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AldoV

Voy a comprar un pan

Mañana voy a comprar un pan.

Ya lo tengo planeado, resuelto y medido, y tengo los recursos.

Lo comeré con té y abundante azúcar materna.

Decirlo me hizo feliz, saborearlo, presentirlo, preparar el cuerpo para el goce.

Iba a comprar dos, pero uno es el que me importa: el primero, de mañana a las diez. Quizás, de sobrevivir entre esta noche y mañana, lo postergaré hasta las doce, por presumir.

Siete pesos me subieron la estima, me dieron poder, me hicieren simpático y desdeñoso, me corrió sangre que no sabía que estaba. Pensé en cosas como que no todo era tan grave, que siempre se abría una ventana. Se acortó la noche.

Paladeé ese pan, por anticipado, que comí a las once, con una taza llena de té azucarado. Recordé cuentos de hambruna rusa, naturalistas, admiré mis costillas, una por una, consideré la fortaleza del cuerpo detrás de los límites y de cómo animaliza el desamparo.

No habilita el hambre a sacar conclusiones poéticas ni las justifica.

Comí pan, uno entero, de como cien gramos, de cabo a rabo, despacio; se me calentó el alma. Estuvo todo lo posible en el pan.

Mañana se verá. Morir pero no completamente, fortalece.

Seré agradecido, prometí, pero con el tiempo se me olvidó.

No así el sabor del pan, que sabe a pan en cada pan, y en la palabra pan. El gusto a lágrima que tiene el pan cuando es ansiado -y cuando no, igual- no se me olvida.

Publicado la semana 39. 23/09/2019
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