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Ale Rivadeneira

Memorias ajenas

Se había dedicado a estudiar por años, hasta que finalmente había instalado esa máquina enorme en su sótano. Parecía una cabina telefónica; la persona que ingresara y se colocara los auriculares olvidaría lo que desease. Se dedicaba a borrar amores fallidos, personas fallecidas y pesadillas de las mentes de las personas. Sin embargo, esto era solo la mitad del negocio; los recuerdos los guardaba como documentos en su computadora, y luego los vendía; después de todo, siempre había alguien que quería recordar los malos sueños de otros.

La verdad es que nunca le habían interesado mucho los motivos de sus clientes, y es que nunca se había topado con situaciones muy inusuales, hasta que la conoció. Ella no quería olvidarse de nada; quería los recuerdos de otras personas. Pero no por los momentos, ni por las personas ni por las situaciones de estos, pero por los sentimientos que estos conservaban.

-Es que creo que nunca he sentido nada- le confesó en ese sótano oscuro. Y aunque él no podía garantizar que fuese a sentir algo robándose los recuerdos de otras personas, no estaba de más intentar. La sentó en la cabina y le puso los audífonos; la dejó esperando mientras en su enorme base de datos buscaba algo parecido a la felicidad.

    Había funcionado; los recuerdos de una mascota, del sabor de un helado, de caminar sin zapatos sobre la hierba le habían hecho sentir de una forma que en su vida real no sucedía. Volvió en semanas posteriores buscando sentir enojo, tristeza, o miedo; nuevos recuerdos fluyeron por su memoria, sobre peleas, sobre accidentes fatales y sobre tradiciones. Sus visitas se volvieron casi diarias, y a veces él le ofrecía un café de la cafetera vieja que tenía en el sótano. En uno de esos cafés a media tarde, ella le había contado que quería enamorarse. Y de nuevo entró a la máquina, y él buscó todos los primeros besos, cada momento en que a alguien le había latido el corazón a cientos de kilómetros por hora, cada vez que alguien había escrito un poema de amor.

    Y aunque él no entendía cómo, había funcionado, pues ella, en el siguiente café, le había confesado que se había enamorado de él. Pero él sabía que los sentimientos no eran de ella; eran de todas las personas que alguna vez habían pasado por su máquina. Aunque aquella tarde se suponía que le pondría más recuerdos ajenos en su cabeza, apenas ella se subió a la máquina, el le robó todos los recuerdos sobre aquel lugar, sobre la máquina y sobre él.

 

Publicado la semana 22. 02/06/2019
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