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Ale Rivadeneira

Carta literaria abierta para un ex

 

La primera vez que leí Pequeños Palacios en el Pecho, vos y yo recién habíamos terminado, y el libro llegó a mi vida como regalo divino. Estaba ahí, y  mientras me sentaba sola en el puesto de venta de libros, intentando aguantarme las lágrimas, lo vi. Por tres días me dediqué a leerlo mientras atendía a todas aquellas personas elegantes que compraban libros caros. El libro quedó tan desgastado que tuve que comprarlo al terminar la feria; en el momento, fueron los mejores ocho dólares de mi vida. Recuerdo que en esos días pensaba que la trama del libro, aunque de forma muy lejana, se parecía a nuestra historia; ahora que lo pienso todo con cabeza fría me doy cuenta que no podía estar más equivocada.

    Para ilustrar esto último, necesito que entiendas esto de los polisistemas. En resumen, esta teoría  sostiene que algo que es canónico dentro de un sistema, puede estar en la periferia dentro de otro, y que hay aproximadamente un millón de factores que influyen en esto. Sistemas que cambian, que crecen, que se vuelven relevantes o que de pronto casi son olvidados por completo. Y si nos fijamos en el canon de la literatura nacional, lo que pasó entre nosotros cabe perfectamente. Éramos un poema de Dolores Ventimilla, que se terminó rompiendo por una situación que hubiese formado parte de un relato en la generación del 30. Pero Pequeños Palacios en el Pecho es todo lo contrario.

    Comienza de forma repentina, abrupta, intensa. Con un beso robado en una discoteca, en un miércoles, con un “te amo” dicho bajo los efectos del ron. Creo que no es necesario aclarar por qué esto se sale del canon; vos y yo, casi todo de resto de la población Quiteña y todas las que consideramos una buena historia de amor hoy en día comienzan con un café y los involucrados no se confiesan que se gustan hasta tres meses después; los besos de discoteca no son besos de amor verdadero. Pero el inicio no es lo único que escandalizaría a la sociedad quiteña. Esta novela contiene la relación gay más preciosa que me he atrevido a leer; no se si la palabra preciosa es la precisa para esto, pero no es lo importante de este caso. El punto es que mis abuelos quemarían el libro con tan solo imaginarse las escenas de Paco y Agustín mudándose juntos, compartiendo el cepillo dental y fumando marihuana en su cocina. Esto sin mencionar las escenas de sexo; casi puedo imaginarme a Juan Montalvo revolcándose en su tumba con tan solo imaginarse la siguiente escena:

 

Deslizó el bóxer hacia abajo, Paco alzó las piernas, y se lo sacó. No pudo reprimir una sensación de ridiculez al mirar a Paco con las piernas levantadas ni pensar en la torpeza con la que le sacó el bóxer. Descendió hasta el pubis de Paco lamiéndole el cuerpo con delicadeza y sicalipsis. Le observó el sexo. (pág 31)

 

Es que este libro está lleno de momentos de sexo ridículo, de sexo entre risas, de sexo delicado, para luego volverse “...un sexo salvaje e intermitente, que se pasea por ahí, tambaleante…”. Y este no es el único tema tabú que trata el libro. Inhalar cocaína con un amor antiguo en una terraza, vomitar de borracho, y hacerlo mientras intentas mantener una relación que cae en el espectro LGTBI, son cosas que en la sociedad Quiteña se hablan, si es que se hablan, de puertas para adentro. Además, se habla del abandono y de la muerte. Es que en Quito se condena con miradas fatales que alguien deja a su suerte a los ancianos, hasta que uno mismo los deja solos en sus respectivas casas, turnándose entre hijos para pagarle la pensión y sacar al pobre anciano a pasear. Son cosas que no se cuentan, que se esconden, que se juzgan. Pero en el libro no solo se habla de eso en la primera cita, pero durante el primer beso se hace la petición de cometer un asesinato a una de estas víctimas del abandono y de la demencia.

Quiero que te imagines un segundo que todo esto sucede, y que ahora le añadas música de fondo; no, no la música que escuchábamos juntos. No los pasillos, no Guardarraya ni Alex Alvear. Paco y Agustín se olvidaron, o no quisieron entrar en el canon de la música nacional.  Poner Cerati en el carro, Radiojed durante el sexo o Leonard Cohen para bielar en la madrugada son sus costumbres. Y estas no son las únicas referencias culturales lejanas a Quito, camisetas de Yac Eskelinton rondan la novela, acompañadas de películas antiguas y de libros escritos en inglés. Y sí, Radiojed escrito con j al medio, Yac Eskelinton escrito con y y con c, que esto esta hablado y escrito en ecuatoriano, pero hablaremos de este detalle después.

Ya te conté cómo es que esta historia se sale de lo nacional, ahora hablemos de cómo regresa:

 

¿Qué quieres comer? Uy, no se, que hay. Hay tripas, hay empanadas de viento, hay choclo con queso, hay caldo del treinta y uno, hay hornado, hay morocho. ¿Tú qué vas a comer? Yo me voy a echar unas tripitas y una empanada de viento. Ya pues, yo también. ¿La tripa es como el chinchulín, noverdad? Sí, pero menos limpia, más sabrosa. (pág 189)

 

    Pues Leonard Cohen y Yac Eskelinton podrán ser las referencias extranjeras, pero nadie sabe mejor que los quiteños como es comer tripas en la Vicentina. Menos vos, que le tenías asco a la grasa que chorreaba, que no te gustaba comer parado y odiabas el olor a tripa en el carro. Pero el libro casi huele a empanadas de viento con morocho, y tiene otro  montón de detalles que hacen que no puedas escapar de Quito. Es que que es más quiteño que el Multicentro, que comer atún real con mayonesa de la lata, que escuchar Café tacvba en las chumas.

    Esto no es lo único que nos recuerda a Quito; sus calles están presentes a cada paso; que la Seis de Diciembre, que la Eloy Alfaro, que el peaje de la carretera, que Guápulo son los lugares que se nombran en diferentes ocasiones a lo largo de la historia. En la Kenedi le compran a la Yoshimi y en la Vicentina se van a pegar las tripas. Casi nos hemos acostumbrado a estas novelas que no pasan en ningún lado más que en las ciudades imaginarias en la mente de los autores.  Pero Pequeños Palacios en el Pecho sucede en Quito, con sus cambios de clima extraño, con sus calles llenas de tráfico y con sus departamentos amoblados en las torres del Multicentro. Y sucede con las personas de Quito. Luz Victoria, cantando Cielito Lindo podría ser la abuela de cualquiera. Las personas que frecuentan el Calefón son la viva imagen de la juventud quiteña y la bruja de la Kennedy podría ser cualquier señora del lugar. Pero hay este personaje que está presente en la vida de cada una de las personas Quiteñas. La que se sabe de memoria nuestros secretos, que nos da escondiendo las mentiras bajo la alfombra y le echa una última limpiadita a nuestras desgracias.

 

Se detuvieron frente al portón de entrada y Paco se bajó del carro. Golpeó varias veces con la aldaba de la misma puerta de hierro. Rosariooo, Rosarioooo. Disculpe que venga a esta hora y la despierte. No se preocupe, joven Paco.  Muchas gracias, Rosario. ¿Y cómo ha pasado, joven Paco? A los tiempos que viene por aquí, ya no se deja ver usted. Bien gracias, Rosario, aquí viniendo a tomar un traguito con un amigo. Que bueno, joven Paco, que disfrute así, pase, pase nomás. Gracias, Rosario. Rosario, ¿Sí?, joven Paco. Verá que no les puede decir a mis papás que vine. Yo dejo mañana todo igualito y usted le echa una arregladita al final, no sea malita. No se preocupe, joven Paco, yo no digo nada. Gracias, Rosario. (pág 22)

 

    No me digas que no te hizo acuerdo a la señora que te crió cuando aún andabas chiquito, que yo no pude dejar de pensar en la señora Nelly, en la Pilita, o en cualquiera de las señoras de la casa de mi abuela que me llamaban “niña Alejandra” y me escondían las malcriadeces de mis abuelos. Es que creo que no hay nadie que no tenga una Rosario en la vida. Nadie se libra de esta relación de amor extraño; nadie se libra de esto que, aunque tiene una relación de poder de fondo muy fuerte, es la figura encarnada de la gratitud hacia el confidente de la casa. Todos hemos dicho la frase a nuestra respectiva Rosario: “no le dirá a mis papás”

    Pero ahondemos más en este párrafo. “No sea malita” le dice. Aquí es cuando volvemos a Radiojed, al Yac Eskelinton y a esto de hablar en ecuatoriano. La tonelada de referencias extranjeras que tiene la novela hace perfecto equilibrio con la forma en la que están escritas, con las expresiones que se usan, con las palabras Quiteñas. “Del putas” se dicen unos a otros; “bacán” se dicen al escuchar la música de Syd Barret; se tratan de “ñañitos” con desconocidos.  Se puede escuchar el arrastrado de la f al final de las frases durante las conversaciones.

    Ya te he contado cómo es que esta novela rompe con el canón de lo nacional, y luego regresa a este y todos no sentimos identificados con la tripa mishqui y con los conciertos en algún bar de Guápulo. Y esto es lo que hace de este libro una preciosidad; estoy segura que ahora si aplica la palabra. Es un novela de estas que te hacen querer llorar un poquito, que te hacen reir, bailar con su fabulosa banda sonora; te hacen querer regresar al Multicentro y te hace acuerdo al primer amor intenso que tuviste en la vida; ese amor con el que matas a tu abuela en un acto de desesperación, con el que quieres dejar botando el trabajo, la universidad, los amigo y todo para irse lejos, con la plata de la herencia; esos amores que tienen una Yoshimi de por medio y que viene acompañados por un revolver entre la pelvis y el pantalón.

    Esta historia es maravillosa porque saca todos los trapos al sol; todo lo que no queremos contarnos está aquí; todo lo que nos identifica también se hace presente. Esta novela es preciosa porque logra romper con esto de estar en la periferia de un sistema o estar en el centro; hace ambas, y lo hace tan bien que casi no nos damos cuenta. Es por esto que, aunque este amor no funciona, es bellísimo. Y me hace pensar que por eso vos y yo no funcionamos. Tu y yo éramos una novela aburrida.

    Busquemos amores e historias así. Dejemos de leer a Juan Montalvo o a las autoras reconocidas por el New York Times, solo por un momento, y encontrémonos con esta literatura que se encuentra justo en el medio. Dediquémonos a ver que está en la periferia y a identificar qué elementos la hacen canónica a la vez de un mismo sistema.  E intentemos vivir estas historias de amor extrañas, sin tabúes, en pleno Quito, de ser posible, bajándole un grado a la locura y a la desgracia. O mejor, intentemos escribirlas, a ver si tú o si yo dejamos de ser novelas aburridas en los sistemas de los demás.





 

Bibliografía

 

Borja, L. (2014) Pequeños Palacios en el Pecho. Quito, Ecuador. Centro de Publicaciones.


 

 

 

   


 

Publicado la semana 24. 16/06/2019
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