatos, los pondría en el lugar usual para que lo que había sucedido ese día no se repitiese. Se permitió llorar un poco en la ducha y se fue a dormir, con las ganas de olvidar todo lo sucedido, y todos los sentimientos que había descubierto.

 

Y aquí fue cuando volvió a suceder algo que no era ni un milagro ni una desgracia; Olivia recordaba. Recordaba el incidente de los zapatos, a Felipe, al café amargo y casi que se sabía de memoria el orden de los cuadros del museo; sabía que su esposo era un idiota y que Felipe tomaba el tren de las 8:30. Y se le ocurrió pensar que, si ella recordaba, Felipe también debería hacerlo. Halló cualquier excusa para salir tarde de casa y casi que corrió a la estación.

 

Esperó hasta las 8:30, y vio como Felipe llegaba de forma extremadamente puntual. Lo vio acercarse, con los churos, la barba y el traje. Esperó a que el estuviera lo suficientemente cerca para decirle que lo recordaba, pero antes de que ella encontrara las palabras, él habló primero.

 

-Soy Felipe, pero supongo que me presento contigo a diario.

 

Publicado la semana 3. 17/01/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
03
Ranking
0 352 2