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Ale Rivadeneira

La casa es la propia mente

“La casa es la propia mente”, había mencionado una vez algún profesor de literatura. Pues ella se había quedado marcada por la frase; es más, había concluido que todos sus problemas del presente se debían a sus cambios de casa del pasado. Es que ella se había cambiado de casa diez veces en sus apenas 20 años, y había concluido que un poco de su mente se había quedado en cada departamento.

    Cuando habían llegado a la última casa en la que Ela aún conservaba su cordura, había pensado que nunca, jamás, se iría de allí. Era una casa de dos plantas, con un jardín demasiado grande para un perro y un gato, con un balcón secreto y tenía un cuadro en la sala, de una señora antigua, que nunca se habían animado a quitar.

    Ela no estaba segura si el cuadro en realidad tenía vida, o ella ya estaba lo suficientemente loca para pretender que la señora del cuadro hablaba, pero Ela había descubierto que las mejores conversaciones de su vida las tenía con aquella señora. Ela le contaba sobre su gato; la señora le contaba sobre los anteriores inquilinos. Se sabía los chismes familiares, las formas de escaparse de la casa, las cenas de año nuevo y las llamadas por teléfono secretas a las 12 de la noche. Ella lo había visto todo. A veces le contaba que le gustaría cambiarse de casa, de ciudad o de país; la sala se podía volver aburrida por años; Ela solo podía pensar en las ganas que tenía por quedarse.

    Y lo que había pensado Ela al llegara a la casa, eso de que permanecerá allí con su señora antigua para siempre, casi se había vuelto realidad. Los años pasaron en la casa; nacieron sus sobrinos, adoptaron otro perro, vivieron los temblores y Ela cantó miles de canciones en el frió de la noche en su balcón secreto. Pensó que su mente se reconstruiría en aquella casa y que su cordura permanecería allí con ella.

    Hasta que un día mientras, iba en el carro con su madre, esta le había confesado que vendería la casa, por un montón de motivos que, aunque eran bastante válidos, a Ela no le interesaban. Por milésima vez se dedicó a empacar sus libros, a desarmar su cama, a guardar en cajas los platos y a intentar llevarse con ella su estabilidad mental, lo cual no estaba funcionando. En la forma de sus venas podía ver las grietas de las paredes; en sus blancas manos las baldosas del baño; sus cabellos se veían como el tendedero y sus ojos negros eran iguales a los cerrojos de las puertas. Se las arregló para que toda la casa se fuera con ella; puertas, ventanas, muebles, los barandales de las gradas y las alfombras se iban con ella. Pero no su mente; su mente se iba a quedar entre esas paredes.

    Un día se despidió de la señora antigua, después de todo el cuadro nunca había sido de ellos, y se fue a una casa con un jardín más pequeño, sin balcón secreto y sin nadie que le contase de las arrendatarios anteriores. Pasó algunas semanas en esta nueva casa, casi sin saber dónde estaba ni qué hacía; al ir al baño en la noche se equivocaba de camino; al salir al jardín se sorprendía de lo pequeño que era este para dos perros y los gatos que estaban por llegar, y cuando se proponía salir al balcón a tocar su guitarra, le tomaba un minuto recordar que ya no le era posible. A veces veía las grietas anteriores en las paredes nuevas y lisas, o sacaba las llaves de su casa anterior y no comprendía por qué no abrían la puerta. Vivía entre las dos casas, sin estar en ninguna de las dos completamente, nunca.

    Hasta que sucedió; un día ya no despertó en su cama, ni en su casa, ni en su casa antigua. Estaba en la sala, encerrada en el marco, usando el vestido de la señora antigua. Pensó que le importaría, pero no sucedió así; la señora del cuadro podía cambiarse de casa las veces que quisiera, y perder la cordura como ella. Ela prefería quedarse allí, en la casa donde su mente también habitaba.

 

Publicado la semana 17. 28/04/2019
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