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Ale Rivadeneira

Un último momento

Lo había visto en casa al llegar del colegio; no le pareció extraño. Le saludo, le preguntó cuál era la película de detectives que estaban pasando en la tele de la sala, y procuró no mencionar nada sobre el hospital. Supuso que finalmente le habían dado de alta y que al accidente de carro quedaría en el pasado y en las cicatrices de su cuerpo; en nada más. Su madre salió de la cocina y se sentó a lado de Víctor sin decir palabra; era algo que hacían desde siempre. Veían películas en completo silencio, para luego criticar al productor, al directo, hasta al maquillista. Ninguna película era lo suficientemente buena, nunca. Su padre a veces se unía, pero prefería dejar las sesiones de crítica para Victor. Se conocían de la universidad, Víctor dormía en el sillón de su casa cuando peleaba con su esposa y también estaba allí en cada Navidad y Año Nuevo. Y claro, pasaba sentado en su sala por horas cada vez que su madre conseguía las películas de estreno en DVD pirata.

     Aquella tarde, Paula los dejó con su película policial, almorzó de pie en la cocina, y se sentó en el comedor, mesa que usualmente hacía de estudio para ella y de oficina para su padre; no habían comido allí en años. Podía observar la sala desde allí. Su madre, por alguna razón, aún tenía la cara de preocupación de cuando Víctor se hallaba en la clínica. Al menos ahora ya no veía las películas sola, como lo había estado haciendo por el último mes y medio, en los ratos libres entre el trabajo y las visitas al hospital.

    Cuando la película estaba a punto de terminarse, sonó el teléfono de la cocina; su madre se levantó, alzó el auricular, y segundos después rompió en llanto. De esos llantos que te hacen temblar, que te ahogan; de esos en las que no puedes controlar la respiración ni el cauce de las lágrimas. Colgó el teléfono con fuerza, gritó que bajaría a la casa de sus abuelos, 5 pisos por debajo de su apartamento y salió corriendo. Paula podía escuchar la desesperación con la que su madre aplastaba el botón para llamar al ascensor. Se preguntó qué le pasaba, y en ese instante vio en el rostro de Víctor el gesto que su madre había tenido la tarde entera.  

     Paula decidió no preguntar nada, hasta que volvió su madre con su abuela. Ella la sentó en el sillón, le acarició la cara, e intentó explicarle cosas de Víctor, ignorando por completo su presencia. Habló del hospital, de términos médicos que Paula no lograba entender, de funerales y entierros. Que "esas cosas pasan", le había murmurado entre lágrimas. Pero lo que estaba sucediendo en ese preciso momento, no entraba en la categoría de “cosas que pasan”; por sobre el hombro de su abuela, Paula podía ver a Víctor, aún sentado en su sala, al contrario de lo que decía su abuela.

     Fue entonces que Víctor se llevó el índice a la boca, casi rogándole que no delatara su presencia; pidiendo un último minuto para pretender que nada había sucedido. Cuando se dió cuenta que Paula no diría nada, por falta de valor o de certeza, Víctor volvió a concentrarse en la película, indagando en cada detalle para poder criticarlo después. Seguramente, sería la última vez que podría hacerlo. 

Publicado la semana 28. 14/07/2019
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