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AldoV

Los conejos dorados

Los conejos, a su pesar, obran en magia para lo literario: brotan de bocas, salen de narices, se multiplican bajo las colchas, marcan los límites de un misterio, señalan mecánica abundancia, indican la dirección de lo absurdo y su secreto sentido.

Desde entre los brazos de María brotaban conejos dorados.

Menos magia de manipular los dones de la naturaleza que magia de prestidigitar engaños con ocultamiento y apariciones matemáticamente concebidas, magia de lo que no se sabe, de calibrar la ambigüedad de lo oportuno.

Aparentemente, y aparente el brotar, que los conejos no son vegetales ni nacen de almácigo, había entre los brazos de María un poder -que no sabemos si vendría del vientre o de la voluntad- que hacía aparecer primero orejas, luego patas, después saltarín perderse áureo en una lontananza marcada por la disolución. Salían, por decir algo, manaban de un regazo breve, eran o paridos o empujados conejos broncíneos de entre los brazos de llamémosle María.

El ojo humano, indeciso entre arrobarse o perderse, se perdía arrobado en el fulgor de lo primero cuerpo completo, después llamarada fugaz, luego cola luminosa desapareciendo, al fin punto de oro final.

De algún lugar de María surgían conejos, que hacían piruetas, fieles a su naturaleza de escapar dejando un brinco como estela.

Atrapar un conejo dorado era buena fortuna.

Tuve un par de conejos de aquellos entre la palma y la rodilla; uno de cobre y una hembra de bronce que subió por el pecho a decirme dos palabras al oído. Pude cotejar los distintos dorados, de cálido rojo, de amarillo frío, de pelo suave imitando al sol, de ojos inertes de conejo mirando el vacío, de patas traseras pateando, dados a multiplicarse, con gran voluntad imperialista. Había conejos de amanecer y de crepúsculo.

Fue mi mandato escuchar las palabras y propiciar el escape, y obedecí, y allí fueron, ávidos de madriguera, no sin antes hacerse cientos que poblaron escaleras, calles y valles, y tuve buena fortuna.

La dama de los conejos, ya ida, sonrió; fui rico por un instante y no habrá dios que me haga confesar las palabras, que eran dos. Tal vez más.

Publicado la semana 3. 15/01/2019
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