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Ale Rivadeneira

Reuniones a eso de las siete

Se despertó esa mañana, y cómo lo hacía siempre, buscó el diario del cuerpo que habitaría ese día. Es que todos amanecían en un cuerpo distinto a diario, siempre en la misma ciudad, nunca en un cuerpo habitado anteriormente. Habían tratado de detenerlo por años, pero nada había resultado. Por esto se dedicaban a llevar diarios, así las personas tenían una idea de la vida del cuerpo en el que despertaban. Eran amigos de las cuerpos que su diario indicaba, asumían que las personas en sus casas eran sus familias y trabajaban en lo que sus diarios decían.

    Julia leyó el diario y descubrió que trabajaba en una librería, que le gustaba bañarse por las noches y que cada mañana le ponía comida al gato que vivía en el barrio. Y le gustaba el cabello corto que le caía hasta los hombros, sus ojos color miel y sus miles de pecas. Se vistió con lo que halló en su armario, desayunó lo que había en la cocina y se subió en el bus que el diario le indicaba.

    La librería en la que trabajaba era preciosa, y Julia sintió, por primera vez en mucho tiempo, que le iba a gustar su trabajo. Aunque sacó la llave del bolsillo (su diario le había dicho dónde encontrarla) la puerta estaba abierta. Alguien estaba haciendo café en la parte de atrás de la librería; su diario le había contado que trabajaba con alguien más. Caminó algo perdida hasta que halló la oficina, que contaba solo con un escritorio y una cafetera; y allí estaba él. Se demoró un buen rato en notar la existencia de Julia; era de los que se concentraba mucho, hasta cuando hacía café. Cuando se dio cuenta de su presencia, pidió perdón muchas veces por haberla ignorado antes de presentarse. Se llamaba David, trabajaba en la librería con ella, y sabía tocar la guitarra, pues casualmente amanecía en muchos cuerpos que trabajaban como músicos.

    Todos estos detalles los aprendieron mientras hacían el inventario, limpiaban los libreros y tomaban café. No habían muchos clientes, todos estaban intentando vivir la vida de sus cuerpos, por lo que, al menos por ese día, podrían darse el lujo de pasar el día en un sofá tomando café. Y se sentía correcto. A Julia nunca le había agradado su trabajo, y a David nunca le habían agradado las personas cercanas al cuerpo que le tocaba habitar, mucho menos los cuerpos que había habitado, pero la barba y los lentes le agradaban.

    Entonces decidieron hacer algo que ya nadie intentaba hace años. Cada noche se encontrarían en la librería y luego irían por un café.

    Y así lo hicieron por semanas. Cada noche, a eso de las 7h00, se sentaban por un rato en su sofá y luego caminaban a la cafetería de la esquina; el café nunca estaba tan bueno como el que solía preparar David. Se contaban sobre el cuerpo que habían habitado ese día, sobre sus trabajos y sus mascotas. Se habían visto en decenas de cuerpos distintos, con distintos lentes, cabellos, pecas y barbas, y habían aprendido a enamorarse ignorando todo lo anterior. Y veían los cuerpos de las personas que trabajaban en la librería, pero una parte de ellos sentía que en realidad, esos cuerpos les pertenecían.

    Pasaron sus meses tomando café, tocando la guitarra que alguien alguna vez se había olvidado en la cafetería, y comprando libros que nunca terminaban de leer. Hasta que sucedió lo que nunca había sucedido. Julia despertó un día en el cuerpo que ya había habitado. El cuerpo que trabajaba en la librería y que alimentaba al gato. Y fue a trabajar esperando ver a David en el cuerpo de la barba y los lentes, pero no había sucedido. Había tenido que hacer inventario con un completo extraño, y había sido extraordinariamente aburrido. No le interesaba mucho, pues David debía llegar a la librería a eso de las 7h00, para su café nocturno.

    Pero Julia esperó por horas y David no llegó nunca.  Y es que Julia no había sido el único caso extraño ese día. David había despertado en una ciudad desconocida, sin librería y sin Julia. Ninguno de los dos sabía que había sucedido, y mientras David seguía intercambiando cuerpos en esta ciudad extraña, intentaba hallar alguna forma de regresar al lugar al que pertenecía.

    Y Julia nunca más cambió de cuerpo. Se quedó trabajando en la librería, viendo como muchas mentes habitaban el cuerpo que alguna vez había sido David, limpiando los libreros y tomando el café que le preparaban. Pero sentarse en el sofá ya no era lo mismo, y ningún café era tan bueno como el que solía preparar David.

 

Publicado la semana 12. 24/03/2019
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