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AldoV

Me incendiaron azules en el pueblo de las calles largas

Hay un perro recostado que me mira girando, displicente, con enternecedora soberbia. Ha encontrado su lugar en el mundo; lo reconoció y lo cuida. Sus casitas. Agita la cola, espanta unas pulgas, se dispone al sueño, se arrebuja después del aviso. Dueño, encargado y perteneciente, delicadamente marrón, mundano, por detrás del hombro cae su cabeza y se olvida de mí.
Hay unas casas que se amuchan y unas casas vivas que al fondo se atropelan, humanas casi, se empujan, se codean, se ponen para la foto. Camina un quizás enamorado con esperanza a la cita, expectante, con camisa, perfumado y no se sabe cómo volverá, y se espera que no vuelva. Mira una gata el amanecer, suena la noche, minúsculas figuras murmuran, se supone una bocina, una frenada, un grito de recolector, una llamada de alguien a otro, dos manos que se entrelazan, un silbido, un tiempo suspenso, una implícita escalera debe estar siendo subida en algún lugar, un florecer con fondo de azules y de estrellas de Van Gogh. 
La esquina, en la que siempre pasa algo; ese virar cambiando al destino. Árboles como globos y una impensada abducción. Si se siente la música... Abre los brazos al mundo, ya en otra esquina, otra mujer; una niña en rosa ofrenda regalos. 
El mirón se conmueve por tanto universo, por los marcianos, por las calles de colores, por el baile. 
La risa de un niño a la derecha le indica adónde no debe meterse, que corresponde arrobarse y dejar. 
Lo más rápido que pueda, como a quien le llevara el alma la urgencia de amar desposeído. Trota. 
Troto como loco por el pueblo de las cuadras largas, como quien huyera.

Publicado la semana 20. 13/05/2019
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