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AldoV

Curriculum Mortem

Fui gordo en mi vida anterior.
Plácido, amplio, acogedor, abarcativo y diáfano. Ancho, dador.
No recuerdo si varón o mujer: póngame usted el género que a su imaginación le plazca y menos le impresione.
Con la punta de las uñas apenas si me abarcaba el regazo: parecía bracicorto pero era pancigrande. Insuficiente para envolverme, la anatomía impuesta me ponía en situación de ser dadivoso al redondear contenciones a quien se cruzara. Y plaf plaf, palmadas en la espalda, y Cómo te va, y Contame y chiste. Me bamboleaba, saludaba desde lejos. Era querido y confiable, casi por obligación.
Saquémosle de a poco el casi, que a eso viene la cuestión que vengo a contar. A confesar, dolido.
Mi temperamento real era taciturno y dado a caminar gacho, pero no podía. Imposté durante un tiempo risotadas hasta que la mímica de carcajear no pudo sostenerse ni sostenerme: me pedía el ánima mano en el mentón y caminar solo por callejuelas, mirar el horizonte y quietud. Es cu dri ñar bibliotecas, con tamaño yo de libro.
Ser meticulosamente inadvertido.
Lo fui descubriendo y lo fui encubriendo hasta que pude.
Me autopercibía flaco y lánguido, tirando a petiso pero no tanto, esquivo a lo público, mas el cuerpo me desmentía.
No me autopercibía: era eso. Era poeta, pulmonario, melancólico y caminante de otoño. Al cariño que despertaba no lo quería.
Me obligaban a la primavera y a lo amistoso: más me atraía el invierno y el gamulán, los anteojos gruesos y el ostracismo, lo nocturno en el más azulino sentido, la catacumba y la ausencia.
Fui también oso hormiguero, puma, cerezo y piedra y hasta madero de ebanista de vida precaria, pero no viene a cuento; hablaba de lo gordo en un siglo veinte.
Fui la sospecha de un color en labios de una despedida, la punta de una idea, el ayudante de Sandokán y la dirección de la caída de una hoja de arce, pero nada me incomodó más que haber sido gordo y no sentirlo. Fui brisa y vacuno escarlata. ¡Por poco no me tocó ser la persona amada! (que va y viene)
El devenir me compensó, siendo hoy el que no pude ser, pero en un habitáculo inhóspito por lo magro, no permitiéndoseme, por formalismos, reír como quisiera y como corresponde. A bocaradas.
Le calculo veinticinco encarnaciones más, para embocar.
Quiera Dios que sea de pelo crespo, en un mundo que huela a eucaliptus: el olor que tiene lo turquesa con tintes de grana cuando suena un barco que llega.

Publicado la semana 42. 14/10/2019
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