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Ale Rivadeneira

Al final de la calle vacía

Aún podía sentir su mirada en su espalda, su tacto en su piel, su voz en su cabeza. Había oído murmurar a su madre con sus amigas sobre esas cosas, pero a su corta edad no las lograba comprender. Por eso, cuando la arrinconó en el cambiador de ese antiguo edificio, no llegó a sospechar siquiera lo que estaba a punto de suceder.

     Era un edificio enorme, con ventanas amarillas cubiertas de polvo, con vigas metálicas oxidadas, con pasto viejo a su alrededor, pues nadie lo había regado en años. Era un monstruo de metal enorme que habitaba al final de una calle sin iluminación en las noches, con terrenos baldíos adyacentes, sin nadie que vigilara el lugar. Y algo, o alguien, vivía dentro, acechando los cambiadores, los baños, los rincones donde usualmente se esconde la privacidad. 

     Su madre, con el teléfono en la mano y la prisa por llegar al trabajo en la cabeza, no había reparado del terrorífico lugar donde casi había abandonado a su hija. Apenas había revisado que entrara al edificio, lugar en el cual estaría atrapada por dos largos meses. 

     Habían pasado algunas semanas cuando el monstruo irrumpió en su vida; se encontraban en los pasillos, en los cambiadores, a la hora del almuerzo, al salir del baño. Se acercó lentamente, como quien acecha a su presa, para luego atraparla  por sorpresa cuando nadie se está fijando. Ella quisiera poder contar que escapó del edificio antiguo, de la bestia, de lo sucedido allí dentro, y que corrió por esas calles oscuras. No fue así. Esperó a que su madre llegara a recogerla en el auto, con lágrimas en los ojos, intentando descifrar por qué aquel tacto se sentía extraño en su piel, por qué sentía que debía mantenerlo en secreto, por qué sus ojos no dejaban de llorar y su corazón palpitaba a tal velocidad. De cualquier forma se lo mencionó a su madre de camino a casa. “Yo tengo que trabajar y vos tienes que venir”, había sido su respuesta. Y no es que no quisiera creerle, pero tenía otras cosas en que pensar.

     Pasarían años para que alguien le creyera el relato del edificio con las ventanas amarillentas y del monstruo que habitaba dentro; pasarían años para que ella entendiese lo sucedido. Pero la calle seguía a oscuras, los terrenos adyacentes aún estaban vacíos, y nadie sabía cómo matar al monstruo del gimnasio.

Publicado la semana 29. 21/07/2019
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