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Ale Rivadeneira

Sentido de pertenencia

Nunca había comprendido eso que llamaban “sentido de pertenencia”. Ese sentimiento de apego que las personas tenían por sus casas, sus cuartos, por sus jardines. “Es que aquí crecí”, solían explicarle. Pero Octavia no había crecido en ningún lado; más bien, había crecido en muchos. Es que sus padres nunca habían sido muy buenos eligiendo departamentos. “Que el ruido de la calle”, “que no hay patio para el perro”, “que la humedad”.

    Pero mientras se parqueaba fuera de la vieja casa de la playa, supuso que así debían sentirse las personas cuando hablaban del lugar al que pertenecían. Aunque ella nunca había vivido allí, todos los años, desde que se acordaba, los dos meses de vacaciones los había pasado ahí. Escuchando ópera con su abuelo, aprendiendo a nadar en el mar, caminando en chanclas hasta la tienda de la esquina.

    Abrió la puerta, dejó que su perro se bajara del carro y entraron juntos. Fue como viajar en el tiempo. Todo estaba igual; el espejo frente al cual su abuela le trenzaba el cabello; la mesa del teléfono; el mantel de la mesa del comedor era el mismo hace 20 años. Pero ahora todo tenía una gruesa capa de polvo encima. Es que nadie había visitado la casa en años. Y el frío seguía igual; era la única playa que ella conocía en la cual nunca salía el sol.

    Aunque ahora ya nadie habitaría el cuarto grande, Octavia se acomodó en el cuarto donde siempre dormía durante las vacaciones de verano. Una cama, que ahora era muy pequeña para ella, y un armario, lleno de cosas de playa, eran las únicas cosas que siempre habían estado allí. Entonces, por un instante, sintió que alguien más estaba en la casa, pero decidió ignorarlo. Su abuelo siempre le había contado de los fantasmas de la casa, pero por falta de evidencia había dejado de creer en ellos.

    Y así fue como empezó con lo que había ido a hacer: limpiar. Había leído historias sobre despedidas en la playa, donde las personas veían el amanecer juntas y luego una de estas se iba nadando en el mar. Pues eso no era lo que había sucedido. Su abuelo había muerto y la forma de Octavia de despedirse era limpiar. Supuso que de esa forma se había acostumbrado a despedirse de sus múltiples casas de la infancia; su madre tenía la costumbre de dejar esas casas brillando.

En completo silencio se dedicó a quitar los polvos, a limpiar la refri, a lavar las sábanas y a ordenar los baldes con los que solía hacer castillos de arena hace más de diez años. Y el fantasma estaba allí; en la lavandería con ella; en la cocina, metido en los cajones de los cubiertos mientras ella limpiaba. O al menos, eso se había inventado Octavia mientras lavaba los platos. Se demoró una semana en dejar todo impecable, e intentó no pensar en lo que sucedería después. Ahora que su abuelo ya no estaba, ya nadie ocuparía la casa. Se le ocurrió que podría vivir allí antes de que sus padres la vendieran; que se mudaría allí con su perro, que los últimos siete días había tomado una muy larga siesta,  y se dedicaría a escribir. Dejó de pensar que era una buena idea cuando se percató que en efecto, el fantasma del cajón de la cocina (así lo había nombrado) estaba en la casa.

Cuando finalmente todo estaba impecable, Octavia sacó de su mochila la pequeña caja con las cenizas de su abuelo; las órdenes explícitas de su abuela había sido que las arrojase al mar, pero Octavia sabía que su abuelo consideraría que era una idea estúpida. Lo acomodó en el librero, junto con los libros que su abuelo releía cada verano.

Entonces tomó a su perro y su mochila, y se subió al carro, de regreso su ciudad entre las montañas. Aunque se había despedido del fantasma del cajón de la cocina, sintió que este se había subido al carro con ella. Pudo ignorarlo hasta que cayó la noche, cuando en la radio sonó la ópera que solía escuchar su abuelo en la playa, las luces del carro dejaron de funcionar y su perro comenzó a ladrar. Por un segundo Octavia pensó que vería un fantasma en medio de la carretera, como en  las películas, pero no sucedió así. De pronto se dio cuenta que su abuelo estaba sentado en el puesto del copiloto; frenó de golpe y no pudo evitar aguantarse la respiración. Era el mismo cabello, la misma barba, los mismos lentes y el mismo gesto que solía hacer con la mandíbula.

-No me he ido aún- murmuró. Fue allí cuando Octavia supo que podría lucir y sonar igual pero él, o eso, no era su abuelo.

 

Publicado la semana 15. 14/04/2019
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