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Ale Rivadeneira

Atrapado en madera

-Lo odio- había dicho Elizabeth apenas lo vio.

-Pues a mi me gusta- respondió él; se había acostumbrado a que su esposa odiase todo lo que él encontraba agradable hace años. La verdad es que el espejo si era un poco feo; las flores talladas en el marco de madera sin pintar lo hacían ver como una antigüedad. Sin embargo, Arturo lo había comprado en un impulso de locura y no planeaba deshacerse de él en mucho tiempo. De hecho, no se sorprendió cuando, después de su muerte, se vio atrapado en el mismo.

 

Aún mientras él vivía, el espejo había cambiado millones de veces de lugar. Cuando apenas lo compraron se encontraba en la sala, pero a Elizabeth le disgustaba verse en este cada vez que salía de la casa; lo movió a su habitación, pero odiaba verse en el apenas despertaba, por lo que finalmente lo colocó en el baño, donde incluso parecía que iba a juego con los muebles extraños que allí tenían. Elizabeth, con el tiempo, se había acostumbrado a este, incluso le gustaba un poco, algo que no admitió nunca. Sin embargo, en ese entonces, Arturo decidió que se lo llevaría a la sastrería. Desde ese momento solo se volvió una parte más importante en la vida de ambos; Elizabeth solía acomodarle el cuello de la camisa en frente de este, y cuando estaba a punto de llegar un cliente importante, el se peinaba el bigote mirando fijamente su reflejo. Le gustaba escribir notas a Elizabeth con marcador sobre el espejo y, luego de muchos años, lo había puesto en el ángulo correcto para vigilar que sus hijas no se rompieran la cabeza en el jardín mientras él trabajaba.

 

Fue en mano de una de sus hijas, de hecho, en quien terminó el espejo luego de que Arturo muriera; él, que usaba el espejo como ventana hacia el mundo, temía que alguien lograra verlo. De cualquier forma, no le servía de nada preocuparse, pues no había forma de escapar de ahí.

 

-Pero es un espejo horrible- había refutado el esposo de su hija.

-Es el espejo de mi papi, se queda con nosotros y punto.

 

Al comienzo era extraño estar en una casa diferente, en un comedor diferente y sin nadie que le acomodara el cuello de la camisa; aunque a veces Elizabeth, quien visitaba a su hija con bastante frecuencia, le hablaba al espejo mientras nadie la observaba.

 

Pero no se quedó en el comedor; su hija amaba cambiarse de casa. Su siguiente hogar fue un baño de invitados de un departamento antiguo, horrible, y que por alguna razón estaba pintado de un verde extraño. Luego habitó salas de estar, cuartos de invitados y hasta fue colocado en la cocina. Finalmente terminó en la habitación de su nieto, en una casa que era demasiado grande para cuatro personas, por lo que el siguiente cambio de casa era inminente; para Arturo esto fue un alivio, pues estaba cansado de ver a su nieto peinarse la barba a diario, aunque le parecía irónico pues usaba un peine muy parecido al que alguna vez había usado él.

 

Este cambio de casa no fue diferente; el esposo de su hija intentaba dejar abandonado el espejo, pero ella a último momento lo recordaba, subía el espejo al camión de la mudanza y le gritaba que era el espejo de su padre. Y es que, aunque nunca nadie lo había visto vivir ahí adentro, todos habían visto el rostro de Arturo reflejado en el cristal demasiadas veces como para olvidar quien era el verdadero dueño del espejo.

 

A la final, terminó acomodándose en el cuarto de su nieta, la menor. Ocupaba un espacio en el armario, y enfrente de él se encontraba una cantidad estúpida de labiales; no tardó en darse cuenta que todos los días usaba el mismo labial, en el mismo tono que usaba a diario Elizabeth. A veces le dolía ver a su nieta por el parecido que tenía con su esposa; y es que había supuesto que algún día ella terminaría en el espejo, atrapada con él, lo cual no habría de suceder nunca.

 

No todo era tan terrible; a veces su nieta se escribía notas con marcador en el espejo y también le servía para vigilar al gato mientras se peinaba. Y finalmente pasaron los años en un mismo lugar, atrapado en el espejo, esperando que se abriera el armario para ver un poco del mundo exterior. Casi se había acostumbrado cuando la mudanza llegó de nuevo; la ropa fue metida en maletas y los muebles desarmados por un muchos desconocidos. Cuando casi habían terminado de empacar, sucedió. Vió a su nuero parado frente a él.

 

-¿No se queda nada?- Gritó su hija desde la planta baja.

-Todo está empacado- contestó él, mientras cerraba las puertas del armario.

 

El habitante del espejo soltó una risa, solo audible para él mismo, suponiendo que su hija pronto se daría cuenta de lo que faltaba en el camión, rescataría el marco cafe con flores feas talladas y lo subiría al camión. Entonces esperó; esperó por mucho tiempo. Nadie vino a recogerlo. Ni su hija, ni su nieta, ni siquiera alguien de la mudanza dio una última revisión de objetos perdidos. “Se olvidaron del espejo”, pensó. Pero de repente se le hizo un hueco en el pecho y si hubiera podido romper en llanto lo habría hecho; había comprendido que no se habían olvidado del espejo, se habían olvidado de él.  


 

Publicado la semana 1. 06/01/2019
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