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Ale Rivadeneira

Olor a hoguera

La maleta le pesaba, le dolían los pies y podía sentir el sudor empapándole la espalda, haciendo que se le pegara la camiseta a la piel. La verdad es que detestaba ir a acampar. La naturaleza le daba alergia y dormir en el piso hacía que le doliera la espalda. Pero todo era mejor a quedarse en la ciudad, asistiendo a aquel funeral en el que su madre lloraría desconsoladamente para olvidarlo todo tres miseros días después. Su hermano había pedido explícitamente que se fueran a acampar, en lugar de ofrecerle un servicio aburrido, y eso es lo que ella estaba haciendo.

    Llegó a ese rincón de la montaña donde su hermano solía armar su tienda, y se sentó en el césped; las manos y la nariz le picaba, pero casi podía escuchar a su hermano sacando la carpa del estuche y armándola como todo un profesional. Sabía que eso no sucedería, por lo que se dispuso a armarla ella misma. Y se demoró tanto tiempo que se sintieron como días, como meses, como años. Sentía que había dejado el hospital hace semanas, y que ya no recordaba a nadie más en el planeta que no fuese su hermano.

    Siguió la rutina de acampar de su hermano al pie de la letra; prender la fogata, cocinar los choclos, comer con las manos por que había dejado los cubiertos sobre el comedor de la cocina. Y cuando llegó el momento de tocar la guitarra y contar historias de miedo, ella se limitó a sacar la guitarra del estuche, no se sabía más que dos acordes, e intentó acordarse cada historia que su hermano había relatado cerca de aquella misma hoguera.

    Se fue a dormir con unas cuantas lágrimas en los ojos, esperando que, para el amanecer, el fuego estuviera apagado, y las estrellas, que ahora no podía ver sin doler y sin poder descifrarlas, se hubiesen ido. Y sintió a su hermano, allí, casi atrapado en esa carpa, como lo había estado en vida. Al despertar, el fuego seguía encendido, a pesar de que era temprano en la mañana las estrellas seguían ahí, las marcas de las botas de acampar de su hermano marcaban la tierra, y su aroma, olor a fogata y a colonia, estaba impregnado en la carpa, en su ropa y en su piel.  

 

Publicado la semana 26. 30/06/2019
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