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AldoV

Siete y veinte serían

Cerca de serían las siete y veinte estuve con ganas de que sucediera una cosa que evalué como determinante y benéfica, pero no hice nada a favor de que sucediese.

Me quedé mirando las ganas y sus formas, sus fantaseadas consecuencias.

Creo, incluso, haber reído, como quien masculla, ya viviendo lo que no existió.

Vi a los músculos dispuestos a moverse o no hacerlo, como si fuera otro, y a las palabras, ordenadas y dispuestas en forma de llave , incisivas y no dañinas, vi que mediaba una decisión, un algo más que repantigarse. Poco más, no mucho; un trámite, una torsión, un conjuro a lo dado.

Les puse nombre y apellido a las ganas.

Invoqué memorias de can apedreado como excusa.

Más por holgazán que por cascoteado, evalué a la eternidad y a un suspiro como iguales. Me pudo menos que el decoro el azoro y más el desencanto que el espanto; más un eco de algo que se olvidó por la fuerza y a empujones que el impulso innoble de un rencor del que participo solitario.

Puse un aparte para memorias ultrajadas, puntillosamente intitulado.

Participaron el viento y la amenaza de una llovizna, el olor impreciso de la tierra cuando se junta con el agua y se enmaridan en otro mundo que se parece a éste. Fueron cómplices un par de batracios con su canto y un saludo oportuno, la exigencia de respirar y un inesperado tino.

La idea de haber bajado por una vera colaboró y me dio consuelo. Había soñado antes con que alguien parecido a todo me conmovió.

Mirá la hora que es, dije, y me aboqué a otros menesteres.

Como rúbrica: Mañana será otro día, afirmé...: vaya premonición tonta.

Siete y veinte serían.

Publicado la semana 24. 11/06/2019
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