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Ale Rivadeneira

Sentimientos ajenos

Nunca, jamás, había sentido nada. No por que no quisiera, pero había tenido un número de experiencias muy limitadas como para sentir nada. Desde las más básicas hasta las más extremas, se había dedicado a eliminar de su vida cualquier cosa que pudiese dañarla. No escuchaba música con audífonos de la casa a la universidad, no leía en la obscuridad, no manejaba, no tomaba café con leche, nunca se había lanzado del puente de la Gonzáles Suárez y nunca se había subido en un avión, una montaña rusa o nada que pudiese despeinarla. Y aunque no le molestaba poner su seguridad delante de cada aspecto de su vida, había empezado a aburrirse un poco.

    Hasta que había dado con él, y con los misteriosos rumores que lo rodeaban. De su máquina extraña de los recuerdos. Los buscó en la guía telefónica, en las carteleras de la ciudad, en los anuncios clandestinos de los postes de luz. Hasta encontrarse en su sótano, con él, intentando explicarle que no quería olvidarse de nada, pero que quería los recuerdos de los demás. Y se juró a si misma que era la primera y la última vez que hacía algo tan arriesgado en la vida; que se permitiría sentir algo y que luego se olvidaría de que alguna vez había sucedido.

    No le hizo muchas preguntas; de repente se vio en la cabina extraña, con los auriculares puestos. Y empezó a recordar todos esos sabores desconocidos; la sensación de cosechar moras y lastimarse las manos; recordó cómo se sentía dormir con el gato ronroneando contra su pecho. Y aguantándose las lágrimas se fue.

    Pero volvió dentro de una semana; y experimentó la iras de cerrar de golpe las puertas; de gritarle a algún desconocido en la calle. Volvió cada semana por muchos meses. Y se sentó a tomar el café que él le ofrecía en su sótano. No entendía por que el era amable con ella; realmente ni él mismo lo hacía. Hasta que decidió que quería enamorarse. Comenzó a recordar primeros besos que nunca había experimentado,  le latió el corazón a cientos de kilómetros por hora, sintió como era eso de escribir poemas de amor.

    Y aunque no entendía cómo, había funcionado; en el siguiente café le confesó que se había enamorado de él. Y aunque ella sabía que los sentimientos ni las sensaciones no eran propios, no esperaba lo que sucedería después. La siguiente vez que ella se subió a la máquina, él le robó todos los recuerdos que le había regalado por ese mismo medio; ella se olvidó de él, de la máquina y todo lo que había sentido. Ella, por supuesto, no volvió nunca, aunque a veces él se subía a la máquina y recordaba, desde el punto de vista de ella, las tardes de café juntos. Se preguntaba si alguna vez, si él nunca le hubiera puesto todos esos sentimientos falsos, ella se hubiera enamorado de verdad, como le había sucedido a él.

 

Publicado la semana 23. 09/06/2019
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