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Ale Rivadeneira

Recordaba las citas de los libros que le gustaban

Cuando habían terminado, todo lo que ella quería hacer era olvidarse de su existencia. Pero eso era imposible; Liz se acordaba de todo. En medio de su desorden recordaba dónde había puesto las llaves; recordaba las citas de los libros que le gustaban y en qué página se encontraban. Nunca se olvidaba de ninguna fecha importante; y nunca pensó que se olvidaría del día en que habían terminado, mucho menos las razones, pero eso no es relevante en la historia.

    Pasaron los meses, y su vida se había vuelto demasiado ocupada para dedicarse a extrañarlo; trabajar para pagar su deuda universitaria, estudiar, cuidar al gato y escribir reseñas sobre las series que se dedicaba a ver por horas habían hecho qu no se diera cuenta de que lo extrañaba. Sin embargo, se dio cuenta de que algo andaba mal la siguiente vez que hablaron. En medio de ese balcón con luces sacado de alguna novela coreana, vestidos de forma elegante y con un vino clandestino entre los dos, Liz se dio cuenta de que se había olvidado de casi un millón de detalles sobre él; su aroma a cabello recién lavado, su forma de parecerse a esa luz solitaria en el edificio contiguo, la manera en la que su corbata se las arreglaba para estar siempre ligeramente torcida. Y fue solo cuando hablaron que se dio cuenta que se había olvidado porque habían terminado, y que no era que había estado muy ocupada como para extrañarlo, es que se había olvidado de hacerlo.

    Por un segundo pensó que eso era lo que ella alguna vez había querido, y aunque se arrepentía de haberlo deseado, estaba feliz de que hubiese funcionado un poco. Pero no se detuvo ahí. De pronto, cuando se encontraban en los pasillos de aquella fría facultad en la que ambos se hallaban encerrados la mayor parte del día, Liz ya no recordaba su nombre; a veces no recordaba dónde se habían conocido ni que alguna vez habían andado juntos. Y en los momentos en los que recordaba, casi no le importaba olvidarse de él.

    Pero sus recuerdos sobre él no eran lo único que Liz comenzó a olvidar; las llaves ya no aparecían en su desorden, tenía que volver a leer los libros que sabía que le gustaban para recordar de qué trataban y comenzó a olvidarse hasta de su cumpleaños. Olvidó lo que estudiaba, que sabor de helado le gustaba, y se olvidó hasta de su propio nombre. Olvidó que debía salir de la cama, y se quedó arropada con su gato, hasta olvidarse casi como dormir. Y aunque su madre, sus hermanos y su novio anterior intentaban recordar quienes eran, para ella era imposible recordarlos cuando salían de su habitación.

    Fue entonces, que en un efímero momento de lucidez, recordó una de esas historias de miedo que le gustaba leer; era sobre este ser que se escondía en las almohadas de las personas y se dedicaba a absorber su sangre hasta dejarlas vacías. De forma desesperada buscó entre la funda de la almohada y el relleno y lo entonctró; se había estado robando sus recuerdos por semanas, por meses. Pero ahora que se había dado cuenta ya era muy tarde, pues en ese momento olvidó como se hacía para respirar.

 

Publicado la semana 20. 19/05/2019
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