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Ale Rivadeneira

Casa antigua

La facultad de artes era una casa vieja, pintada de un amarillo antiguo y horrible, con un jardín interior, escaleras de madera que sonaban al pisarlas y pasillos que parecían laberintos. Y allí estaba Romina, quien casi lograba camuflarse con la casa antigua. El cabello largo y oscuro, la ropa y la piel manchadas de pintura, los lentes redondos y los audífonos de los cuales surgía música extraña pertenecían a aquel lugar. Es que Romina amaba la casa antigua; la idea de perdurar en el tiempo le encantaba y atormentaba a la vez. Por esto es que se dedicaba a dejar pequeños rastros de ella por la casa; dibujos en las puertas del baño con marcador permanente; stickers en los casilleros repartidos por los pasillos; pinturas clandestinas en las pocas paredes blancas que quedaban. Y sabía que algún día se apropiaría de la enorme pared blanca al fondo del jardín. Esa que muchos habían pintado, pero la universidad y sus jefes amargados habían preferido mantener limpia, blanca, aburrida. Pero Romina pensaba que nada de lo que se le había ocurrido hasta el momento era lo suficientemente bueno para la enorme pared.

    Entonces comenzó a verla. Los rumores sobre ella eran muchos, y Romina se los sabía de memoria; es que con una casa antigua vienen las historias de fantasmas. Pero lo que al inicio había sido un secreto a voces entre los estudiantes, se volvió en un tormento para Romina. Estaba al fondo de las clases, acechándola; en su casillero; en el espejo del baño y o estaba simplemente sentada en medio del jardín. Aunque Romina había preguntado a todos quienes alguna vez habían pisado la casa antigua, nadie más podía verla.

    Romina suponía que su fantasma alguna vez había vivido en la casa; su vestido, su peinado, y su maquillaje anticuado iban a la perfección con las escaleras y con los ventanales antiguos. Y sentía, de alguna forma, pena por su fantasma; su casa había permanecido en el tiempo, pero ella había sido olvidada. Si alguna vez los estudiantes hablaban sobre ella, para la mañana siguiente ya había quedado en el olvido. Romina entonces se dio cuenta que no eran muy distintas. Su fantasma se dedicaba a dejar huellas por la casa, como ella. Mover los pinceles, las marcas de las manos en los espejos, las brisas que dejaba en el jardín al pasar.

    Fue entonces que Romina decidió que haría lo que había estado postergando por ya algún tiempo Esa noche, retrató a su fantasma en la enorme pared blanca. El vestido, el peinado, el maquillaje, con todos los detalles que había podido encontrar. Y rogó a todos los cielos que su fantasma permaneciera en la pared, que alguna vez había estado limpia y aburrida. Y alguien debe haber contestado a sus plegarias, pues nadie pintó de nuevo la pared de blanco. Y parecía que el mural siempre había estado allí; iba a juego con las escaleras, los ventanales y el resto de paredes amarillas. Pertenecía tanto a la casa antigua como Romina, quién no volvió a ver a su fantasma. Después de todo, las dos habían logrado lo que habían querido. Nadie, con ese mural, se olvidaría de ninguna de las dos. Nunca.

 

Publicado la semana 18. 05/05/2019
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