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Ale Rivadeneira

Iba a transformarse en peluquera

Había decidido renunciar; ya no quería, no, ya no podía ser escritora. Iba a transformarse en peluquera; una vez se había cortado el cerquillo ella misma y no le había quedado tan mal. Además, era una de esas profesiones en las que puedes aprender todo lo que necesitas saber; escribir era algo que no se podía enseñar realmente. Tuvo que decírselo a sus amigos, a su familia y a su editora.

-No seas estúpida- le había dicho una de sus amigas- no eres Borges para tener tu vida de escritora solucionada. Además, miles de autores odian lo que escriben; hacen hogueras con sus textos. O mueren y nadie sabe que alguna vez habitaron el planeta. Siempre hay la posibilidad de que termines como ellos, pero no por eso vas a dejar de escribir.

-No me ayudas- respondió ella.

Entonces puso su plan en marcha; acabó la escuela de literatura con una mediocre tesis, vendió su guitarra, su bicicleta y los libros de cocina de su madre (después de todo ella ya se sabía de memoria cada una de las recetas) y se inscribió en la escuela de belleza. Y fue casi liberador, por un rato. Ya no necesitaba pensar todo el tiempo sobre qué escribiría esa semana, sobre cómo hacer que su editora no la odiase por escribir lo que le salía del estómago a las tres de la mañana, y ya no se desvelaba pensando como hacer que sus libros de poesía llevaran comida a la casa para ella y su gato. Se pasaba el día intentando aprender a usar las tijeras, cómo usar un tinte y cómo hacer la barba; en teoría, estaba aprendiendo cómo evitar hacer algo que hiciera a sus clientes miserables. Y pasaron los meses, y las personas con las que probaba sus nuevas habilidades  cada vez la detestaban menos y cada día le confiaban peinados más arriesgados.

Casi que se había olvidado de que algún día había querido ser escritora; salvo cuando se atrapaba a ella misma inventándose historias entre sus profesores, sus clientes y sus compañeros de clase. A veces, mientras tenía el cabello, y la decencia, de otras personas en sus manos, divagaba sobre cómo serían sus vidas; sobre sus padres, sus mascotas, sus jefes y sus enemigos a muerte.     

Sin siquiera darse cuenta ya tenía un trabajo en una de estas peluquería, donde se trabajan 15 horas al día, se corta el cabello de las personas frente a una ventana enorme que da a la calle y las señoras del barrio van una vez a la semana para retocarse los churos. Y aunque casi le gustaba su trabajo, había algo que le molestaba; no sabía qué era lo que tenían las peluquerías, o las peluqueras, pero las personas se sentían en completa libertad de contar sus secretos en aquellos locales con olor a shampoo genérico. Y ella lo detestaba y lo amaba a la vez; lo mejor de su semana era cuando llegaba esta muchacha que tenía una relación secreta con su novio; cuando la señora de la tienda venía a contarle sobre el divorcio de los vecinos; cuando las guaguas de la cuadra planeaban sus fiestas de quince. Y no podía evitar imaginarse todas las historias posibles. No podía dejar de pensar en la señora que se había operado la nariz, o por qué las hermanas que antes venían juntas ahora lo hacían solas.

Y se dio cuenta que eso era lo que la había metido en este lío; esa bendita manía de querer meterse en las vidas de las personas, de querer conocer hasta su alma; las ganas de tener algo que decir.

-Sábato intentó quemar “Sobre héroes y tumbas”. Sólo piensa por un segundo que hubiese sucedido si decidía hacerlo; peor, si decidía que no servía para escritor- le había dicho alguien en los días que había decidido renunciar. Se acordó de eso uno de esos días en los que se dedicaba a pintarle el cabello de azul a una adolescente rebelde por horas, y decidió que escribiría un libro sobre estas personas extrañas. Ya no quería, no, ya no podía ser peluquera; iba a transformarse en escritora; una vez había escrito una distopía extraña y no le había quedado tan mal. Se compró una guitarra nueva, y tuvo que decírselo a sus jefes, a su familia y a las manicuristas del local. Y se dedicó a escribir su novela, sobre las señoras con la nariz operadas y sus divorcios.

    Y tuvo que llamar a su antigua editora; luego de varias llamadas rogándole que la aceptara de nuevo, de semanas visitando  su oficina y noches pensando cuánto le durarían los ahorros para alimentar a su gato, se hallaba sentada frente a su editora, de nuevo, con un manuscrito en las manos. Y sentía que era la novela más estúpida alguna vez escrita. 

Publicado la semana 10. 10/03/2019
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