21
Ale Rivadeneira

Terremotos

1.

Habían descubierto que algo estaba mal cuando, a eso de los seis años de Elizabeth, se le había caído el helado al suelo.  Su horrible vestido lleno de flores ahora lucía una mancha café en el medio, mientras el sobrante del helado se hacía agua en el piso. Elizabeth conoció lo que era el enojo mezclado con tristeza en ese momento, y mientras regresaba a casa de la mano de su madre, ahí en donde pisaba se creaban pequeñas grietas en el piso, de las cuales crecerían flores en las siguientes semanas. Aunque este fue su primer episodio, no se detuvo; los vasos se rompían cada vez que algún personaje de sus libros se moría repentinamente;  las paredes se trizaban un poco cuando sacaba una mala calificación; pequeños temblores se creaban cada vez que daba un portazo al encerrarse en su habitación. Cada vez que algo la enojaba o la entristecía, un poquito de lo que la rodeaba se rompía, y con el paso del tiempo se dio cuenta que el tamaño de sus desastres era relativo al tamaño de sus sentimientos. Y aunque habían pasado intentando descubrir los motivos de esto desde el incidente del helado, ningún libro, doctor o hipnotista (en serio que habían tratado de todo) podía explicar lo que sucedía. Finalmente no había importado mucho; con el tiempo casi se habían olvidado de lo que sucedía, y los padres de Elizabeth podían vivir con los vasos rompiéndose regularmente y con las paredes trizándose de vez en cuando. Es que Elizabeth procuraba no enojarse mucho para no romper nada de lo que la rodeaba.

    Cuando finalmente se fue a vivir sola, toda su vajilla se conformaba por vasos plásticos; había cubierto las ventanas de su apartamento con papel adhesivo para evitar accidentes y cada vez que la pared se trizaba un poquito, ella ponía una foto tapando sus pequeños enojos. Pero lo más importante para ella, lo que hacía que el edificio no se derrumbase en cualquier momento, era que hace tiempo que se había prohibido sentir. Nada. No tenía amigas cercanas, no tenía ni gatos, ni peces, ni plantas, ni nada que en algún punto pudiese causar enojo o que pudiera romperle el corazón. No conocía a los vecinos, ni a la señora de la tienda, ni nada que pudiera causar empatía, y no se había enamorado jamás. Se volvió fría, y solitaria, hasta olvidarse cómo es que se sentía la tristeza, o el afecto, o lo que sea. Su relación más cariñosa era con su madre, quien la llamaba una vez a la semana para recordarle que lavara la ropa.

    Fue entonces que lo descubrió, esa mañana mientras desayunaba. La verdad es que la carrera como escritora no rendía mucho, y Elizabeth tenía ganas de ahorrar, en caso de que su departamento colapsara en cualquier momento. Pero mientras veía ese documental se dio cuenta que no había mejor trabajo para alguien tan desalmado como se había vuelto ella. Entonces se dedicó por semanas a planearlo meticulosamente; fueron noches despiertas sobre su escritorio, pensándolo, y luego noches enteras en las que salía a ese parque enorme que se ubicaba en las afueras de la ciudad, intentando descubrir cuán profundas podrían ser las grietas que su enojo lograra formar.

 

2.

De pronto ya se encontraba en esa calle desierta, con una fotografía entre las manos, en medio de la noche, ante su primer trabajo.  Vio repetidamente la foto mientras esperaba, hasta que lo vio pasar. A Elizabeth le comenzó a faltar el aire, hasta que tuvo que recordarse que ella no tenía sentimientos, de ningún tipo, y que este era un trabajo como cualquier otro. Se aseguró de que nadie más estaba alrededor, que no había nadie que la observa, y cuando él estuvo lo suficientemente cerca, intentó acordarse de cada pequeña cosa que la había enojado en su vida, hasta que el enojo se hizo enorme. La tierra tembló un poco bajo los pies de ambos, y luego, una enorme grieta se creó en el piso, tragándose a su víctima.  Elizabeth se quedó allí, observando, y olvidándose de todos los sentimientos que había tenido los últimos segundos. No podía creer que hubiese funcionado, y por un segundo dejó de creer que ella estaba a punto de comenzar a lucrar de esto, pero apenas ese segundo pasó, Elizabeth ya había dejado de tener sentimientos y había dejado de importarle.

    Los siguientes trabajos se volvieron más fáciles; su falta de sentimientos eliminó su cargo de conciencia y los trabajos se volvieron más eficientes y veloces. Y la paga se volvió buena. Pero esto no era lo más importante. Se habían dado cuenta que su carrera de escritora no funcionaba por que no tenía ningún sentimiento, por lo que comenzó a exigir que parte de la paga fueran historias, de esas historias que uno al leer cierra el libro de las iras que se tienen. Escuchaba las historias por parte de sus clientes, hacía el trabajo sucio y luego se dedicaba a escribir. Y aunque escribía con sentimientos que no eran propios comenzó a funcionar. Parecía que todo iba bien; su trabajo como asesina en serie no dejaba huellas, y parecía accidental, y sus historias comenzaron a publicarse; no se había roto un vaso en su casa desde hace mucho tiempo, y parecía que nunca jamás en la vida tendría que volver a sentir.

 

3.

Pero Elizabeth bajó la guardia. Una de esas tardes mientras tomaba café sola en una de esas cafeterías elegantes cerca  de su casa, lo vio. Lo recordaba vagamente; habían estudiado juntos, no podía recordar si en el colegio o la universidad. Aunque ahora tenía barba, usaba unos lentes extraños y se había cortado el cabello, no fue tan difícil identificarlo, y Elizabeth sintió que se hubiera enamorado de él si es que se hubiese permitido sentir algo.  Intentó ignorarlo y concentrarse en su bebida, pero no pudo evitar ponerse nerviosa cuando vio que él también la había visto, y que se acercaba a su mesa. Por primera vez en mucho tiempo a Elizabeth le dio tristeza su prohibición de no dejarse sentir nada, y antes de darse cuanta, la taza que tenía entre las manos ya se había roto.

-Déjame ayudarte- había dicho él, mientras buscaba servilletas para limpiar el desastre, y Elizabeth se dio cuenta que ya no había marcha atrás.

-Seguramente el café estaba muy caliente- no sabía por que había dicho eso, no es que él supiera que en su nerviosismo ella había roto la taza, pero Elizabeth necesitaba una excusa.  Luego de limpiar la mesa, barrer los trozos de vidrio y de intentar limpiarse el saco manchado de café, él finalmente se había sentado en la mesa con ella. Elizabeth había terminado de recordar; se llamaba Joaquín y le gusta escribir historias de miedo en la universidad. Nunca se había fijado mucho en ella, y con motivos de no hacer colapsar la facultad entera, ella había procurado con todas sus fuerzas sacarlo de su cabeza.

    Pero por la siguiente media hora casi que se olvidó la prohibición que ella misma se había impuesto y se permitió sentir, solo un poquito, algo por Joaquín. Habían hablado de libros, de café, de películas extrañas o sobre todas las cosas que Elizabeth se permitía disfrutar en minúsculas cantidades. Habían hablado sobre novelas de miedo, sobre novelas de policías y cuando finalmente había llegado a los libros románticos fue cuando Elizabeth decidió que era hora de que eso se detuviera. Aunque tuvo un último momento de debilidad y le anotó su número celular en una servilleta, se prometió a ella misma que no le contestaría el teléfono nunca.

    Esa fue la primera promesa que ella se había hecho y se había permitido romper. Había pasado una semana y ya se encontraba con Joaquín sentada en el mismo café. Y de repente ya habían ido a librerías, y a museos, y a ver películas antiguas en ese cine tan viejo que tenía su ciudad. Y en uno de esos paseos, en los que no permitía que Joaquín siquiera la tomara de la mano, se había prohibido  que sucediese nada más; ya hallaría la forma de deshacerse de él. Es que él no sabía en lo que se estaba metiendo; estaba enamorándose de una asesina en serie capaz de hundir un edificio en cualquier segundo.

    Pero esa fue la segunda promesa rota. Una de esas noches en las que caminaban juntos a casa, en las que usualmente Elizabeth se despedía de la manera más fría posible al llegar al portón de su edificio, mientras tenían algún trago barato en su organismo, él decidió confesarle al oído: “me gusta como escribes”. Y Elizabeth no estaba muy segura por que, pero era lo único que había querido escuchar por años; y mientras él se dedicaba a parlotear sobre cómo la había leído y de cómo se le había ido el alma al piso cuando la había encontrado ese día en el café y un montón de otras nimiedades, Elizabeth decidía si romperse todas las promesas que alguna vez se había hecho. Fue entonces en el momento en que Elizabeth solía cerrar la puerta en las narices de Joaquín, que todo por lo que se había esforzado por años se arruinó, pues agarró a Joaquín del cuello de la camisa y lo besó. Lo besó hasta que sintieron un pequeño terremoto bajo sus pies.

 

4.

Se hallaban sentados una noche, con una pizza entre los dos, con la sala desarreglada, cuando Joaquín prendió la televisión; en las noticias estaban hablando sobre uno de esos casos en los que la tierra se tragaba a alguien. La policía aún no había descifrado que es lo que sucedía, pero creían que solo era una serie de desafortunados accidentes.

-No pueden ser accidentes- había mencionado Joaquín en aquella ocasión- no estoy muy seguro cómo, pero alguien debe ser el creador de esos huecos.

-Deberías escribir una historia sobre esto- había dicho Elizabeth intentando cambiar de tema.

 

5.

Elizabeth había aprovechado que Joaquín iba a volver tarde esa noche; se había vuelto más complicado cumplir con su trabajo ahora que Joaquín casi había invadido su departamento. Y se había vuelto más difícil controlar las grietas; o controlar todo. Los vasos se rompían ahora con más frecuencia y las paredes se cubrían con fotos casi todos los días. Elizabeth intentaba no pensar en eso mientras salía de la casa, caminaba hacia donde sabía se encontraba su víctima y revisaba repetidas veces su fotografía.

    Lo encontró caminando por la vereda frente a ella, se escondió en las sombras, y se concentró en enojarse, o entristecerse, o en lo que sea, y la grieta se abrió bajo los pies de esta persona desconocida. Se asustó por un segundo, pues nunca los huecos eran tan enormes. Entonces, al darse vuelta para escapar de la escena del crimen y volver a casa, vio que ahí estaba Joaquín, observando lo sucedido. Al darse cuenta que Elizabeth lo estaba viendo, comenzó a correr hacía el departamento que ahora compartían. Ella iba tras él, lo más rápido que podía. Al comienzo pensó que debería explicarle lo sucedido; era imposible que Joaquín hubiese sacado las conclusiones correctas. Luego lo consideró. Era su culpa; los vasos rotos, los espejos trizados, las paredes con marcas y los temblores eran culpa de sus sentimientos por Joaquín. Pero ahora que él sabía su secreto, no podía seguir poniéndolo a él primero. Mientras subía las gradas hasta el apartamento, decidió  que ahora él sabía demasiado, y que los vasos rotos debían detenerse. Tenía que eliminarlo. El suelo tembló un poco mientras ella pensaba esto, pero lo ignoró y entró en el departamento un segundo antes de que él lograra cerrar la puerta.

    Podía ver el miedo en sus ojos, y Elizabeth descifró que eso era lo que la había atemorizado todos esos años; no era la posibilidad de derrumbar un edificio, a lo que le temía es que alguien se asustara de ella. Y mientras Joaquín gritaba cosas que Elizabeth prefirió ignorar, ella intentaba descubrir cómo eliminarlo. No podía usar su técnica usual, se hallaban en un quinto piso. Comenzó a asustarse por lo que estaba apunto de suceder; el edificio entero comenzó a temblar. Se dio cuenta entonces que Joaquín le estaba rogando que se detuviese; los vidrios comenzaron a reventar y las tazas se caían de las repisas. Supo en ese segundo que Joaquín iba a morir, de acuerdo a sus planes de último minuto, él y todos quienes habitaban el edificio, incluyendo ella, y se arrepintió con todas sus fuerzas de haber decidido matar a Joaquín; pero, de nuevo, ya no había marcha atrás. El piso no dejaba de moverse, los muebles resbalaban por el departamento y escuchó cómo el edificio rugía, señal de que sus paredes se rompían y que su estructura cedía. Abrazó a Joaquín casi contra su voluntad, y le murmuró que lo sentía mientras el edificio colapsaba bajo sus pies.

 

Publicado la semana 21. 26/05/2019
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