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Ale Rivadeneira

Odiaba esperar

Había aparecido un día en su cuarto, mientras ella intentaba dormise con la televisión encendida. La sintió llegar en silencio, sintió como se acomodaba a su lado en la cama, y no se sorprendió de su presencia. Sabía que algún día los años llenos de cigarrilos y de corajes le pasarían factura. Y aunque se había preparado para este momento por años, le dio miedo. Esto la enojaba muchisimo; es que nunca le había tenido miedo a nada; ni a los viajes en avión, ni a las peleas con su marido, ni con nadie, ni se asustaba cuando la casa se inundaba por los oleajes, Por el contrario, la enojaba un montón de cosas; cuando no había café, o cuando los equipos de fútbol que le gustaban iban perdiendo. Y ahora esto; su simple presencia la enojaba como nunca antes nada la había enojado.

    Empezó a verla de reojo en los espejos de la casa, bajando por las escaleras, entre los estantes de su biblioteca y sentada a su lado en los taxis que la llevaban de vuelta de la peluquería, una vez a la semana. Había intentado ignorarla, pero al ver que esto no la alejaba, había incluso llegado a insultarla con las mejoras palabrotas que figuraban en su vocabulario.  Y cuando casi se había olvidado del tema, o al menos se había hecho al dolor, la vio. Allí, sentada en la sala de estar.

-Te pareces a una de mis nietas- le susurró. Era cierto.

    De repente se dio cuenta que la veía a diario. Sentada en la mesa de la cocina mientras ella hacía el almuerzo, sentada en el sillón con ella mientras bordaba, incluso estaba en los almuerzos con su marido, que parecía no notar que alguien más estaba con ellos. Nunca decía nada, se dedicaba a observar, hasta que ella, que nunca había sido muy paciente decidió encararla.

-¿Por que aún no nos vamos?- le había gritado una tarde. Claro que no había dado frutos. La Muerte sólo la había visto con cara de indiferencia; sabía que ella odiaba esperar, por lo que habia previsto este comportamiento de su parte. Pero ella, en el fondo, sabía por qué no se habían ido aún. Es que aún le faltaba terminar de bordar el tapete en el que andaba trabajando, completar el libro de sopa de letras que guardaba en su cajón, de quejarse un poco más sobre su marido.

    De pronto se había acostumbrado a su presencia. Le había enseñado a jugar cartas, le había explicado sobre los partidos de fútbol que le gustaba ver, le había enseñado todas las malas palabras que se sabía y le había mostrado cómo hacerse los churos y las uñas tal cual como ella lo hacía.

    Esa tarde se encontraban en el sillón, quejándose de su marido y haciéndose las uñas entre ellas, cuando se dio cuenta que ya no tenía miedo, ni libros de sopas de letras que completar, ni tapetes que bordar, ni más partidos de fútbol por ver. Se quitó los rulos de la cabeza, acomodó su hombro sobre las almohadas del sofá, verificó que su blusa estuviese bien planchada, y, aún con un tono algo enojado, le dijo:

-Ya vámonos.

 

Publicado la semana 14. 07/04/2019
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