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Ale Rivadeneira

Antepasado desconocido

Siempre habían estado obsesionados con guardar cosas antiguas; los libros, los muebles, la vajilla y los cubiertos. Toda su casa parecía sacado de un museo sobre la vida del siglo XV. Su madre, en especial, se dedicaba a guardar todo lo que pasaba por sus manos, no solo antigüedades; facturas, papeles, regalos inservibles. Además, los mantenía en perfecto orden. Amaba los cajones ordenados, los muebles limpios, los libros acomodados en orden alfabético. Y para Camila esto era insoportable; su cuarto siempre había sido una desgracia, y cuando al fin se había ido a vivir sola, había tirado a la basura gran parte de sus pertenenecias. Su departamento estaba amoblado con una cama, un escritorio y en los cajones de la cocina había platos y cubiertos desechables. Había decidido que nunca, jamás, volvería a vivir en una casa donde las cenizas de los antepasados se guardaran en los armarios y donde los cajones de los manteles y de la ropa se organizaran por color.

    Camila podía ya no vivir en esa casa, pero no podía escapar de los sábados, día obligatorio donde ella se reunía con sus hermanas, primas y tías, para lo que su madre llamaba “un cafecito”.

-Ya no nos vemos nunca- decían sus tías mientras cada sábado sacaban la vajilla fina del armario que se hallaba en la cocina. Entonces Camila pasaba la tarde procurando no romper la taza en la que su tatarabuela seguramente había tomado café los sábados tarde, no ensuciar la alfombra y no apoyarse contra la gran televisión antigua que su madre tenía en la sala, la cual había sido, probablemente, la primera en llegar al país.

    Fue en uno de esos sábados que su madre lo llevó a la casa. Era un cuadro enorme, de un señor enternado, con un bigote enorme muy bien peinado. Ni su madre ni sus tías estaban seguras quién era, pero había sido la herencia de un pariente lejano que acababa de fallecer y por supuesto que tenían que conservarlo.  Pero era el cuadro más horrible que Camila había visto en su vida. Cada sábado, al sentarse a tomar café, podía sentir a ese señor desconocido mirándola desde su nuevo puesto sobre la chimenea. Sentía que en cualquier momento se uniría a la conversación de sus tía, que saldría de su marco y que se iría con ellas a lavar los platos.

-¿Cómo vas a pensar esas cosas?- le había dicho su madre cuando Camila le había contado sobre su miedo hacia el señor del cuadro.

    Pasaron las semanas, y mientras Camila odiaba cada día más al señor desconocido, sus tías y su madre lo adoraba más. Casí que le servía a  él también su propia taza de café los sábados. Fue entonces que se presentó la oportunidad perfecta para deshacerse de ese señor que la observaba, o al menos, eso se imaginaba ella. Su madre y sus tías, luego de su cafecito, habían decidido ir a visitar a una se sus primas lejanas, seguramente con la intención de incluirla en el café de la próxima semana; habían dejado a Camila encargada de lavar los platos y de darle de comer al gato, pero ella tenía cosas más importantes que hacer.  

    Al comienzo había pensado que subiría al cuadro al carro y que lo dejaría botado en algún basurero muy lejano, pero su madre tarde o temprano lo encontraría; tenía un don especial para hallar cosas perdidas. Ni botarlo, ni esconderlo ni donarlo harían que su madre diera por perdido el cuadro, tenía que deshacerse de él para siempre. Buscó en el patio la leña que guardaba su madre, regresó a la casa y prendió la chimenea; mientras esperaba que el fuego se avivase, buscó un banco y se subió en este para bajar el cuadro de su lugar. Lo tomó en sus manos y mentalmente le pidió perdón. No era culpa de el señor retratado que el cuadro la atormentara cada sábado; era culpa de su madre, por obsesionarse con cosas extrañas; culpa del pintor, por tener la habilidad de hacer cuadros tan realistas y culpa de su pariente lejana por haberse muerto y no haberse llevado el bendito cuadro con ella. Cerró los ojos para no ver la atrocidad que estaba a punto de cometer, pero en el momento en el que el cuadro estaba punto de ser devorado por el fuego, Camila escuchó una voz que venía desde el lienzo.

-¿Pero qué crees que estás haciendo?

 

Publicado la semana 11. 17/03/2019
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