13
Ale Rivadeneira

Cliente y traficante

Prólogo

Tal como le había dicho, la esperó en la parada del tren. La vio llegar y notó que ella lo miraba; ambos intentaban descifrar si eran  quienes habían estado hablando por teléfono. Cuando decidieron que estaban en lo correcto, esperaron juntos el último tren; ese que solo usaban quienes iban tarde hacia sus casas, lo que nunca sucedía, con excepción de ellos ellos: los traficantes y sus clientes. Aunque el tren casi nunca llevaba a nadie a esas horas, seguía pasando porque nadie había tenido las ganas de romper con la costumbre.

    El vehículo se detuvo en la parada al llegar y abrió sus puertas, revelando su vacío vagón. Se subieron juntos, y aunque todos los asientos estaban disponibles, se quedaron de pie, perdiendo el equilibrio al acelerar el tren.

-Tienes hasta la siguiente parada- dijo él -¿Nerviosa?

-Nunca he hecho algo tan loco.

-Vale la pena- y de hecho, lo hizo. No se dio cuenta de cómo sucedió, pero de repente sus brazos ya rodeaban la cintura de este desconocido y los de él la atrapaban por los hombros . Había pensado que no sabría como hacerlo, pero apoyar la cabeza en su pecho se sintió…¿natural? ¿normal?. Era como si su cuerpo hubiese sabido todo este tiempo como se abrazaba, y estaba esperando una chispa para despertar ese instinto, cosa que allí, era imposible.

    Él sintió cómo ella empezó a sollozar contra su pecho y entonces la apretujó un poco más. Escuchó el anuncio que decía que estaban próximos a la siguiente estación e intentó oler un poco su cabello para no olvidarla.

-Nos abrazamos por que sabemos que somos finitos-  murmuró él; le dio un breve beso en la cabeza y prosiguió a deshacer el abrazo. Notó como ella se rompía mientras las puertas se abrían tras de ella. Se bajó del tren, dejándola sola.

    Se aseguró que el tren estuviera lo suficientemente lejos para que ella no lo viera y poder quebrarse y sollozar un poco el también.

 

1

Las manos le temblaban mientras intentaba meter la llave en la cerradura. Cuando logró abrir la puerta se le escapó de la boca un suspiro y colapsó contra la pared más cercana. Esta vez sí se permitió romper en llanto, ahogándose y sorbiéndose los mocos. Entonces decidió que había hipado lo suficiente, se secó las lágrimas, se sacó el abrigo y los zapatos y subió las gradas lo más silenciosamente posible. Tocó la puerta del cuarto de su abuelo aunque sabía que nadie le contestaría; para esas horas de la noche el único habitante de ese cuarto dormía. Entró lentamente y encendió la lámpara del velador, acercó una silla hacia la cama de su abuelo y apoyó sus codos en esta, asegurándose de no romper la ley por segunda vez aquella noche.

-Lo hice- susurró; se detuvo un segundo y vió al techo para no soltar más lágrimas - toqué a alguien.

    Se ahorró los detalles de la nota que había hallado en su bolsa, de cómo había pagado al traficante con el dinero de su almuerzo y el resto de sucesos ilegales que la habían llevado hasta ahí. Vio como su abuelo le sonreía levemente, escuchando entre sueños su historia.

-Ya era tiempo- contestó. Ella lo sabía. Las historias que su abuelo le había contado por años la habían guiado inevitablemente a ese destino. Solía contarle que había vivido cuando la gente aún andaba de la mano, se hacías cosquillas, concepto que Sofía no comprendió nunca, se acariciaban el cabello y hacían el amor. Cómo las personas se enamoraban solo con sentarse lo suficientemente cerca para que sus hombros se tocaran o como las promesas se realizaban con un extraño ritual de enlazar los meñiques. Historias que ahora sonaban demenciales y que estaban prohibidas contar.

-Deja de decirle esas pendejadas a la niña, Raúl- solía gritar su madre desde la otra habitación; eran los celos que surgían de ella al no sentir esa urgencia de sentir el tacto de alguien más. Sofía y su abuelo, sin embargo, nunca habían llegado tan lejos. La caricias se quedaron en historias.

    Fue en el instante en que recordó todo esto, en que notó que los ojos de su abuelo querían sollozar con los de ella.

-No dejes de hacerlo.

 

2

La siguiente vez que Sofía se subió a un tren fue completamente diferente. Ese tren de la mañana sí tenía aquel vigilante uniformado con un traje un poco estúpido que el nocturno carecía; además, otros pasajeros ocupaban el vagón. Estas cajas metálicas y veloces eran lo suficientemente grandes para que nadie siquiera se rozara con otro ser. Y todos estaban tan bien entrenados que esa idea no pasaba por sus tristes cerebros. Entrar por una puerta, salir por la otra, sentarse ocupando el mínimo espacio y al ir de pie aferrarse del tubo del tren con ambas manos; eso era todo lo que lograban imaginar. Exactamente eso era lo que pretendía pensar Sofía ese día, fracasando espectacularmente; su mente no se desviaba del contacto que quería establecer con la señora que iba en ese mismo tren todos los días o en cómo añoraba saludar con un apretón de manos a ese hombre elegante que lograba divisar.

    Estas ideas no dejaron de atormentarla ni cuando bajó del tren. Lo pensó en clases, en el trabajo, en sus horas libres y en sus sueños. Comenzó a esconder su paga semanal y el dólar diario que le daba su madre para almorzar. Y lo hizo de nuevo.

    Se repitió la escena del tren con una chica de cabello color fuego; con una señora de tal edad que transmitía conocimiento en sus abrazos; con el muchacho de ojos tan oscuros como el fondo del mar y con todos los traficantes que pudo hallar. Y abrazó con fuerza, apretando su cara contra diferentes corazones e inhalando todos los aromas posibles; cuando se sentía atrevida incluso acariciaba el cabello de ese alguien más. Además, cada noche se acercaba a la cama de su abuelo para susurrarle lo sucedido.

    Hasta que una noche sucedió. Sin siquiera pensarlo sus manos aterrizaron sobre la de su abuelo, que reposaba dormida a uno de los costados de su cuerpo; estaba helada. La acercó a sus labios para calentarla con su aliento y entendió en ese momento que no quería soltarla nunca.

 

3

Lo vio de nuevo cuando coincidieron en la fila para recibir su pago: era su primer abrazo. Y aunque lo evitó a toda costa, sus  ojos chocaron y la sonrisa que vino después la atropelló brutalmente. Intentó pretender que no lo había visto el tiempo necesario y al recibir su pago intentó huir; no fue posible. Esa voz que estaba lo suficientemente cerca para atraparla le murmuró: deberíamos hacerlo de nuevo. Y así fue.

    Aquella semana volvió a llamar al número de teléfono que había iniciado todo y días después se hallaba en la misma estación de tren a la hora usual. Lo vió llegar y esta vez ya no hubo instrucciones.

    De todos los abrazos que había experimentado ese se transformó en su favorito. El aroma, el calor, la manera en la que encajaban perfectamente. Y se transformó en su cliente frecuente. Y lo que al comienzo sucedía entre dos estaciones se extendió a tres, a cuatro, hasta la parada final. Lo que era un abrazo luego terminaba con los dos tomados de las manos hasta que las puestas del tren se abrían  y mientras al inicio se bajaban del tren y escapaban en diferentes direcciones, ahora tomaban la misma salida, dándoles unos minutos para conversar. Se acabaron los pagos y sus encuentros se volvieron extremadamente usuales. De abrazarse de pie pasaron a sentarse en las frías bancas mientras apoyaban la cabeza en el hombro del otro por lo que se sentía como cien estaciones.

    Y por ese entonces, Sofía le contaba a su abuelo la misma historia cada noche, aunque a veces este parecía no comprender muy bien el relato.

 

4

-Espera- murmuró Alejandro ese día cuando el tren estaba a punto de detenerse. La atrapó de la mano arrastrándola hacia él y la besó. Los cabellos cafés y negros se mezclaron, las pieles morenas y blancas se volvieron una sola y los ojos cerrados ya no permitían distinguir entre lo negro y lo miel. El beso se fue acabando a medida que la velocidad del tren se extinguía, y solo tuvieron un segundo antes de que se abrieran las puertas del tren. Y antes de que notaran que alguien los esperaba.

 

5

“Lo sabe y va a entregarme” pensó Sofía al ver a su madre en la estación. La verdad es que ella lo sabía hace semanas, pero lo que escapó de su boca correspondía a otro tema.

-Hoy no despertó. Van a llevárselo.



 

6

Sudaba al llegar a casa; sin dejar de correr subió las escaleras y al entrar al cuarto de su abuelo se encontró con todos esos seres uniformados encargados de llevarse el cuerpo y de evitar el contacto de otros seres incluso después de la muerte . No sucedió esta vez, Sofía se halló a si misma abalanzándose sobre el cuerpo de su abuelo mientras un montón de uniformes  intentaban apartarla; llevarla lejos de las manos frías que no quería soltar nunca. Fue entonces cuando sonaron los gritos, las alarmas, los llantos desconsolados mientras se llevaban a Sofía que pataleaba histéricamente.

 

7

No sabía en realidad lo que sucedía con las personas que eran atrapadas intercambiando abrazos furtivos en los trenes vacíos. Solo sabía que al tocar a alguien muerto te perdonaban cualquiera que fuera el peor castigo y te transferían a otra ciudad, que lucía en extremo diferente a la suya, pero compartían el frío y la tristeza.

    Pensaba en Alejandro constantemente. En cómo al salir corriendo en busca de su abuelo lo había abandonado en esa estación, en su estación de tren. Cómo no había dicho adiós, sin estar consciente en ese momento, que uno era necesario. Pensaba en cómo no encajaría perfecto con nadie más y solía repetir en su cabeza todos sus abrazos, una y otra vez, intentando no olvidar ni el mínimo detalle. Fue en uno de esos momentos, durante el cual recordaba su primer abrazo, que ese detalle llegó a su cabeza. Entonces escribió su número en todas las envolturas de chicles que logró encontrar acompañado de la palabra “abrazos”, y escondió de estos en todas las bolsas solitarias que se cruzaron con ella.

    De pronto se vió en una parada desconocida, a la hora usual, repitiendo las instrucciones que alguna vez había escuchado por primera vez. Se aseguró de apretar ese cuerpo desconocido entre dos estaciones, y antes de concluir, como haría un millón de veces después de esta, murmuró: nos abrazamos por que sabemos que somos finitos.


 

Publicado la semana 13. 31/03/2019
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